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“Con el gas sentí que perdía la vista”

María Lydia y sus 5 hijos sufrieron el repliegue de oficiales de EU; decidió viajar en “montón” porque sola no habría sobrevivido, dice

“Cuando lanzaron el gas sentí que perdía la vista”
Los hondureños María Lydia y sus hijos llegaron en la caravana migrante a la ciudad de Tijuana; ella anhela cruzar a Estados Unidos para trabajar y comprarles ropa a sus hijos, así como despensa para la casa (JOEBETH TERRÍQUEZ. EL UNIVERSAL)
Estados 30/11/2018 04:48 Gabriela Martínez / Corresponsal Actualizada 06:42
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Tijuana.— María Lydia entró a la recámara donde dormían sus tres hijos mayores, no los despertó. Se acercó al camastro, les dio un beso en la mejilla y otro en la frente, sobó sus cabellos, luego dio unos pasos hacia el marco de la puerta y ahí, durante unos segundos, retrató en su memoria sus caras, luego tomó una mochila y a sus cinco hijos más pequeños para irse, cruzar más de 4 mil kilómetros desde El Marañón, Honduras, hasta llegar a Tijuana, donde ella y sus dos gemelas se convirtieron en el rostro mundial de la caravana centroamericana.

María Lydia Meza es la mujer que, junto a las gemelas Chelli y Saira, de cinco años, fueron retratadas por un fotógrafo de la agencia Reuters, tras la protesta de unos 800 centroamericanos que terminó con gases lacrimógenos y balas de goma lanzados por oficiales estadounidenses luego de que migrantes se brincaron el muro que divide Tijuana y Estados Unidos.

María Lydia dice que desconocía que iban a saltarse la barda porque a ella la única instrucción que le dieron era que al llegar al “Bordo” —un área del canal del río Tijuana, que colinda con la Unión Americana—, buscarían sentarse a esperar la respuesta del gobierno de ese país. Pensó que al final las puertas del muro se abrirían, que tal vez los dejarían entrar para explicar su situación y, de ser posible, hasta les darían asilo.

“Nunca tocamos nada… fue ahí cuando lanzaron las bombas, eran unas 30”, recuerda mientras juega con sus dos chelitas, como le dicen a las niñas por su tez trigueña y cabellos dorados, “un señor me dijo que corriéramos, yo agarré a mis hijos entre mis manos pero como que el humo me intoxicó y mi hijo ya se había desmayado, un señor me dijo que le echara agua”.

Durante su carrera por escapar de las balas de goma y de las bombas de gases, María Lydia intentaban salir del fango en el que terminó hundida junto con una de sus hijas.

“Las niñas se quedaron descalzas, un señor me dijo ‘dame la mano’ porque yo ya no podía… la niña salió descalza y la otra apenas rescató las sandalias”, dice la hondureña de ojos café claro y piel color durazno.

María Lydia explica que decidió migrar así, “en montón”, porque desde mucho tiempo antes habían pensado viajar a Estados Unidos para encontrar a la más grande de sus hijas. No lo había hecho porque le contaban historias terribles de lo que vivían los migrantes en México.

“Cuando venía en el camino me decían que era peligroso, entonces me puse a pensar que yo sola no hubiera sobrevivido en el camino”.

María Lydia continúa su historia y mientras intenta recordar su tierra, Saira le lanza un “vení”. Su hija, la que terminó descalza, interrumpe la pregunta: “¿Cómo sentiste el gas?”, antes de que su madre pueda responder la niña lo hace, “quema”, responde, en medio de un relato que le arranca algunas lágrimas a María, sus hijas le roban una ligera sonrisa.

“Sentía como un mareo y un oscurimiento (sic) en mis ojos, como que no iba a recuperar la vista, un ardor en la garganta cuando absorbía el humo del gas… no se parece a nada que hubiera probado antes, nunca”, recuerda.

Dice que si cruza a Estados Unidos, dejará atrás las 800 lempiras a la semana, equivalente a unos 664 pesos. Allá, del otro lado, piensa que puede ganar un poco más porque son dólares y con el primer salario, piensa, le compraría ropa a sus hijos, despensa para la casa y tal vez construiría un baño y pondría electricidad, quisiera una estufa también y poder comprar gas para ya no usar leña en la casita de adobe, porque el olor a humo luego los invade.

María Lydia, si pudiera, ya no viviría en Villanueva Cortés, donde los niños caminan sobre terracería para ir a la escuela y, durante las lluvias, sortean lodazales, una travesía para llegar a cualquier camino.

 

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