Internet, dispositivos inteligentes, satélites y computadoras cuánticas son obsoletos ante una superllamarada, igual o mayor a la del 1 de septiembre de 1859, conocida como Tormenta de Carrington, que provocó auroras visibles hasta en el Caribe y fallos en las redes telegráficas, advirtió Víctor Manuel Velasco Herrera, investigador del Instituto de Geofísica (IGF) de la UNAM.
“Esto es preocupante porque si ocurre nos dejará aislados, se perderá gran parte de la información que se tiene y podríamos retroceder 2 mil años en cuanto a conocimiento”, explicó el académico, y agregó que durante los siguientes años que va a durar el ciclo solar 25 (el 25 desde 1755, cuando comenzó el registro sistemático de la actividad de manchas solares) es posible que sigan los avistamientos de auroras boreales a baja latitud, como ha ocurrido.
Las mayores flares (o fulguraciones, explosiones repentinas de energía causadas por un enredo, un cruce o una reorganización de las líneas de los campos magnéticos cercanas a las manchas solares) van a seguir observándose en los siguientes años, informó el universitario.
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El problema, afirmó, es que toda la tecnología que conocemos, internet, dispositivos inteligentes, satélites y computadoras cuánticas, es obsoleta ante una superllamarada. Se trata de tormentas “matatecnologías”, comentó.
“Ante ese panorama estamos en una carrera contrarreloj. Se requiere preparar a las nuevas generaciones de personas expertas para que a su vez produzcan nueva tecnología que sobreviva a un evento Carrington, y “este puede ocurrir desde ahora o dentro de pocos años”, adelantó.
Precisó que a 150 años de la muerte del astrónomo inglés Richard Carrington (1826-1875), ahora se sabe cuándo ocurren las auroras a bajas latitudes magnéticas, y al cumplirse 200 años de su nacimiento “daremos a conocer el pronóstico de los eventos ‘matatecnologías’ tipo Carrington”.
Al hablar de La danza magnética entre el Sol y la Tierra: el lado brillante de las explosiones solares y las auroras, el científico detalló que el nombre del experto inglés nacido en Chelsea, Londres, quedó ligado para siempre al evento solar más explosivo del siglo 19.
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