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Vivos y difuntos retornan en noviembre a Alto Balsas

Pobladores de la región mantienen la tradición de ofrendar a familiares fallecidos

Vivos y difuntos retornan en noviembre a Alto Balsas
En San Juan Totolcintla el cementerio se ubica en lo que fue una iglesia en el siglo XVIII; el interior y el exterior están repletos de tumbas y cruces. Foto/ESPECIAL
Estados 04/11/2019 01:41 Arturo de Dios Palma Actualizada 03:17
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Mártir de Cuilapan.— En la región del Alto Balsas, en Guerrero, los difuntos no son los únicos que regresan a su lugar natal. La celebración del Día de Muertos hace que vuelvan a sus pueblos los que se fueron a trabajar a otra entidad, a Estados Unidos a los campos jornaleros o a las playas del país.

El pasado fin de semana muchos jornaleros guerrerenses regresaron de Sinaloa, Chihuahua o Sonora, a donde se fueron al corte de chile, jitomate o pepino. Los que vinieron de Estados Unidos tardaron 18 horas en atravesar el país y ayer emprendieron el retorno. Otros dejaron por unos días sus trabajos en las playas de Acapulco, Cancún, Mazatlán o lugares como Taxco, donde venden collares, pulseras u otras artesanías.

 “Acá hay mucho fervor por esta tradición; se cree que nuestros muertos regresan estos días, ofrendar es importante, incluso para heredar una casa se toma en cuenta que el heredero esté dispuesto a ofrendar”, explica Guillermo Álvarez, habitante de San Miguel Tecuiciapan, uno de los pueblos que integra la región del Alto Balsas.

Esta zona, también conocida como la Ruta de los Pueblos Santos, la integran 14 comunidades nahuas de cuatro municipios de las regiones centro y norte. Todos estos pueblos están alrededor del río Balsas.

Entre los 14 pueblos, en esta celebración destacan dos: San Juan Totolcintla y Ameyaltepec.

El templo-panteón

En San Juan Totolcintla el panteón está en lo que fue una iglesia en el siglo XVIII. El interior y el exterior de lo que fuera el templo está lleno de tumbas y cruces, las cuales son decoradas desde el 1 de noviembre.

Esta iglesia la abandonaron los lugareños hace casi 200 años. La historia cuenta que en esos tiempos un sacerdote violó a un joven y por eso los pobladores lo lincharon; después se vino una epidemia de dengue y todos huyeron a kilómetros de distancia para evitar el contagio.

Los habitantes aún creen que la epidemia fue un castigo por haber linchado al cura. Después de muchos años, al templo lo convirtieron en su panteón, el cual se viste de cientos de ofrendas en días de difuntos.

Sólo flores

En Ameyaltepec, el atrio de la iglesia —dedicada a la Virgen de la Concepción— es su panteón. El templo es imponente: muros de cantera, torres altas, altares con piezas bañadas en oro, con una puerta de madera que, según los pobladores, les costó 250 mil pesos.

Acá es distinto: no hay tumbas, no hay cruces, no hay veladoras; no lo permiten por el cuidado del recinto, sólo ponen ramos de flores, donde, según ellos consideran, se encuentran restos de sus familiares.

Ameyaltepec es un pueblo que rompe la fisonomía de esta región: la mayoría son casas de dos o tres pisos, con terrazas con vista al río Balsas, ventanales amplios y, en sus estacionamientos, carros nuevos.

Este pueblo lo conocen como el “Taxquito de los indígenas”, por las leves similitudes que hay con esa localidad, pero sin la fama turística.

Ameyaltepec es también un poblado de migrantes, pero acá eso también es distinto, pues son comerciantes que venden al mayoreo las artesanías. Son migrantes que además de sus casas de dos o tres pisos en ese lugar tienen otras en Cancún, en Acapulco o en Taxco.

Pero en estos días, religiosamente, todos regresan para ofrendar a sus muertos, aunque sólo les puedan poner flores.

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