19 | AGO | 2019
Trabajan de día, ruedan de noche
Cada martes, este grupo cambian bisturís, cuadernos y libros por engranes, ruedas y luces. Hay ciclistas de varias nacionalidades. Fotos/DIEGO SIMÓN. EL UNIVERSAL

Trabajan de día, ruedan de noche

12/08/2019
01:38
Gisela Castillo Peña
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Estudiantes, profesionistas, pensionados... "Cletos" es un colectivo de personas que dejan sus tareas cotidianas para convertirse en ciclistas nocturnos

Ciudad de México

Todos los martes, a las nueve de la noche, en el parque Pilares, de la colonia del Valle, las luces parapadenates de decenas de bicis anuncian la próxima salida de los Cletos Nocturnos, un grupo de ciclistas que organiza diferentes tipos de rodadas.

A pocos metros, Alex, integrante y guía del grupo, se apresura a reparar la llanta de su bicicleta. Un par de cletos más aguardan con él. Si uno se queda, los demás esperan, no lo dejan solo.

Joel Cortés, de 45 años, es miembro fundador del grupo y Cirujano Dentista; desde hace 20 años tiene un consultorio en la colonia Del Valle, de la alcaldía Benito Juárez, en el que trabaja todos los días de ocho de la mañana a ocho de la noche, aproximadamente.

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Joel Cortés es dentista, trabaja de ocho de la mañana a ocho de la noche entre semana, pero los martes se une a los cletos
 

Al terminar su jornada laboral se quita la bata, se pone una playera verde, alista su bicicleta, toma el silbato, hace un nudo a las agujetas de sus tenis deportivos y pedalea hasta el punto de reunión en el parque.

Durante el camino, recuerda son-riente que el grupo nació hace seis años con la intención de motivar a familiares y amigos sedentarios a practicar deporte, su primera rodada fue del parque al Centro de Coyoacán.

“Rodar implica disfrutar, hacer ejercicio, tener habilidades para moverse en la Ciudad. Cletos Nocturnos además de hacer estos paseos, incita a tomar la bicicleta como un medio de transporte”, comenta Joel.

Una de las características de este grupo es la diversidad de sus integrantes: hay dentistas, productores de noticias, consultores, empresarios; algunos de distintas nacionalidades, como Vasili, quien es de Rusia y llegó a México a la edad de 17 años.

Para rodar de noche, la edad no importa. Lo hacen jóvenes desde los 22 años de edad, como Diego, cuya afición por la bicicleta nació a partir de la necesidad de transportarse todos los días desde su casa en Coyoacán hasta la Facultad de Filosofía y Letras.

Memo, por su parte, es jubilado. A sus 68 años decidió pensionarse. En el día, Guillermo se dedica a leer, a clasificar sus libros en una biblioteca que tiene en casa, pero las noches de todos los martes toma su bicicleta para unirse a los cletos: “Andar en bici con respecto a un auto, es más económico, ecológico y divertido”, dice entre risas.

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Guillermo Zúñiga es pensionado. Trabajó en la Concamin y cada año, en su cumpleaños, escala una montaña.
 

También las mujeres están presentes en esta comunidad bicicletera. Abi, como la conocen en el grupo, además de ser de las primeras integrantes también es médico y explica que lo mejor de rodar es “la sensación de libertad, te hace sentir contento, se te olvidan los problemas del día, porque te enfocas en el grupo y en ayudar a los demás”.

El primer martes del mes organizan rodadas para principiantes, con recorridos de menos de 20 kilómetros y las rutas que hacen no involucran subidas. “Para que la gente le pierda el miedo y se anime a andar en bicicleta”, comenta Alex, guía de los cletos.

El siguiente martes realizan rutas de intermedios, donde recorren más de 30 kilómetros, y el último de cada mes las rodadas son de avanzados; en éstas realizan subidas y recorridos de aproximadamente 100 kilómetros.

Treinta minutos después de la cita, tras explicar a los nuevos cómo se lleva a cabo la comunicación mientras ruedan y de asegurarse que cada uno lleva el equipo necesario para viajar seguros durante la noche, ajustan sus cascos, se colocan los impermeables, si es necesario por el clima, y alistan los silbatos; acto seguido, los engranes de las bicicletas comienzan a girar.

Durante la travesía viajan por parejas: delante van Vasili y Abi como guías, quienes se vuelven los ojos de todo el grupo. Ella dirige la ruta, indicando cuáles son las calles por las que van a rodar; en otras palabras, su misión es ir alistando el camino para que el resto del grupo transite seguro, siempre que no pierdan la formación. Cada que hay un bache, a través de radios los guías se comunican con los bloqueadores, quienes se encargan de obstruir una avenida para que pueda pasar el grupo completo y las barredoras, que viajan en la parte de atrás esperando hasta el último integrante, si hay alguna falla mecánica ellos avisan al guía para que todo el grupo se detenga.

Durante 40 minutos se mantienen unidos, alerta y comunicados. Al llegar a su destino y confirmando que el grupo está completo, estacionan sus bicicletas en el lugar que Pablo, un joven de 30 años, delgado con ojos grandes, miembro del grupo y gerente de un restaurante, ha acondicionado para recibirlos. De esta manera, esperan además fomentar el crecimiento económico local e incrementar la cultura ciclista, que hasta el momento es escasa pero creciente en la Ciudad.

Entre risas, anécdotas y comida planean sus próximas rutas: “¡Recorrido a los cines antiguos de la Ciudad!”, “¡visita al Museo Archivo de la Fotografía!”, son las sugerencias que hacen.

Discuten sobre lo que falta en la capital del país para sentirse más seguros al rodar, pues la mayoría de ellos ha tenido al menos una experiencia relacionada con inseguridad, como robo de bicicletas o enfrentamientos con automóviles que no respetan el Reglamento de Tránsito, invaden las escasas ciclovías y hasta les avientan el carro, situaciones que vuelven peligrosa esta actividad, pero que al rodar en grupo, coinciden, se sienten protegidos.

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