Chimalhuacán, Méx.— En el corazón de la noche, cuando las lámparas cortan la penumbra, un personaje de ensueño se erige entre la multitud: viste con traje morado profundo, bordado con calaveras doradas, sombrero gigante y guantes blancos que dibujan figuras en el aire como si conjurara el espíritu mismo del carnaval. Es el rostro visible de una festividad con más de 100 años de historia.

Alrededor suyo, el pueblo de Chimalhuacán vibra unido: mujeres con faldas bordadas que ondean con cada paso, jóvenes que capturan el momento con sus celulares, hombres con sombreros de ala ancha que cantan al compás de los tambores y niños cuyos ojos se abren como platillos ante la magia que se despliega a su lado.

En medio de ese torbellino de alegría, brilla Margarita, una de las jóvenes charras; bajo una lluvia de confeti que cae sobre su estilizada figura. Ella lleva un sombrero bordado de flores de maíz en hilo dorado y con su mano derecha sostiene el dobladillo de su falda color crema.

Porta un chaleco granate, labrado con hilos oscuros y símbolos de la tierra que combinan con una blusa blanca de mangas largas, con pulseras de cuentas de vidrio verde que brillan más con las luces de los focos de la noche.

Margarita es una de las jóvenes charras que integran las comparsas. Su sombrero y traje cuentan con bordados con hilos dorados que hacen referencia a símbolos de la tierra. Foto: Hugo Salvador / EL UNIVERSAL
Margarita es una de las jóvenes charras que integran las comparsas. Su sombrero y traje cuentan con bordados con hilos dorados que hacen referencia a símbolos de la tierra. Foto: Hugo Salvador / EL UNIVERSAL

Los hermanos de la comparsa Coyotes

Dos figuras de trajes bordados en oro posan frente a una pared amarilla, detrás suya un altar con imágenes religiosas y flores de papel. Son Christopher, de 21 años, y su hermano José Santiago, de 13.

El primero viste un conjunto granate con bordados que representan figuras mitológicas; el segundo, un traje azul oscuro con flores de maíz en hilo dorado. Sus sombreros, adornados con hilos finos que brillan bajo la luz parecen guardianes de un legado que les llegó desde antes de nacer.

Christopher forma parte de la comparsa Coyotes; lleva tres años en el carnaval, igual que su hermano menor José Santiago. El gusto por el baile les fue heredado por su madre, quien participó en la comparsa Tiburones, una de las más antiguas del municipio.

“Lo traemos en la sangre”, afirma. “Mamá bailó en Tiburones, y nosotros empezamos como relevo en otra comparsa, Santiago bailaba en la mañana, yo en la tarde, porque el calor es fuerte y el recorrido demanda mucho esfuerzo”.

“El carnaval es patrimonio cultural y un orgullo para Chimalhuacán”, dice Christopher. “Somos muy fiesteros; la fiesta empieza en enero y termina en abril y, además, hay eventos en iglesias como la de San Juan durante todo el año”.

José Santiago, de 13 años, y su hermano Christopher, de 21, llevan tres años participando en el carnaval. Foto: Hugo Salvador / EL UNIVERSAL
José Santiago, de 13 años, y su hermano Christopher, de 21, llevan tres años participando en el carnaval. Foto: Hugo Salvador / EL UNIVERSAL

Mujeres, tradición y cambio

Ingrid, estudiante de Administración de Empresas en la UNAM, lleva 12 años vinculada al carnaval y dos en la que baila en la comparsa Coyotes —la misma que su tío Carlos Castillo, quien lleva casi 40 años en la festividad—.

Explica que las participantes femeninas se conocen como charras, mientras los hombres son charros, con diferencias marcadas en sus trajes: los de los hombres son más pesados, bordados con hilo de oro llamado canutillo y requieren el uso de caretas de cera con barbas de cola de caballo. Los de las mujeres son más livianos y accesibles, con precios que alcanzan hasta 4 mil pesos.

“La tradición establecía que las mujeres casadas o con hijos no podían participar”, cuenta Ingrid. “Pero hace menos de 10 años se crearon comparsas como Doble Alianza y Armadera para que ellas también puedan seguir bailando”.

Las máscaras son hechas a mano con barbas y bigotes; son una sátira a la aristocracia europea del siglo XIX. Foto: Hugo Salvador / EL UNIVERSAL
Las máscaras son hechas a mano con barbas y bigotes; son una sátira a la aristocracia europea del siglo XIX. Foto: Hugo Salvador / EL UNIVERSAL

El señor de las cuatro décadas

Carlos Castillo, de 56 años, empezó a bailar a los 16, cuando un familiar lo invitó a reemplazarlo en una comparsa. Hoy lleva casi 40 años en el carnaval y ha participado en varias comparsas, entre ellas Tiburones y Calaveras. Recuerda que cuando empezó había apenas seis comparsas en el municipio; ahora son más de 100, distribuidas por barrios como San Pedro, San Pablo, San Juan y Xochiaca.

Además de ser danzante, Carlos es baterista en dos orquestas que tocan música versátil, y sus hermanos y sobrinos forman parte de las agrupaciones que acompañan a las comparsas. “El carnaval es orgullo y satisfacción”, afirma.

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