En el Foro Económico Mundial de este año en Davos, dos discursos captaron la falla que atraviesa el debate internacional actual: no entre la globalización y el nacionalismo, sino entre dos respuestas contrapuestas a un diagnóstico compartido.
Tanto el primer ministro canadiense, Mark Carney, como el secretario del Tesoro de EU, Scott Bessent, hablaron de ruptura en el orden internacional. Reconocieron que los supuestos que sustentaron décadas de integración económica, mercados abiertos, normas estables y geopolítica predecible ya no se sostienen. Donde divergieron fue en lo que debería suceder a continuación.
La respuesta de Carney fue la cooperación. En un mundo fracturado, argumentó, la estabilidad ya no vendrá de la mano de las grandes potencias enzarzadas en una competencia estratégica, sino de las potencias medias trabajando juntas para defender las normas, reconstruir la confianza y mantener el funcionamiento del sistema. Su visión se basa en un multilateralismo pragmático.
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El mensaje de Bessent se centró en la independencia económica, la resiliencia nacional y la necesidad de que los gobiernos den prioridad a sus clases trabajadoras. Desde su punto de vista, la integración global ha ido demasiado lejos al vaciar la industria nacional, debilitar las cadenas de suministro y exponer a las sociedades a perturbaciones externas. Argumentó que los países deben asumir una mayor responsabilidad por su propia seguridad económica.
La mayoría de los comentarios han calificado las posiciones como opuestas. No es así. Para potencias medias como México, el camino a seguir se encuentra en algún punto intermedio.
La ruptura que describen es real. La globalización se ha estancado, el riesgo geopolítico ha aumentado y la interdependencia económica se considera ahora una vulnerabilidad y una fortaleza. Pero la lección para las potencias medias no es elegir entre la independencia y la cooperación. Es perseguir ambas simultáneamente.
Para una potencia media, la independencia no es aislamiento, sino estabilidad económica y resiliencia en el ámbito nacional, lo que a su vez hace que la cooperación internacional sea creíble y sostenible. Sin esa base, el compromiso multilateral se vuelve frágil y se ve fácilmente socavado por descontento interno y reacciones políticas adversas.
En el caso de México, esto comienza con la certeza jurídica y normativa. Las inversiones fluyen hacia entornos en los que las normas son claras, los contratos se cumplen y los cambios de política son predecibles. En un mundo de mayor riesgo, la credibilidad es un activo estratégico. Los países que no la proporcionen tendrán dificultades para atraer capital, tecnología y puestos de trabajo de alta calidad. La independencia energética es otro pilar fundamental. El futuro de México como centro de fabricación y near- shoring depende no sólo del acceso a los mercados, sino también de la capacidad de impulsar su economía sin interrupciones y sin una exposición excesiva a shocks externos.
La economía mundial se está reorganizando en torno a insumos estratégicos, desde tierras raras y otros minerales críticos hasta semiconductores avanzados. Las potencias medias que garanticen cadenas de suministro resilientes ganarán influencia, inversión y autonomía. Las que no, se verán dependientes de las decisiones tomadas en otros lugares.
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Por último, ninguna estrategia de independencia funciona sin las personas. Una mano de obra cualificada y bien formada es esencial para atraer inversiones y generar puestos de trabajo bien remunerados.
Aquí es donde el énfasis de Bessent en la clase trabajadora se cruza con la visión de estabilidad de Carney. La apertura económica sin inclusión económica es políticamente insostenible; la protección sin competitividad es económicamente contraproducente. Aquí es donde las potencias medias cobran mayor importancia. La posición de México como economía norteamericana y latinoamericana le brinda oportunidad de desarrollar resiliencia en el país y actuar como nexo entre las regiones.
*Director Ejecutivo de Hurst International y Fellow en el Wilson Center
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