En 12 horas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pasó de advertir a Irán sobre el “fin de una civilización” —una amenaza que pareció olvidar a los civiles iraníes a los que les había prometido ayuda para derriba al régimen— a anunciar una nueva “era dorada” en Medio Oriente.
El dramático giro que culminó con un aplazamiento de dos semanas del ultimátum a Irán no ocurrió por generación espontánea. Detrás de esa decisión se movieron hilos invisibles que evitaron una escalada de consecuencias imprevisibles.
Mientras el Pentágono preparaba una campaña masiva de bombardeos y los mercados financieros contenían el aliento, un grupo de actores en la sombra —desde generales en Islamabad hasta diplomáticos en Beijing— operó frenéticamente para darle una vía de salida al presidente norteamericano y alcanzar este frágil alto el fuego que logró, por ahora, alejar al mundo del abismo.

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Según reconstruyó el diario estadounidense The New York Times, Trump hizo dos llamadas telefónicas poco antes de anunciar la tregua. Una fue a su aliado en esta campaña, el premier israelí, Benjamin Netanyahu. La otra fue al general Asim Munir, jefe del ejército de Paquistán, que tiene conexiones con el régimen iraní y se convirtió en un mediador clave.
Paquistán pasó de ser considerado un "paria" diplomático a convertirse en un canal de comunicación crucial entre Washington y Teherán. El éxito de la tregua de dos semanas se debe, en gran medida, a la simbiosis entre Munir y el primer ministro, Shehbaz Sharif.
Tras la retirada de Estados Unidos de Afganistán en 2021, Paquistán cayó en la lista de prioridades de la Casa Blanca, que se focalizó en profundizar vínculos con India, su eterno enemigo. Pero, según el Times “los funcionarios paquistaníes comenzaron a cortejar a Trump y a su círculo íntimo poco después de su reelección y cerraron acuerdos sobre criptomonedas y minerales críticos”. El operativo de seducción llegó al punto de nominarlo a Trump al Nobel de la Paz por su supuesta mediación en el conflicto que tuvo con India el año pasado.
Munir, a quien Trump alguna vez llamó su “mariscal de campo favorito”, supo capitalizar su relación personal con el presidente estadounidense, con quien mantuvo varias reuniones clave, incluida una cena privada en la Casa Blanca.
Sharif fue el que propuso formalmente a Trump extender el plazo de su ultimátum por 14 días para permitir que la diplomacia avanzara, una propuesta que publicó en X mientras el reloj corría y que finalmente fue aceptada.
Mientras tanto, Munir operaba los canales militares, comunicándose incluso con el vicepresidente JD Vance para discutir las condiciones de la tregua. Islamabad no actuó sola; sus diplomáticos orquestaron un esfuerzo regional que involucró a Egipto y Turquía, cuyos ministros de Relaciones Exteriores trabajaron activamente para cerrar las brechas en las propuestas de paz.
La posición de Paquistán como país limítrofe con Irán, con buen canal de diálogo tanto con China y Estados Unidos, con una importante minoría chiita, sumada a sus fuertes lazos con los países del Golfo, le otorgó una oportunidad única para sentar a ambas partes, aunque sea de forma indirecta, a la mesa de negociaciones.
Sharif dijo este miércoles que invitó a delegaciones de Estados Unidos e Irán para iniciar conversaciones en Islamabad el viernes. El Consejo de Seguridad Nacional de Irán confirmó su asistencia, mientras que la Casa Blanca dijo que todavía lo estaba analizando.
Aunque Beijing suele proyectar una imagen de neutralidad distante, su intervención en las últimas horas antes del plazo fue decisiva, y el propio Trump le dio crédito. “Escuché que sí”, dijo Trump en una conversación telefónica cuando se le preguntó si Beijing había influido en Teherán para negociar una tregua.
China, el mayor socio comercial de Irán y principal comprador de su petróleo, utilizó su inmenso apalancamiento económico para exigir “flexibilidad” a Teherán. Según fuentes diplomáticas, la presión china se intensificó ante el temor de que un cierre prolongado del estrecho de Ormuz o una guerra a gran escala provocaran una recesión global que afectara sus propios intereses.
El ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, realizó una serie de llamadas urgentes a sus pares en la región, y enfatizó que el uso de la fuerza no era la solución para reabrir el paso marítimo. El mismo martes mientras se acercaba el ultimátum China vetó una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el estrecho de Ormuz, en un guiño a Teherán.
Hace apenas semanas, China había recibido a una delegación de Paquistán para profundizar su rol en las negociaciones. Para Beijing, la estabilidad es prioritaria, especialmente de cara a la una cumbre entre Xi Jinping y Trump programada para mediados de mayo, lo que obligó a los diplomáticos chinos a equilibrar su apoyo político a Irán en la ONU con una exigencia pragmática de desescalada en las sombras.
El rol del vicepresidente JD Vance en esta crisis tuvo un giro inesperado, justo cuando su carrera política parecía desdibujarse. En los primeros días del conflicto, Vance mantuvo un perfil bajo y fue uno de los últimos funcionarios en expresar apoyo público a los ataques iniciales, lo que llevó a Trump a burlarse públicamente de él y comentar que su vicepresidente era “filosóficamente un poco diferente” respecto a la guerra.
Vance estaba en Azerbaiyán el día que Nentayahu le presentó a Trump su caso para atacar a Irán en la Situation Room. Conocido por su postura pública contra las “guerras eternas”, parecía inicialmente marginado de la toma de decisiones militares liderada por halcones como el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Sin embargo, a medida que la necesidad de una salida diplomática se hizo evidente, Vance emergió como un actor central. Mientras se encontraba en Hungría apoyando la campaña de Viktor Orban, Vance estuvo en contacto constantemente con los mediadores paquistaníes. Su escepticismo inicial se convirtió en una ventaja: las fuentes iraníes indicaron que confían más en él como interlocutor que en otros enviados de Trump, como Jared Kushner o Steve Witkoff, a quienes ven con “cero confianza”.
“Un funcionario de uno de los países mediadores me dice que el acuerdo de última hora entre Estados Unidos e Irán se concretó tras la intervención de dos actores improbables: el vicepresidente JD Vance y China. Vance fue incluido el martes por la noche y China ayudó a convencer a Irán para que se sumara”, dijo en X Farnoush Amiri, corresponsal de la agencia AP ante las Naciones Unidas.
Ahora, Vance se perfila según múltiples fuentes paraintegrar la delegación estadounidense en las conversaciones de paz en Islamabad, aunque Trump todavía no lo confirmó. “Contaremos con Steve Witkoff, Jared Kushner, JD... tal vez JD, no lo sé. Hay una cuestión de seguridad”, dijo en una breve entrevista con el medio The New York Post.
El canciller iraní, Abbas Aragchi, fue la cara visible de la disposición de Teherán a negociar, a pesar de la retórica agresiva del régimen. Araghchi desempeñó un papel fundamental no solo en la revisión de las propuestas estadounidenses, sino también en convencer a los comandantes de la Guardia Revolucionaria de aceptar los términos de la tregua.
Su capacidad de maniobra interna fue clave, especialmente considerando que el nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, operaba de forma clandestina mediante mensajeros físicos para evitar ser localizado, reveló el portal Axios.
Un detalle revelador es que Aragchi fue uno de los dos dirigentes que Israel retiró de su lista de objetivos tras un pedido de Paquistán a Estados Unidos. El otro es el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf. El argumento de Islamabad ante Washington fue contundente: “No quedaría nadie con quien hablar” para detener la guerra.
Aragchi ahora se perfila como un actor central para sostener el diálogo que podría empezar este viernes entre Estados Unidos e Irán en Paquistán.
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