Matamoros.— Aquel hombre que siempre vestía una chaqueta azul y calzaba tenis rojos le dio una pistola grande a Brandon, de nueve años. El niño aprendió a usarla y la presumía a compañeros de clase, allá en San Pedro Sula, una de las ciudades más peligrosas de Honduras.

Todo cambió cuando el amigo de Brandon, de la misma edad, mató a balazos a una señora para robarle su bolsa; entonces Brandon comenzó a tener pesadillas dormido y despierto.

Mientras se entretiene con un carrito, el niño migrante platica cómo comenzó todo: “Le dije a mi mamá que el man (sic.) me seguía siempre; cuando salía de la escuela me daba miedo porque estaba como esperándome. Mis amigos hablaban con él, pero yo me alejaba porque sentía mucho temor”, comenta.

Cuenta que al menos tres de sus compañeros de clase le insistían para que hablara con el hombre que prometía darles dinero si hacían lo que él decía.

Una tarde, el grupo de chiquillos se enfiló por un callejón, donde los esperaba Carlos Roberto, “así se llamaba el hombre que me seguía”, detalla el pequeño.

“Mis amigos gritaron su nombre y corrieron a donde estaba, yo me quedé atrás porque quería regresar, pero de a poco me acerqué. Carlos les dio dinero, ellos estaban contentos. Yo también quería dinero porque mi mamá no tenía para darme de comer; el hombre me dijo que si estaba con ellos en la mara y les ayudaba, me daría mucho dinero”.

Brandon aceptó. Aprendió a utilizar una pistola y le provocaba satisfacción que otros niños le temieran, pero cuando observó cómo uno de sus amigos mató a una mujer para robarle la bolsa que llevaba en el hombro, el miedo se apoderó de él.

“La señora quedó en la calle, había mucha sangre y yo corrí a mi casa, llegué llorando y temblando. Le conté a mi madre lo que pasó y le dije que abajo de mi cama tenía una pistola y que me iban a obligar a usarla. Mi mamá me dijo que nos iríamos de Sula, que quería que yo estudiara, que no quería que me mataran”.

Así, Brandon y su madre emprendieron la huida de Honduras y, desde hace seis meses, se encuentran albergados en Matamoros, Tamaulipas, donde esperan que las autoridades de Estados Unidos les brinden asilo.

“Mi mamá me dijo que en días pasados mataron a mi amigo de la escuela, eso me hubiera pasado a mí. Estoy contento, no tenemos dinero, pero estamos bien, aquí [en el albergue] nos dan de comer; viene una maestra y nos ayuda para que pronto vivamos en Estados Unidos. Quiero jugar y estudiar, eso es lo que quiero”.

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