“Yo no digo mentiras” dice el presidente López Obrador cada vez que lo pillan en una mentira. Utiliza su púlpito nacional para decir diariamente “la verdad oficial” sobre lo que pasa en el país, aunque la realidad sea otra. Y ¡ay! de aquellos que se atrevan a contradecirlo, cuestionarlo o, peor aún, confrontarlo porque se convierten en presas de sus esbirros en las redes. Es la estrategia del miedo para inmovilizar a quienes no piensan como él; sus “adversarios”, dice reiteradamente.

A casi 6 meses del inicio de este gobierno (11 meses realmente), es pertinente hacer un apretado recuento de las acciones que lo han ido configurando como el gobierno de la mentira y de la violación de la legalidad. Inició con las “consultas populares” al margen de la Constitución para cancelar el aeropuerto en Texcoco —antes de rendir protesta como Presidente— ocasionando un daño patrimonial a la nación por alrededor de 300 mil millones de pesos.

El 1 de diciembre protestó respetar la Constitución y las leyes que de ella emanan, pero continuó con sus “consultas” como la de Morelos para no cancelar una termoeléctrica que años antes prometió detener. Hizo lo propio para el Tren Maya y el corredor Transístmico. La irracional compra de 571 pipas por 85 millones de dólares, sin licitación y al margen de la Norma Oficial Mexicana, incrementando los costos de distribución. Las tres cuartas partes (74.3%) de los contratos reportados en Compranet, por 26 mil 693 millones de pesos, se hicieron por adjudicación directa, violando la ley.

En campaña se comprometió a bajar el precio de las gasolinas, luz y gas, en cuanto llegara a la presidencia. También que mantendría las estancias infantiles; que siempre le contestaría a Trump las ofensas contra México; que de inmediato regresaría el ejército a los cuarteles con el lema de “abrazos, no balazos”; que su gobierno bajaría el monto para publicidad oficial; que durante los primeros tres años no modificaría la Constitución; que el país empezaría a crecer rápidamente hasta alcanzar el 6% al final de su mandato; que destinaría más recursos a salud, educación y tecnología; que acabaría con la corrupción, y que iniciaría un proceso de crecimiento económico de inmediato.

La realidad, con datos oficiales, nos habla de una cosa distinta a esa “verdad oficial” que vende todos los días. El “neoliberalismo” que declaró abolido, determina las acciones del gobierno, como lo evidenció la renuncia del director del IMSS; la corrupción anterior y la actual sigue siendo esencia del régimen, con fiscales a modo; el crecimiento económico es peor que el de los “gobiernos neoliberales”, la inseguridad sigue al alza, y el monto de la publicidad gubernamental creció en mil millones respecto del último año de EPN.

Para justificar sus mentiras, declara: “yo tengo otros datos”. Y quiere aparecer en las boletas electorales de 2021 con su bandera de “revocación de mandato” para —en una competencia desigual— declarar que la gente quiere que siga, y ya cerca de las elecciones presidenciales de 2024, decir que “el tiempo no le alcanzó” de modo que pueda hacer los cambios necesarios, y que debe modificarse la Constitución para que haya reelección. ¿Quién en su sano juicio le creerá a AMLO cuando declara que no quiere ser dictador ni cacique, que es respetuoso de la Constitución y no quiere reelegirse? Uno más de sus engaños, aunque sus fieles seguidores le crean a ciegas pues a ellos solo les importa que les lleguen los “apoyitos” del gobierno.

Pero la realidad, terca como es, terminará, a golpe de hechos, por revelarse. “El tiempo —diría Maquiavelo— como padre de toda verdad” lo desenmascarará. Ya que el Presidente recomendó terapias a los corruptos, quizá no le caería mal someterse a una para curarse la mitomanía. Esa enfermedad está haciendo mucho daño al país. No debe permitirse que se instale la mentira como verdad oficial ni que prospere la estrategia del miedo.

Exdiputado federal

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