
Antes de que sonara la primera pista, el mensaje ya estaba ahí. No era una discusión sobre tecnología, sino sobre sentir. En un mundo donde la música puede generarse con un clic, Patrick Miller decidió recordarle a su público que el cuerpo todavía manda.
En las pantallas apareció Spectra 171, un robot. Miller le pidió un remix de Desesperado y la máquina respondió con una versión cruzada con regional mexicano. El Palacio de los Deportes estalló en risas.
“Escucho una voz sintética, una voz que canta sin respirar, sin sentir. Aunque suene perfecta, no nos dice nada”, dijo Roberto Devesa desde el escenario.
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El intercambio se volvió incómodo para la era del algoritmo. Porque una voz puede sonar impecable, pero no dudar, no temblar, no erizar la piel.
“La perfección sin alma es solo ruido agradable al oído. Estamos olvidando que la música no se trata de apretar un botón para generar composiciones”, continuó.
Incluso Spectra terminó cediendo. Programada para tener siempre la razón, la inteligencia artificial admitió lo que el público ya sabía: tal vez hay que sentir antes de crear. Y entonces llegó la prueba real.
Sonó Desesperado. No la versión generada en segundos, sino la original de 1986. Voz humana, vocoder, tecnología usada como extensión emocional y no como sustituto.
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“La música es lo que el ser humano es capaz de transmitir directamente desde el alma. Nosotros hacemos mejor las cosas, pese a quien le pese”, remató Devesa.
El 10 de enero, el Palacio de los Deportes se llenó con 12 mil 500 personas, sin necesidad de abrir todas sus localidades. Bastó encender las gradas para que quedara claro que sentarse no era opción.
Desde el primer beat, el recinto se movió como una sola pista improvisada: familias enteras, adolescentes, veteranos del high energy, niños con lentes de luces, madres bailando con hijas. Patrick Miller volvió a ser ese espacio donde generaciones distintas coinciden sin ponerse de acuerdo.
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Patrick Miller, tres décadas de high energy que se bailan de padres a hijos
Hablar de Patrick Miller no es hablar solo de un DJ ni de un evento: es hablar de un fenómeno cultural que lleva más de tres décadas latiendo en la Ciudad de México. Nació a finales de los años ochenta, cuando el high energy, el italo disco y la electrónica ochentera se movían entre viniles, cassettes y pistas underground.
Detrás del nombre está Roberto Devesa, pero Patrick Miller nunca se construyó como figura individual. Desde el inicio fue comunidad. Un lugar donde la música electrónica se volvió lenguaje común, antes de que existieran festivales masivos o algoritmos dictando tendencias.
Las gradas abiertas no frenaron a nadie. Nadie pidió permiso para bailar One Day in My Life de JWB, Love Attack de Tony Caso, Breathless de Gina Desire, The Night de Shezoray, Visitors de Koto, My Little Japanese Boy de Baby’s Gang, Laserdance de Laserdance, Full Control de Digital Emotion, Walk a Mile de George Aaron y Brutal de Capri D.J.. Incluso El tractor amarillo de Zapato Veloz apareció como guiño festivo que desató otra ola de cuerpos en movimiento.
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Hubo tecno, bloque ochentero, high energy y más. Pero el hilo conductor no fue el género, sino la memoria corporal: esa que reconoce una canción antes de pensarla.
En los pasillos, la escena se repetía. Afuera y dentro del recinto se vendía la mercancía del evento: playeras, sudaderas, lentes con luces de todos los colores, los más populares de la noche y hasta diademas luminosas. Muchos ya las llevaban puestas, como si la estética también fuera parte del baile y la pista comenzara mucho antes de que sonara la primera canción.
“Patrick Miller son todos ustedes; sin ustedes, Patrick Miller no existiría”, fue la frase final que Roberto le dio a todos los Patricios en agradecimiento por su asistencia.
Esa noche, el Palacio de los Deportes no fue un recinto. Fue una cápsula del tiempo.
dft
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