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"No nos dejen solos", pide en Cancún padre de uno de los 43 normalistas

Clemente, padre de Christian, aclara que “no nos fiamos" ya que después de cinco años del caso Ayotzinapa "queremos hechos y acciones, no más palabras”

Christian, una chingonería de hijo: padre de uno de los 43 estudiantes de Ayotzinapa
Foto: Adriana Varillas/ EL UNIVERSAL
Estados 27/09/2019 17:22 Adriana Varillas / corresponsal Quintana Roo Actualizada 18:57
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Cancún, Q. Roo.- Agotado emocionalmente, pero confiado en que su hijo, Christian, estudiante de la Normal “Raúl Isidro Burgos”, ubicada en Ayotzinapa, Guerrero, se encuentra vivo, Clemente Rodríguez pidió a las y los mexicanos no dejarles solos y refrendar la petición al nuevo gobierno, de realizar acciones concretas para dar con el paradero de los 43 estudiantes víctimas de desaparición forzada, hace cinco años.

Clemente estuvo en Cancún y partió rumbo a Mérida, Yucatán, como parte de las acciones que familiares de los estudiantes desaparecidos, realizan en México para evitar que el tema quede sepultado y el delito, impune.

Aunque lo tilden de “loco” y “necio”, aunque lo acusen falsamente a él y a los padres de los otros 42 jóvenes, de haber recibido plazas dentro del servicio público o dinero, el padre de Christian -quien antes se dedicaba a vender garrafones de agua en Tixtla, Guerrero y ahora está concentrado en encontrar a su “muchacho”- asegura que su hijo vive.

“Yo lo que le digo a esas personas que dudan y nos atacan, es que deseo de todo corazón que jamás les desaparezcan a un hijo; que nunca sepan de ese dolor que no te deja dormir, ni estar en paz.

“Y a las personas que, por el contrario, nos han escuchado, nos han apoyado, les doy las gracias y les pedimos que no nos dejen solos, que no dejen que se apague la exigencia. Mi hijo está vivo y yo sé que va a regresar”, expresa.

Como símbolo de fe, Clemente se tatuó en el antebrazo izquierdo, una tortuga prehispánica, que se ha convertido en el símbolo del caso de los 43 estudiantes desaparecidos, pues en náhuatl, Ayotzinapa es un vocablo que significa “el lugar de las tortugas”.

“En el pueblo hay quienes me dicen que si soy un pandillero. Yo a usted le digo que me hice este tatuaje de una tortuga prehispánica, para que el día de mañana que llegue Christian, sepa que todo este tiempo su papá lo estuvo buscando.

“Es una tortuga prehispánica protegiendo a su hijo. Aquí es donde inicio la búsqueda” -señala con el dedo índice- “y en el centro están dos caracoles entrelazados, caminando, en búsqueda, con dos antenitas receptoras, buscando a su hijo al que se reencuentra y ahí termina la búsqueda”, explica, al mostrar el dibujo sobre la piel.

Clemente también se tatuó un tigre pequeño, porque a Christian le gustaba una danza folklórica para la buena cosecha, llamada Xochiquétzal, que significa “Flor preciosa”.

“Él es muy bailarín. El maestro conserva sus botines y 200 pesos, porque Christian estaba juntando dinero para comprarse un sombrero de tres piedras; tiene el calzoncillo del porrazo de tigres; tengo su vestuario”, narró.

El tercer tatuaje de Clemente está en su pecho, del lado del corazón. Ahí, luce una paloma, que define como la esperanza.

“Eso es lo que me mantiene. La luz de la esperanza. Por eso tengo una paloma en el corazón”, expresa.

Padre de tres mujeres, al hablar de su único hijo varón, Clemente habla de Christian, siempre en presente y lo define como “sensible, sencillo, participativo, alegre, amable con la gente, o sea, una buena persona; en pocas palabras: Una chingonería de hijo”.

“Él es de Tixtla. A él le gustaba mucho la Agronomía, pero entró a la Normal porque sus padres son de escasos recursos y no podíamos pagarle “La Centenaria”, una escuela que está en Chilpancingo. Es pública, pero el gasto es el traslado de Tixtla para allá. Yo me dedicaba a vender garrafones de agua en la calle, tengo tres hijas y a Christian, y tenemos ciertos gastos.

“Yo le decía ‘mijo, espéreme tantito, aguanta un año en la Normal y el siguiente te saco y te vas a Chilpancingo’” -menciona- “mi hijo mide 1.87 metros de estatura. Cuando entró a la Normal tenía 19 años, ahorita debe tener 24 años y se estaría graduando, pero yo como padre siento que vive y trato de investigar, de ir informando. Y no he parado. Yo voy a seguir”, subrayó.

Su estancia en Cancún se debió justo a esa misión. Llevar el mensaje de que él y los otros padres se mantienen en la búsqueda.

Si bien con el gobierno del entonces presidente, Enrique Peña Nieto, el diálogo estaba cerrado -dice- ahora, con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, hay mayor cercanía con los padres de los desaparecidos y mayor voluntad política para dar con los responsables y castigarlos.

Sin embargo, Clemente aclara que “no nos fiamos. Después de cinco años, queremos hechos, acciones, no más palabras”.

Agregó que esperan que la cercanía entre López Obrador y el Ejército, no sea un impedimento para que se investigue a los militares involucrados en la desaparición forzada de los 43 jóvenes; pidió que se actúe en contra de los policías municipales bajo sospecha, y que se aumente la búsqueda en cuarteles de la milicia y en las cárceles clandestinas o campamentos, porque ahí podrían tener cautivas a las víctimas.

También lamentó que existan aún funcionarios del gobierno de Peña, insertados en la ahora Fiscalía General de la República (FGR), que están interfiriendo -subrayó- en las investigaciones actuales.

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