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Washington.- Estados Unidos no es sólo un país con múltiples crisis entre manos. Por si eso fuera poco, este martes tiene que tomar la decisión histórica de qué camino quieren tomar de ahora en adelante, qué quieren ser de mayores, hacia dónde dirigirse y cómo hacerlo. Este martes tendrán que hacer frente a un examen de consciencia urgente, a una elección vital; tendrán que decidir a qué apuestan, qué sentido quieren darle a su existencia.
La frase de que unos comicios son siempre los más importantes que se han vivido jamás esta vez no es ninguna hipérbole. Más que nunca es un referéndum al presente y al futuro, todo a la vez. El resultado que salga de la votación del martes marcará el transcurso de la historia en mayúsculas. Será la carta de presentación de la que todavía dice ser potencia mundial ante un planeta en una situación crítica.
En 2016, Estados Unidos abrió de par en par la puerta al populismo, al aislacionismo, al nacionalismo desbocado, a la retórica apabullante, a la grosería incontinente, a la angustia constante, a la tensión permanente, a la división profunda, al odio al extraño. Donald Trump era y es la representación más fehaciente de la ansiedad planetaria resuelta con bravuconería. Cuatro años más tarde, el país tiene que decidir si esa es la fórmula que quiere que siga liderando.
En las papeletas, además de visiones antagónicas de qué fue, es y será Estados Unidos, están dos carácteres opuestos, confirmando que las elecciones de este martes son una batalla de forma y fondo. Decidir si está bien la disrupción trumpista o apuesta por un giro copernicano para iniciar una recomposición y reconstrucción bideniana.
Estas elecciones son más sobre Trump que sobre su rival, Joe Biden, un viejo conocido de la política estadounidense que dice llegar para salvar “el alma de la nación”. Un alma totalmente partida en dos, cada vez más rasgada, con una tensión insostenible.

Voluntarios dan café a quienes hacen fila para votar de forma anticipada en Indianapolis. Foto: Michael Conroy. AP
Son tiempos extraños. La campaña ha sido sui géneris, totalmente modificada por una situación pandémica extraordinaria que han llevado a dos relatos cada vez más antagónicos. También ha cambiado los comportamientos: a estas alturas, unos 90 millones de estadounidenses ya han votado. En algunos estados, como en Texas o Hawái, han depositado su voto por anticipado más gente de la que votó en 2016, y todavía no ha llegado el martes. Es imposible determinar si es por entusiasmo o por precaución sanitaria, pero permite detectar el sentimiento de urgencia y excepcionalidad de una elección excepcional.
El aire está enrarecido. Se respira una sensación parecida a hace cuatro años, con las encuestas claramente favorables al candidato demócrata. Esta vez, sin embargo, no se quiere cometer el mismo error que entonces; especialmente cuando el recuento y la declaración del ganador puede tardar días. Además está toda la narrativa de la legitimidad de las votaciones, las dudas sobre el correo postal y el asalto desde el propio gobierno, la mismas acusaciones de fraude incluso antes de que empiece el conteo.
Una victoria republicana sería el triunfo de una forma de hacer política, una declaración contundente del cambio de los tiempos y el rechazo al mundo como se entendía hasta ahora. Una victoria demócrata daría cuenta que Estados Unidos ha decidido que los últimos cuatro años han sido una pesadilla, un paréntesis, como una adolescencia rebelde antes de asentar cabeza y apostar al futuro siguiendo las mismas inercias tradicionales de la sociedad capitalista que lideraba el mundo.
Para que ese viraje sea completo, los demócratas deberían también voltear el Senado. Detrás de la pomposidad de la elección presidencial hay una fundamental elección en el Congreso, con la renovación completa de la Cámara de Representantes y algo más de un tercio de la Cámara Alta.
Tener el control del legislativo es crucial. Cuando los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes enjuiciaron políticamente al presidente; la mayoría republicana en el Senado ha conseguido obstruir cualquier intento progresista y aupado los intereses de Trump sin pedir nada a cambio.
Pinta mal para los conservadores. Recuperar la Cámara de Representantes es algo más que una misión imposible, y el volteo del Senado está casi asegurado. Más de los asientos que están en juego en la Cámara Alta son ahora republicanos, y la oleada de cambio puede reducir e incluso finiquitar la ventaja de tres curules que tienen ahora mismo. El miedo está integrado en el seno del partido: el ultraconservador texano Ted Cruz, curando preventivamente las heridas, auguró a principios de octubre que las elecciones pueden ser “terribles” para los republicanos: no sólo por perder la Casa Blanca, sino también el control de las dos cámaras del Congreso. “Un derrame de sangre de proporciones al Watergate”, dijo.

Es probable que la incertidumbre dure unos días, y que no todo termine la noche del martes, a no ser que Biden tenga una jornada mayúscula o Trump vuelva a desafiar todas las leyes no escritas. El encargado de coordinar el equipo de Associated Press que hace las proyecciones de los vencedores decía hace poco, medio en broma pero totalmente en serio, que no sabe cuándo podrá ir a dormir. Quizá el miércoles, quizá el jueves… Todo en función de qué voten los estadounidenses, la velocidad del recuento, y especialmente los márgenes de diferencia entre candidatos.
Los estadounidenses deciden este martes a qué pasado quieren retroceder. Trump a una supuesta época dorada de dominación y grandeza; Biden apuesta por mirar atrás sólo cuatro años, al final de la presidencia de Barack Obama, y construir a partir de ahí hacia adelante.
Lo que está claro es que el Trumpismo parece que ha llegado para quedarse: el asunto es si darle el premio de asentarse o apartarlo urgentemente del poder. Pase lo que pase, del resultado de estas elecciones saldrá unos Estados Unidos totalmente diferentes a los de ahora. La duda a resolver es en qué dirección.
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