Ancianos se defienden solos del virus

Nación 27/03/2020 03:16 Alejandra Canchola Actualizada 09:15
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Hogar Marillac cancela visitas, donaciones, clases y salidas por la epidemia; cambian protocolo: si un empleado está cerca de un contagio lo descansan

En Hogar Marillac, una casa para adultos mayores ubicada al norte de la Ciudad de México, los abuelos ya no disfrutan de sus clases de danza, las visitas de familiares, el club de canto y las salidas semanales, incluso de las misas dominicales debido a la pandemia de coronavirus.

Jaime López, director de la casa, cuenta a EL UNIVERSAL que suspendió las visitas —familiares y de voluntarios— a los abuelos del asilo desde el 15 de marzo, cuando apenas se tenían detectados 40 casos de coronavirus a nivel nacional.

“Yo sé que si se me enferma uno, los 90 se pueden ver en grave peligro. La responsabilidad que tengo aquí es muy grande y las autoridades hablan mucho del cuidado al adulto mayor que está en casa, pero, ¿de los que están solos?”, señala.

Hogar Marillac tiene capacidad para albergar a 140 adultos mayores en un espacio digno, es decir, cada uno en una habitación individual, con baño completo. En un piso con sala de estar, comedor y terraza.

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La asociación civil vive de donativos de las familias de los abuelos que ahí habitan, de particulares y de personas que hacen trabajo comunitario, es decir, que acuden a laborar sin pedir sueldo a cambio.

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Debido a la pandemia por el coronavirus, los adultos mayores que residen en Hogar Marillac son supervisados por el personal con mayor rigor para evitar contagios.
 

Cerca de 40 abuelos, de los 90 que habitan en Hogar Marillac, ya no tienen familia o no la ven con frecuencia, y la mayoría no puede pagar la cuota de recuperación. Así que su estancia es financiada con la aportación voluntaria de los vecinos de la zona.

“También tuve que cancelar los donativos en especie, porque no puedo exponerme a que nos traigan juegos o ropa que venga contaminada, sobre todo porque dicen que el virus dura hasta tres días en superficies de plástico. No puedo arriesgarlos”, afirma Jaime.

Muy cerca de la casa hay colegios particulares, una escuela primaria oficial, el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de Naucalpan y la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, con quienes tienen convenio para que los niños y jóvenes visiten a los abuelos de vez en cuando y platiquen con ellos, jueguen y convivan.

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“Eso a ellos los pone muy felices, porque los niños vienen y juegan, andan corriendo por todas partes. Pero ahora, especialmente los niños, son una población que podría ponerlos en riesgo, porque no generan síntomas del coronavirus”, expone Jaime con tristeza.

Pese a ese escenario, los abuelos tienen distracciones, llaman por teléfono a sus familiares, juegan dominó, ven televisión. Algunos salen a pasear por los jardines y terrazas, deciden lavar ellos mismos su ropa —aunque cuentan con servicio de lavandería—, y Jaime procura proyectarles películas en el salón de usos múltiples, que es donde pueden guardar la sana distancia.

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Como distracciones, las personas juegan dominó o hacen llamadas
 

La hora de la comida también sufrió cambios con la llegada a México del Covid-19. En una mesa donde antes comían cinco personas, ahora sólo se sientan tres. En el comedor hay unos letreros que precisan: “Estar separados físicamente no significa que estemos solos”.

Las 60 personas que trabajan en Hogar Marillac con sueldo son las únicas que llegan en Metro y pesero. Llegan y dentro del asilo tienen que ponerse el uniforme.

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“Yo les dije a las muchachas que debíamos tener el doble de precauciones y que, sinceramente, me dijeran si en su casa se daba un caso para que ya no vinieran, no las vamos a despedir, sólo se hace por seguridad de todos.

“Esta situación es la que estamos pasando en todas las residencias para adultos mayores, creo que es muy importante que la sociedad y el gobierno se den cuenta de que es justamente aquí donde se puede agudizar la problemática”, dice.

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La hora de la comida sufrió cambios. En una mesa donde antes comían cinco personas, ahora sólo tres comparten el espacio.
 

Entre los abuelitos hay preocupación, pero la mayoría acató bien la disposición de no recibir visitas y no salir: “Para evitar episodios de ansiedad entre los adultos mayores me pongo a platicar con ellos, les digo lo que veo en la conferencia de las siete y los tranquilizo”, relata Jaime.

En el asilo, 90% de la población son mujeres que quedaron solas o que sus hijos no pueden cuidar. Para atenderlas, Jaime intentó comprar termómetros con infrarrojo, pero se encontró con que los precios aumentaron y están agotados.

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