La violencia del crimen organizado ya alcanzó la vida cotidiana del Istmo de Tehuantepec y también a la comunidad muxe de Juchitán. Amaranta Gómez Regalado, antropóloga y activista, ve en esta nueva realidad uno de los principales retos para su comunidad y para la región.

“Ahora, por supuesto, la captación de estos grupos a algunas personas muxes ha terminado en asesinatos con características como la tortura, el quemado y esas cosas”, advierte.

El crimen organizado, explica Amaranta, no sólo ha afectado a la comunidad muxe. También ha transformado la vida de los pueblos del Istmo: los patios que antes eran espacios comunes ahora están cerrados, las casas tienen bardas y protecciones y la balconería se convirtió en uno de los oficios con mayor demanda.

A sus 49 años, Amaranta no descarta volver a competir por un cargo de elección popular. En 2003 se convirtió en la primera candidata muxe/trans del país en aparecer en una boleta electoral con su nombre elegido, sin haber realizado entonces el cambio legal de identidad. Ahora también tiene la mira puesta en el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), desde donde quiere fortalecer una política de Estado contra la discriminación.

Pero su historia comenzó mucho antes. La identidad muxe, explica, suele reconocerse entre los cinco o seis años y los 13, cuando la familia y la comunidad identifican esa pertenencia. A los 13 años, Amaranta decidió asumir su identidad femenina.

“Yo ya me había decidido por asumir mi identidad femenina a los 13 años”, recuerda.

Ser muxe, aclara, no es simplemente una categoría equivalente a ser una persona trans. Es una identidad de género ancestral propia de la cultura zapoteca del Istmo. En su caso, encontró respaldo familiar. Su madre quería que aprendiera a bordar los trajes tradicionales; su padre, profesor del Instituto Politécnico Nacional, fue quien la acercó a la lectura.

Él le regaló el libro Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Amaranta lo leyó una primera vez y tuvo que regresar al libro con un diccionario. El personaje que más le llamó la atención fue Amaranta, de quien tomó el nombre que después defendería en las urnas y en su título universitario.

Desde niña también buscaba los periódicos que llevaba su padre los fines de semana. Mientras sus hermanos esperaban refrescos y galletas, ella buscaba EL UNIVERSAL, La Jornada y Proceso, los extendía en el piso verde de la casa y trataba de leerlos.

El conocimiento se convirtió así en una aspiración que no abandonó, aunque el sistema educativo le cerró algunas puertas, refiere.

Al asumir su identidad femenina, el modelo binario de las escuelas no le permitía utilizar la vestimenta femenina zapoteca con la que quería acudir a clases. Por ello cursó la secundaria y la preparatoria en el sistema abierto.

Años después decidió que quería regresar a un salón de clases. “No me quiero ir de esta vida sin estudiar una carrera”, se propuso.

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