23 | OCT | 2019
Casa abandonada en tecate Baja california donde ocurren secuestros de migrantes
En marzo de 2017, la PGR anunció la desarticulación de una banda dedicada al tráfico de migrantes, tras un operativo en dos poblados a orillas de Tecate, uno de ellos fue Jacume. (FOTO: JOEBETH TERRIQUEZ. EL UNIVERSAL)

Tecate, el pozo de los migrantes

16/09/2018
03:55
Gabriela Martínez / Corresponsal
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Organizaciones no gubernamentales reportan 12 secuestros en lo que va del año; cifras de la Procuraduría de Baja California apuntan sólo dos

Tijuana.- Después de caminar más de cinco horas entre los cerros de Tecate, Pablo se perdió entre los arbustos para orinar. Su hermano José, quien lo esperaba, subió el monte a unos metros del muro que pensaban cruzar para llegar a Estados Unidos; la próxima vez que ambos se volvieron a encontrar fue en el Servicio Médico Forense (Semefo): José estaba muerto, sin rostro y con un balazo en la cabeza. 

Nancy, su hermana, vivía con José en Tijuana. Ambos llegaron de Sinaloa para trabajar y enviar dinero a su familia, pero en los últimos meses una idea invadió a su hermano: “Cruzar al otro lado”.  Tras convencer a Pablo de acompañarlo, los dos eligieron el 6 de junio como la fecha para brincar el muro por la ruta de Tecate, entre los ejidos del Paso del Águila y Jacume.

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Ese día, dijo Nancy, casi madrugada, cuando intentaron brincar el cerco, fue la última vez que lo vieron. Ya después de caminar varios kilómetros, uno de ellos se había lesionado una pierna y pararon para descasar, luego Pablo le pidió que ahí se quedara:

—"Voy a hacer mis necesidades", le explicó y  luego se perdió entre las matas secas que invaden toda esa zona, con la vista hacia la serpiente de cobre, como los migrantes llaman al muro casi oxidado que se ve desde lejos como la silueta del animal rastrero.

Pablo llegó pero sólo encontró viento. De José, nada. Lo buscó en medio del desierto, entre las piedras gigantes que luego son como murallas rojas clavadas en la tierra seca e hirviente, escondidas en esa región agreste, logró comunicarse a su teléfono sólo para escucharlo decir que había sido secuestrado.

—Me atoraron unas personas (...) me pusieron una capucha y me están apuntando con una pistola—, exclamó, luego le arrebataron el teléfono y le pidieron pagar por su libertad,  primero dijeron que mil dólares y que los querían en 20 minutos.

—"Nosotros no teníamos esa cantidad", dijo Nancy, mientras enseña una fotografía de su hermano, un pedazo de papel arrugado y maltratado por la cantidad de lágrimas que empapan el rostro de José.

En la frontera norte, hasta los cerros están secuestrados por los delincuentes. La mala fortuna de su geografía les valió convertirse en el calabozo de los migrantes y si su suerte es peor, hasta en su cementerio, en donde terminan desaparecidos con los huesos gastados y comidos por fa fauna nativa. En medio de la nada, donde los criminales ni siquiera se molestan en enterrarlos.

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El pozo de los migrantes

Según la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) el secuestro de migrantes en Baja California casi es erradicado, las cifras oficiales reportan que mientras en 2016 fueron denunciados 29 casos, para 2017 solo hubo ocho, y en lo que va de 2018, dos.

Pero las organizaciones piensan y reportan otra realidad. La Coalición Pro Defensa del Migrante –integrada por ocho organizaciones civiles en Baja California- ha documentado al menos 12 secuestros de migrantes en lo que va de 2018, de los cuales solamente una de las víctimas denunció, el resto atemorizados con parar en prisión o sufrir represalias prefiere callar, cuando algunos de ellos han sido agredidos por las propias autoridades.

“En lugar de secuestro lo toman como extorsión”, explicó Esmeralda Siu, coordinadora ejecutiva de la Coalición Pro Defensa del Migrante en Tijuana, “nosotros les hemos preguntado, cuándo pasa de ser una extorsión a ser un secuestro porque los privan de la libertad y los obligan a estar en un sitio donde no quieren a cambio de dinero… ¿Qué eso no es un secuestro? Ellos dicen que no”.

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En marzo de 2017, la Procuraduría General de la República (PGR) anunció en un comunicado de prensa la desarticulación de una banda dedicada al tráfico de migrantes y ligada al crimen organizado, tras un operativo en dos poblados, en las orillas de Tecate.

Uno de esos pueblos fue Jacume. Un pueblo enclavado, entre Tecate y Mexicali, a un kilómetro de El Hongo, donde está el complejo penitenciario de Baja California. Se trata de un pequeño ejido, al que pocas veces entra la Policía Federal, mientras que de los locales nadie sabe nada, ni de municipales ni de estatales. No hay suficientes policías, se excusan.

Ese pedazo de tierra olvidada, al que nadie llega por casualidad, es uno de los pasos obligados para los migrantes que quieren cruzar hacia Estados Unidos, pero así como las lomas de sus cerros esconden a sus menos de mil pobladores, esa esquina empolvada guarda terribles: casas de seguridad, descubiertas a unos metros del muro fronterizo, en casas hechizas, casi destartaladas, invadidas por pichones y basura.

De los migrantes solo hay el camino que dejan. Botellas de agua, sin agua otras aun con líquido. Sueros, hidratantes, latas de atún vacías, mochilas gastadas igual que la ropa que llevan dentro; cal usada para borrar sus huellas de la tierra, zapatos improvisados con la tela de una cobija y mecate mal cortado, también para no dejar rastro.

La mayoría de sus cosas, están bajo los pocos árboles empecinados en sobrevivir en pueblo con temperatura inclemente, que en el verano se siente como si el sol te escupiera en la cara, y en el invierno como si el aire fuera una cuchilla afilada clavada en la piel. En donde la mayoría de la casas son un desfile de construcciones improvisadas con láminas y madera, pero con camionetas del año.

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Con una que otra casi mansión, grandes y lujosas como las de los fraccionamientos privados de Tijuana o Mexicali, Viviendas, con grandes patios, y en un caso hasta con alberca, empotradas en la nada de ese desierto árido, que en sus calles de terracería solo tiene un par de perros deambulando como si fueran dueños del sitio.

Ese pueblo que en la mañana es de los que viven ahí, y en la noche de los que solo pasan: de los migrantes. Ahí, cerca de ese poblado, es en donde José Antonio, hermano de Nancy, fue visto por última vez a sus 33 años, cuando intentó cruzar junto con su otro hermano  y de quien se encontró el cuerpo, el 17 de ese mismo mes.

Nancy dijo que la familia fue a buscarlo hasta los cerros. El 9 de junio incluso denunciaron el secuestro en el Ministerio Público, pero reclasificaron el delito como desaparición, así lo buscaron hasta que lo encontraron:

“Mi mamá lo miro en las noticias”, recuerda, para luego explicar que en el noticiero el conductor del programa dijo que habían hallado un cuerpo no identificado en Tecate, desde la sala de su casa en Sinaloa, su madre no dejaba de estar pendiente de todo lo que pasaba en la frontera, así solo con el presentimiento, Nancy se fue al Servicio Médico Forense, “me enseñaron las fotos y efectivamente era mi hermano, lo mataron de balazo en la cabeza”, dice con la voz rota, “no tenía rostro”.  

Nancy y su hermano recuperaron el cuerpo de José, lo enterraron en Tijuana porque no tenían dinero para trasladarlo a Sinaloa donde estaba el resto de su familia. Ellos, los dos hermanos, dejaron la frontera y regresaron a Los Mochis. 

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