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“Siempre tengo ganas de salir a buscarlo”

A Dominga y Damián ni el Covid les ha impedido tratar de hallar a su hijo Felipe

“Siempre tengo ganas de salir a buscarlo”
"Siempre tengo ganas de salir a buscar a Felipe, lo extraño mucho", dice Dominga madre de uno de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Fotos: SALVADOR CISNEROS. EL UNIVERSAL
Nación 26/09/2020 03:09 Arturo de Dios Palma Actualizada 03:09
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Rancho Ocoapa, Ayutla

Damián y Dominga no olvidan el compromiso que su hijo menor Felipe Arnulfo Rosa les hizo la última vez que estuvo en casa: regresar para construir el corral que evite que las vacas se coman sus cosechas.

Dominga recuerda que el 23 de septiembre de 2014 Felipe la despertó a las cuatro de la mañana para pedirle que le hiciera unas tortillas para llevárselas a la escuela. Ella le ofreció matar una gallina y guisarla, pero él le propuso que mejor la guardara para el Día de Muertos, cuando estuviera de regreso para comer todos juntos.

Apenas salían los primeros rayos de sol cuando Felipe partió de regreso a su escuela: la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa, Tixtla.

Esa vez Dominga se paró en el patio de la casa, miró a Felipe hasta que se perdió su silueta, alcanzó a ver cómo le hizo la seña de adiós con la mano. Dominga se quedó con ganas de tener más tiempo a Felipe en casa, habían sido tres días de trabajo en el campo, con los animales, y reparando imperfectos.

Damián y Dominga se quedaron tranquilos, no era la primera vez que Felipe se iba de casa a estudiar. Seis años los pasó en Ayutla cursando la secundaria y la preparatoria, porque en Rancho Ocoapa sólo hay preescolar y primaria: si alguien quiere estudiar, tiene que migrar.

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Dominga tiene la esperanza de ver con vida a Felipe, quien le prometió que al regresar de la normal repararía la casa.

Siete días después, el 30 de septiembre, Damián se encontró con un vecino que le contó lo que pasó la noche del 26 y la madrugada de 27 de septiembre en Iguala. A grandes rasgos le comentó que policías de Iguala, junto con criminales, atacaron, mataron y desaparecieron a estudiantes de Ayotzinapa. También le dijo que Felipe había estado esa noche en Iguala.

En mayo de este año Damián iba a un velorio al pueblo vecino y recuerda que a medio camino se sintió cansado, después el aire le comenzó a faltar. Se sofocó. Tuvo que parar para recuperarse. Cuando volvió a intentar el aire le faltó otra vez. Se preocupó porque caminar nunca lo había fatigado.

Llegó al funeral, sólo estuvo un rato y regresó de inmediato. Al estar en casa se le sumó el dolor de cabeza, la fiebre y el cansancio. Dominga también comenzó con fiebre.

En esos días llegó a su casa una familiar que vive en Ayutla, les ofreció llevarlos para atenderlos. Dominga prefirió quedarse en su casa porque ha escuchado que en los hospitales las personas mueren por la mala atención; Damián sí aceptó. Estuvo un mes y 15 días hospitalizado. Le diagnosticaron Covid-19. Regresó en junio, los médicos le recomendaron “no agitarse mucho”.

A Damián le preocupa no poder trabajar como siempre, porque eso implica que alguien más haga su trabajo y eso cuesta. Por su estado de salud y la falta de dinero Damián no estará en las movilizaciones por el sexto año de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. 

El inicio de la búsqueda

Damián platica que cuando llegó a Ayotzinapa había muchos padres de los otros jóvenes. Él preguntó por Felipe, pero nadie le dio respuesta. Después llegaron a Ayotzinapa Dominga y Librada, su otra hija.

Los tres pasaron días, semanas, meses en la normal esperando a Felipe. Fueron días difíciles, Damián y Dominga sólo hablan en su lengua materna, el “tu’un savi”. Librada habla poco español, apenas lo suficiente para llevar una conversación.

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Damián sostiene una lona con el rostro de su hijo Felipe; a la derecha, su hija Librada, quien asiste a las marchas por el caso.

Todo ese tiempo dejaron su casa, a su nuera y sus nietos solos. Dejaron de sembrar, de hacer piloncillo de caña, de cuidar sus animales y de trabajar.

Para Damián y Dominga, Rancho Ocoapa dejó de ser ese lugar apacible, a pesar de la tranquilidad que generar estar rodeado de pinos, respirando aire fresco y lejos del bullicio.

“Siempre tengo ansiedad, siempre tengo ganas de salir a buscar a Felipe, lo extraño mucho. Felipe es muy trabajador, desde niño llegaba de la escuela, comía y nos iba a buscar al campo para ayudarnos, hacía muchas cosas en la casa, ayudaba mucho en el trabajo, nos quería mucho”, dice Dominga mientras se tapa los ojos para contener las lágrimas.

Damián y Dominga tuvieron que regresar a Rancho Ocoapa por varias razones, la principal: Víctor y Samuel, sus nietos, los hijos de Victoriano, su hijo mayor. A él lo asesinaron a balazos por un conflicto agrario en 2012 y desde entonces se encargan de la alimentación y educación de los niños. Buscan que no sientan tanto la ausencia de su padre.

En estos últimos tres años Damián y Dominga participan en lo indispensable en el movimiento que exige la presentación con vida de sus hijos. Han asistido a una reunión con el Presidente de México.

Participar en las reuniones y movilizaciones implican gasto y dinero, que es lo que menos tienen. Su casa son tres cuartos de madera —con techos de lámina y piso de tierra— aquí en Rancho Ocoapa, un poblado con altos índices de precariedad. 

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