Atizapán de Zaragoza, Méx.— “Yo llegué a Casasistencia como voluntaria hace 15 años buscando enseñarles a mis hijos la misericordia por el prójimo y para que ellos se dieran cuenta que no todos contaban con la misma bendición”, relata , directora de Casasistencia, una casa hogar dedicada a la atención de niñas y niños de cero a seis años en situación de abandono y maltrato, ubicada en el municipio de .

Licenciada en Enfermería, María Edith laboró en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) durante tres décadas. Tras jubilarse hace ocho años, decidió fortalecer su vínculo con Casasistencia luego de ir a realizar misiones en la selva de Chiapas.

¿Cuándo decidió ser voluntaria de tiempo completo en Casasistencia?

—Fue en la pandemia, se detuvieron las misiones en Chiapas y no me podía quedar quieta. Estábamos como en media pandemia y me vine para acá a apoyar como enfermera para ver qué era lo que se necesitaba y empecé a servir aquí. Creo que las enfermeras tenemos ese sentido de humanismo, de misericordia al prójimo, porque eso es lo que nos mueve. No nos importa tanto lo económico, sino apoyar a la gente.

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Como enfermera en Casasistencia, María Edith implementó el programa denominado Niño Sano en coordinación con el médico en turno, a través del cual se evaluó el estado de salud de cada uno de los niños. Con ello, su labor pasó de brindar apoyo en tareas de limpieza y actividades escolares a realizar un trabajo más formal.

“Yo dije que sólo iba a venir el lunes dos horas, después del lunes como vi que había tanta necesidad pasé a tres días, después de tres días pasé toda la semana y ahora son 365 días, las 24 horas. Me propusieron ser coordinadora operativa porque en ese tiempo no había coordinadora operativa, después se fue la directora y me propusieron quedarme como directora, así fue como me quedé”, recuerda.

Como directora, uno de los principales retos fue reorganizar la atención integral de los menores, desde la salud y la nutrición hasta el acompañamiento escolar y emocional, además de cumplir con los lineamientos del Sistema DIF y la Junta de Asistencia Privada del Estado de México.

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Como directora, ¿qué tan complejo es el cuidado de un niño que llega a una casa hogar si consideramos que para una mamá un hijo llega a ser una gran responsabilidad?

—Uno como mamá sabe la responsabilidad de a dónde deja a sus hijos y quién carga con la responsabilidad, pues yo, como mamá. Pero con estos niños es mucha gente la que está involucrada y por una mala decisión que yo tome no solamente me voy yo, sino que arrastro con todos y se me hace irresponsable no tener el cuidado, para mí es como triple responsabilidad el cuidado de los niños porque no son míos, son del Estado, son de la procuraduría y tengo que entregar buenas cuentas.

Para María Edith, lo más difícil de su labor es la falta de resolución oportuna de la situación jurídica de los niños por parte de las autoridades, ya que esto impide su adopción antes de los seis años y los obliga a ser trasladados a otros centros.

Este proceso, comenta, “genera afectaciones emocionales profundas en los menores, quienes no comprenden los cambios impuestos por el sistema institucional”.

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“Los niños crecen y por causa del sistema se tienen que ir a otra casa hogar cuando el derecho de un niño es tener una familia y la obligación del Estado es proporcionar una familia que les ha sido quitada de alguna manera.

“La base del desarrollo de un ser humano es de cero a seis años. Aquí trabajamos lo emocional, la mente y el corazón, porque les enseñamos con amor a recoger todos esos pedacitos de corazón que han ido perdiendo y les damos una identidad, les enseñamos que valen, que son seres humanos valiosos para todo el mundo.

“Viven aquí en un sistema bonito, lleno de amor, donde se cubren todas las necesidades y de un día para otro se tienen que ir a otra casa que no conocen, a otra casa donde ya no tienen las mismas cuidadoras. Entonces pierden todo de un día para otro y sí me frustra (...)”.

María Edith Cadena López, Directora de Casasistencia. Foto: Fernanda Rojas / EL UNIVERSAL
María Edith Cadena López, Directora de Casasistencia. Foto: Fernanda Rojas / EL UNIVERSAL

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En el Estado de México, de acuerdo con la ley que regula los Centros de Asistencia Social y las Adopciones, un niño, niña o adolescente no puede ser dado en adopción hasta que no se resuelva su situación jurídica.

Antes de iniciar un procedimiento de adopción las autoridades deben de haber agotado los análisis sobre si el menor puede regresar a su familia biológica o extensa. Una vez que legalmente se determina que no existe esta posibilidad, queda formalmente en condiciones de adopción.

¿Qué implica que las autoridades tarden mucho tiempo en arreglar la situación jurídica de los menores?

—Al no resolverse sus procesos legales, los menores son trasladados a otros Centros de Asistencia Social debido a que van creciendo. Esta transición genera afectaciones emocionales profundas.

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Los niños tienen serias dificultades para adaptarse a nuevos espacios y no entienden que estos cambios son por el sistema. Cuando un niño se va de aquí lo tenemos que preparar sicológicamente para que entienda que no es porque hay algo malo en él, sino porque el sistema así lo marca.

En Casasistencia, detalla María Edith, cuando un niño se tiene que ir a otro Centro de Asistencia Social porque ya tiene más de seis años, “se le explica que ya se va a bajar del tren”.

“Nos subimos y nos bajamos en el tren de Casasistencia, toda la gente que llega aquí algún día se va a bajar. Yo acostumbro a quedarme aquí la noche antes de su partida y les digo ‘si tú necesitas algo yo aquí voy a estar’, bajan y me han dicho: ‘tía, te prometo que ya me voy a portar bien y no me quiero ir’. Pero es el sistema, les digo, no es que te portes bien o te portes mal, es el sistema. Eso es algo que a su edad no alcanzan a entender”.

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Muchos, cuando se jubilan, se van a viajar o descansar, ¿piensa en eso en algún momento?

—En la época en la que todavía había jubilaciones ese era el sueño de todo mundo: me jubilo y me voy a pasear y así están muchas compañeras mías. A mí me decían mis hijos ‘ya vete a pasear’, porque de tanta presión en algún momento me enfermé. Ya no tenía necesidad, pero siempre he creído que debemos devolver a Dios todo lo que nos ha dado y, la verdad, Dios me ha dado muchísimo.

¿Qué se llevará de Casasistencia el día que decida irse?

—No me iré [se ríe], pero si llega ese día, me llevaré la satisfacción de haber escuchado: ‘tía, te amo’, ‘tía, gracias’. Saber que los niños se acordarán que fueron amados y recuperaron el valor que tienen”.

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dft

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