En medio de un dolor que no conoce tregua, la activista se despidió con una misa de Réquiem de su hijo, Marco Antonio Sauceda Rocha, arropada por de todo el país, familiares y amigos que han hecho de la ausencia una forma de vida y de lucha.

Esta parte de la despedida no fue solo un acto íntimo, fue también un testimonio colectivo. En cada abrazo, en cada mirada, se reunieron historias que comparten un mismo hilo: la búsqueda incansable de los seres amados.

Marco Antonio había sido reportado como desaparecido el 4 de mayo de 2019. Durante años, su nombre se sumó a las listas interminables, mientras su madre recorría desiertos, caminos y fosas clandestinas en busca de respuestas.

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El pasado 24 de marzo de 2026, esa búsqueda encontró un doloroso punto de llegada: el hallazgo de restos óseos en un rancho al norte del ejido Salvador Alvarado, en la Costa de Hermosillo, durante un cateo encabezado por autoridades estatales y acompañado por integrantes del colectivo.

La diligencia, en la que participaron peritos, antropólogos forenses y elementos de investigación, se realizó bajo la mirada vigilante de quienes han exigido verdad y justicia desde la sociedad civil.

Entre los indicios localizados había fragmentos óseos y prendas de vestir. Vestigios de una vida interrumpida.

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Este Jueves Santo, la misa de despedida fue oficiada por el sacerdote Martín Gerardo Hernández, quien en su homilía trazó un paralelismo entre el sufrimiento de las madres buscadoras y el dolor de María al pie de la cruz.

Sus palabras no buscaron consolar desde la certeza, sino desde la fe:

“Hay una esperanza que no se acaba, que no termina”, dijo. “Aunque la muerte entristece, la esperanza de la resurrección permanece”.

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El silencio pesaba tanto como las palabras. Se habló del amor que empuja a seguir buscando aun cuando las fuerzas parecen agotarse, del amor que como señaló el sacerdote “hace que el hambre se calme y que las fuerzas salgan de donde ya no hay”.

Para Ceci, la despedida de su hijo no representa el final de su lucha, por el contrario, se inscribe en una historia más amplia: la de miles de familias que, ante la ausencia de sus seres queridos, han decidido convertirse en buscadoras, en investigadoras, en guardianas de la memoria.

“¿Para qué seguir?”, planteó el sacerdote durante la ceremonia. La respuesta flotó en el aire, sostenida por la experiencia compartida: porque la búsqueda de uno ha permitido encontrar a muchos. Porque cada hallazgo, por doloroso que sea, devuelve un nombre, una historia, una dignidad.

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La ceremonia también fue un llamado. Un llamado a no normalizar la violencia, a no olvidar a quienes siguen desaparecidos, a no abandonar a quienes buscan. Se oró por Marco Antonio, pero también por todos aquellos que han muerto en circunstancias similares y por una sociedad que, como se dijo en la eucaristía, necesita recuperar el valor de la vida.

Al final, entre rezos y despedidas, quedó una certeza que atraviesa el duelo: la vida de Marco Antonio no se reduce a su ausencia. Vive en la lucha de su madre, en la solidaridad de las otras buscadoras, en cada paso que se da sobre la tierra removida con la esperanza de encontrar.

Los restos de Marco Antonio fueron trasladados de su casa en Bahía de Kino a Hermosillo. A las oficinas de las Madres Buscadoras, para ser llevados a su morada final para su eterno descanso.

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pjm/cr

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