22 | FEB | 2019
Foto: Archivo / EL UNIVERSAL.

En la cárcel Juan perdió la libertad y también la cordura

15/07/2018
02:02
Diana Higareda y Montserrat Peralta
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Después de tres años en una celda, el encierro, los malos tratos y los abusos terminaron con Juan, pues comenzó a desarrollar episodios psicóticos sin un doctor que lo revisara

En 2004, Juan, de entonces 43 años, entró a prisión acusado de ser cómplice de secuestro. La cárcel lo quebró rápidamente. Encierro, aislamiento, abandono y abusos se convirtieron en su nueva realidad. El olvido de su familia fue el principal detonante que lo llevó a abandonar la realidad. Su familia se olvidó de él. “La familia es un sistema de contención muy importante para las personas recluidas. Si alguien tiene un abandono muy fuerte y no tienen de dónde contenerse, todo esto les afecta mucho” explica el especialista en psicología, Antonio Rabasa, integrante de un programa educativo para internos con discapacidad psicosocial en la capital.

Entre el encierro y las medidas disciplinarias de los custodios, su conducta cambió. Después de tres años dentro de las celdas del sistema penitenciario federal, este hombre comenzó a desarrollar brotes psicóticos. “Le comenzó a cambiar la mirada, solo veía al infinito. Yo pensé que le pasaba lo mismo que les sucede a muchas personas, la vida dentro de la cárcel te impacta y hay momentos en que estás como ausente” relata Miguel, su ex compañero de pabellón.

Sin la atención médica necesaria, en el abandono y con guardias que simplemente lo tachaban de “rebelde”, su primera década en reclusión acabó con su salud mental. Invisible, como la mayoría de las personas con discapacidad psicosocial, Juan tuvo que vivir sin un diagnóstico por más de 10 años.

“Las discapacidades psicosociales no son perceptibles a la vista y por ello es más difícil detectar el tipo de apoyos que requieren […] además, no se reconoce la magnitud de población con discapacidad que está en el sistema penitenciario. Ha habido muy poca reflexión sobre la discapacidad que puede generar el encierro mismo y cómo esto impacta en la salud mental de los reclusos” explica Diana Sheinbaum de Documenta.

Del día a la noche

Antes de llegar a la cárcel, Juan vivía en la Ciudad de México junto a su familia. Era encargado de un taller de hojalatería y pintura. Para mejorar su situación económica decidió rentar un cuarto ubicado en la parte alta de su domicilio. Pero sin saberlo, esa decisión le costó una sentencia de por vida. El cuarto fue utilizado por una banda de secuestradores. Cuando la policía descubrió que en el inmueble había tres personas privadas de la libertad, Juan, quien era el responsable del sitio, fue vinculado a proceso como partícipe del delito de secuestro e ingresó al sistema penitenciario.

Este hombre siempre defendió su inocencia, pero los malos tratos dentro de prisión impactaron en su salud mental hasta el punto de olvidar quién era. “Yo hablé con él varias veces y me contaba de su trabajo y su familia. Era un hombre acomedido que ayudaba a todos, muy tranquilo, pero ahí dentro sus emociones se alteraron mucho debido al abandono”, relata Miguel.

La situación empeoró con la cantidad de veces que lo trasladaron de centro penitenciario. Un promedio de cuatro traslados en una década generaron que adaptarse a un modo de vida fuera aún más complicado. Especialmente cuando lo llevaron a un penal de máxima seguridad en donde convivió con presos acusados por delitos como homicidio, tráfico de menores y delitos contra la salud. Con ese cambio vinieron nuevas reglas y una disciplina mayor.

“Si un interno entra a un penal de máxima seguridad es muy probable que tenga brotes psicóticos porque la disciplina en estos lugares es muy dura. Tienen que andar con la mirada baja, hablarle de usted al custodio, están 23 horas encerrados y solo salen una hora a tomar el sol. Hay personas que no tienen la fortaleza para aguantar todo esto y se debilitan”, explica Rabasa.

Con el último traslado de penal, la salud de Juan estaba completamente en el piso. “Se la pasaba desnudo, se masturbaba frente a todos, dejaba embarrado excremento en toda la celda, se colgaba en las rejas”, cuenta su ex compañero

Los de seguridad creyeron solo actuaba así por “rebeldía”. Entonces comenzaron los golpes, los castigos y el aislamiento dentro de “los colchones”, un cuarto de paredes recubiertas por colchonetas para evitar que el interno se haga daño. Los castigos continuaron pero las conductas de Juan no cesaban. Ahí fue cuando el personal de seguridad consideró que podía tener una discapacidad mental. “Por más que lo golpeaban, por más que lo torturaban, desnudo, amarrado, él continuaba con su comportamiento y los de seguridad comenzaron a darse cuenta de que era raro que alguien aguantara tanto”, narra su ex compañero.

Juan fue enviado a un módulo en donde se encuentran recluidos pandilleros, personas con discapacidad sin diagnostico e internos que los custodios consideran que deben estar bajo vigilancia. Ahí los propios internos se encargaron del cuidado personal de Juan.

Después de dos años, Juan fue incluido en la la lista de candidatos para ser valorados por un psiquiatra. “En cuanto lo ve por primera vez el psiquiatra sabían que ya estaba muy mal. Bastó una simple entrevista con él y lo mandaron al Centro Federal de Rehabilitación Psicosocial, Ceferepsi” cuenta Miguel.

Juan es ahora uno de los 156 internos que hasta 2017 estaban recluidos en el Ceferepsi de Morelos. Este centro es uno de los tres espacios destinados en tratar a internos con discapacidad psicosocial a nivel nacional, pero aun cuando Juan ya tiene una mejor atención, su situación es incierta.

Aunque termine de pagar la pena que le impusieron por el delito de secuestro, sus alternativas se han reducido. No tiene nadie afuera del sistema que espere por él, y sin apoyo ni familia, tendrá que enfrentar la realidad: ser canalizado a un hospital psiquiátrico o permanecer dentro de la cárcel por tiempo indefinido, preso del olvido que genera estar en prisión y padecer una discapacidad mental.

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Ignorada, discapacidad mental de reos federales

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