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“Aquí nunca he hecho un simulacro de sismo”; Laura recuerda lo aprendido en México tras vivir el terremoto en Colombia

A Laura Lucía le tocó el 19-S en CDMX. Ahora vive en Cali

Una colombiana pasa junto a escombros de un edificio derrumbado tras el terremoto en Pereira. Foto: Jaime Saldarriaga/ AFP

Laura Lucía Rodríguez ha vivido dos terremotos de gran magnitud con casi una década de diferencia: el del 19 de septiembre de 2017 en la Ciudad de México y el que sacudió Colombia este lunes. En México, el sismo la sorprendió en la colonia Roma Norte, donde trabajaba como becaria. En Cali, estaba en su casa, en un tercer piso, cuando el movimiento comenzó de manera leve y terminó obligándola a salir corriendo detrás de uno de sus gatos, que había quedado atrapado en medio de la sacudida.





“No sé si es porque esta vez estaba en un tercer piso que lo sentí como más fuerte. Porque cuando yo estaba en México era un primer piso y todo se movía, pero aquí sentía como que nos movíamos con la casa al mismo tiempo”, recuerda en entrevista con EL UNIVERSAL.

Después del movimiento, la falta de electricidad y de información hizo difícil dimensionar lo que había ocurrido.

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“En ese momento no dimensionamos lo que había pasado, como que nosotros estábamos bien, pero no sabíamos qué estaba pasando afuera”.

Cuando salió a la calle, Laura Lucía encontró una ciudad devastada en diferentes zonas, aunque, dice, en otras no pasó absolutamente nada. Ella vive cerca de la Galería Alameda, en Cali, donde varios edificios colapsaron.

“Había mucho polvo, mucha gente tratando de sacar a otras personas”.

Las escenas que vio la devolvieron directamente a lo que vivió hace nueve años. “En México cuando yo caminaba, escuchaba a la gente gritar los nombres de sus seres queridos: ‘¡María, Miguel!’, llamaban a la gente. Y aquí también, en algunas zonas, cuando caminábamos el lunes, como no había electricidad y no había timbres o cómo llamar a las personas, la gente gritaba sus nombres, y eso me recordó mucho a Ciudad de México”.

“En México, donde yo trabajaba todo estaba completamente destrozado y la gente en la calle. Y aquí también pasó un poco eso, que todavía tú sales a la calle y hay muchos escombros”.

También recuerda el ambiente de incertidumbre que siguió al 19-S: algunas personas decidieron pasar las noches afuera de sus casas por temor a que fueran saqueadas, situación que estos días ha vivido su papá, quien perdió su casa en Sevilla Valle, otra de las zonas afectadas en el Cauca.

Después de lo ocurrido en México, añade, “veíamos a mucha gente que acampaba afuera de sus casas porque les daba miedo dejar sus casas vacías. Y que quizá les robaran en las noches. Eso me partía mucho el corazón”.

Para Laura Lucía, una de las principales diferencias entre ambas experiencias está en la preparación de la población. En México, dice, los terremotos forman parte de la cultura cotidiana y los simulacros son una herramienta conocida. En Colombia, al menos en su experiencia, no ocurre lo mismo.

“A veces tiembla, pero muy, muy de vez en cuando. Yo diría que dos veces al año o cosas así, pero es muy leve”.

Sobre las construcciones, señala que las normas antisísmicas comenzaron a incorporarse con mayor fuerza en años recientes, pero advierte que existen edificios antiguos que no resistieron el movimiento.

“Aquí creo que nada más a partir del 2008 o 2010 empezaron a edificarse con unas leyes antisísmicas y con los protocolos, porque antes ninguna casa se construía teniendo en cuenta eso”.

Lo que sabe hacer ante un terremoto lo aprendió, en buena medida, durante su estancia en México. Tener a la mano tenis, agua, comida, una linterna, un silbato y una mochila de emergencia son medidas que esta vez puso en práctica casi de manera automática.

“En México después del terremoto nos hicieron hacer unas mochilas de emergencia, nos hicieron prepararnos, entonces pensé mucho en eso”.

La diferencia en la preparación también se hizo evidente durante las primeras horas de la emergencia.

“En México quizá había un poquito más de claridad. La gente sabía las rutas de emergencia, pero siento que aquí la gente no sabe nada”.

Explica que “casi toda mi vida he vivido acá en el Valle del Cauca, tanto en Cali como en Sevilla, nunca he hecho un simulacro por un terremoto, nunca. Las únicas veces que los he hecho ha sido cuando estuve allá en México. Mucha gente no sabe cuál es la mejor salida de emergencia”. Eso, dice, genera “un sentimiento como de angustia, incertidumbre, de no saber qué hacer”.

Tras el terremoto colombiano, Laura Lucía vio cómo buena parte de las primeras labores de auxilio quedó en manos de los propios habitantes.

“La ciudadanía empezó a mover los escombros. Hacen falta muchos cascos y muchos guantes porque la gente por querer ayudar a mover las cosas se estaban lastimando también porque no saben qué hacer o no saben cómo hacerlo bien”.

El toque de queda, establecido entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, complicó todavía más las labores de auxilio.

“La gente no podía salir a la calle, eso fue muy duro. Y había gente debajo de los escombros y no había suficientes voluntarios... No había cómo moverse por la ciudad... y había muchas zonas de la ciudad sin electricidad”.

La respuesta ciudadana también le recordó lo ocurrido en México. Después del terremoto de 2017, Laura participó como voluntaria en un comedor comunitario preparando la comida de quienes trabajaban en los rescates.

Ahora, en Cali, ha visto a personas trasladarse en motocicleta y a grupos que retiran escombros, mientras los habitantes comienzan a familiarizarse con algunas prácticas de rescate, como la de levantar el puño para pedir silencio al buscar señales de vida entre los edificios colapsados.

“He notado mucha solidaridad de parte de mucha gente, todo el mundo busca algo que hacer. Siento esa necesidad de que uno quiere hacer algo, ver si hay alguien a quien pueda ayudarle”.

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