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Angela Merkel (17 de julio de 1954, Hamburgo, en la entonces comunista República Democrática Alemana) está desde 2005 al frente del país más poderoso de la Unión Europea y aspira a una reelección cómoda.
Con 11 años en el cargo, se acerca a los dos cancilleres que más tiempo lo ocuparon: Konrad Adenauer (14 años), y Helmut Kohl (16). El primero es el padre del “milagro económico alemán” y el segundo de la reunificación con la Alemania comunista. No está claro cuál será el legado de Merkel. Sus detractores aseguran que ha convertido la política en un asunto anodino, casi de gestión doméstica, pero en 12 años la canciller ha superado una gran crisis económica, la inestabilidad del proyecto de la UE y la mayor oleada de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. En medio de estos terremotos políticos, el mérito de Merkel ha sido la ausencia de sobresaltos.
Merkel no es una visionaria, sino una defensora del compromiso continuo, las soluciones prácticas y los pactos. Nunca ha gobernado con mayoría absoluta, dos veces lo ha hecho con los socialdemócratas y una con los liberales del FDP. La moderación, la cortesía y el aprecio por los aspectos técnicos de los problemas por encima de los ideológicos le han facilitado siempre pactar.
A pesar de que se siente más cómoda aparentando ser una mujer convencional, muy cercana a los gustos de su votante medio, sus rivales de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) han aprendido a no menospreciarla. Uno de los primeros fue su mentor, Helmut Kohl, quien la llamaba “la muchacha” y la trató como la cuota femenina y de la Alemania ex comunista, sin prever que sería su sucesora.
Su sencilla vida privada ha sido analizada en decenas de biografías. Merkel es el apellido de su primer esposo, Ulrich Merkel, con quien la joven estudiante Angela Kesner pasó por el altar de la Iglesia luterana. En segundas nupcias, también en un matrimonio sin hijos, está casada por lo civil con el químico Joachim Sauer, alias “el fantasma”, por su perfil esquivo. Raramente la acompaña en actos y viajes oficiales, y los dos se reparten las tareas de la casa equitativamente.
Su gobierno se ha concentrado en mantener la productividad alemana e imponer sus principios políticos en la UE. Su insistencia en la austeridad y la disciplina presupuestaria en Europa le han dado mala reputación entre los países del sur (Grecia, Italia, España y Portugal), donde se le acusa de haber retrasado su recuperación tras la crisis. Sin embargo, esa misma inflexibilidad la ha hecho popular en casa.
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Su reputación sólo se tambaleó con la entrada de un millón de refugiados en 2015. Su política de acogida causó admiración y rechazo. La extrema derecha y sectores de su partido la acusan de generar un efecto llamada; vecinos como Hungría le reprochan desestabilizar al continente.
Merkel ha ido haciendo más restrictiva su política de migración, pero sin renunciar a ella. En el recuerdo quedará cuando una pequeña libanesa, en 2015, le pidió que le garantizara a su familia el permiso de residencia. Pese a los llantos de la niña, Merkel dijo que no podía hacerlo. Finalmente, la ley determinó que la familia podría seguir en Alemania. Fue la ley, y no Merkel, como ella quería que ocurriera.
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