El tiroteo que se desató en el hotel donde se llevaba a cabo la Cena Anual de Corresponsales de la Casa Blanca tiene aún muchos elementos faltantes. Las investigaciones están lejos de concluir. Pero hay dos cosas que parecen claras: por un lado, que la Casa Blanca falló en tomar medidas de seguridad adecuadas para un evento donde estaría el presidente Donald Trump y la plana mayor de su gobierno, incluyendo el vicepresidente JD Vance. Por el otro, que el tirador no es un “loco” o un “anticristiano” como parece querer retratar la administración.
El sospechoso fue el primer crítico de las medidas de seguridad. No sólo viajó armado desde Los Ángeles. Llegó a registrarse al hotel Hilton un día antes de la cena, con las armas en las maletas. Nadie le hizo revisión alguna, a pesar de la magnitud del evento que estaba por venir. Otros periodistas hospedados en el hotel confirmaron la versión. Cero revisiones. La noche de la cena, se colocó un detector de metales, y se desplegaron agentes del Servicio Secreto a lo largo del hotel, en el lobby, para garantizar la seguridad. Aun así, el sospechoso logró pasar el lobby a toda velocidad, hasta que fue derribado.
Los hechos ocurrieron lejos del salón, sellado con medidas de seguridad, donde estaban Trump y más de 2 mil personas. Pero de inmediato surgieron preguntas que, hasta ahora, no han sido respondidas. Como por ejemplo, ¿por qué no se designó un superviviente designado, como ocurre en otros eventos de envergadura que requieren la presencia de la mayor parte del gabinete? Si, en vez de un arma, el sospechoso hubiera recurrido a otro tipo de ataque, fatal, ¿quién habría quedado al frente del gobierno?
Tomando en cuenta que se trata del mismo hotel Hilton frente al cual, en 1981, el entonces presidente Ronald Reagan recibió un balazo, llama la atención que la Casa Blanca no haya tomado medidas más estrictas. Aquel atacante fue declarado no culpable por motivo de demencia. Pero el sospechoso en el caso del tiroteo del sábado no parece encajar, hasta donde se sabe, en el perfil de un demente.
El manifiesto que escribió explicando el porqué había decidido atacar a Trump y funcionarios del gobierno no refleja locura, pero sí un enojo profundo y de tiempo. Un enojo contra a quien llama “pedófilo, violador, traidor”, y contra a quienes considera “sus cómplices”.
Habla de personas violadas en detención; de pescadores “ejecutados” sin juicio; de escolares víctimas de atentados. Y culpa a los “delincuentes del gobierno”. Trump afirmó que el agresor parece sentir un “odio” hacia los cristianos, pero la carta no deja ver eso. Sí, en cambio, alega que no es cristiano “ser cómplice” de esos delitos.
La violencia no es justificable de ningún modo. La violencia no es la respuesta a los males del mundo. Pero no entender lo que hay detrás de lo que ocurrió el sábado puede impedir eventos similares en el futuro. El ataque fallido refleja un enojo sin contención. Un enojo que se ha visto en diversas protestas a lo largo de EU. No entender y atender, ese sentimiento, y resumir lo que pasó al estallido de un “enfermo”, como dijo Trump, es no ver el peligro que hay por delante.
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