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Comedia navideña simplista y vulgar

La navidad de las madres rebeldes es un reflejo de la falta de originalidad en Hollywood

Los directores Lucas y Moore presentan un trabajo que da pena ajena (CORTESÍA)
Espectáculos 06/12/2017 23:49 José Felipe Coria Actualizada 02:27
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Tras el estridente desastre de Guerra de papás 2 la semana pasada, parecía imposible que otra película de tema similar superara semejante banalidad. Pero lo consigue La Navidad de las madres rebeldes (2017), secuela de El club de las madres rebeldes (2016), ambas responsabilidad del churrero tándem de guionistas conformado por Jon Lucas & Scott Moore, en su tercera incursión —o mejor, tropiezo en caída libre—, en la dirección cinematográfica.

Las similitudes entre La Navidad… y Guerra… son sintomáticas de la creciente falta de originalidad en el cine comercial hollywoodense. Mientras que la segunda trata sobre dos padres y dos hijos, en la primera son tres madres y tres hijas.

Otras vez unas caricaturas obligadas a rebelarse ante el supuesto deterioro de su papel socialmente impuesto.

Esta rebeldía de madres funcionaría debido a ciertos apuntes, sólo que la pesada mano de sus directores, ajenos a la sutileza, exagera los estereotipos, ya sea la liberada sumisa Amy (Mila Kunis), la tranquila introspectiva Kiki (Kristen Bell) o la malhumorada reventada Carla (Kathryn Hahn). Ahora acompañadas por sus respectivos estereotipos maternos: la rígida criticona Ruth (Christine Baranski), la demasiado amistosa Sandy (Cheryl Hines) y la ruda desobligada Isis (Susan Sarandon).

Se supone que con ellas, y la obsesión por hacer la Navidad perfecta, está listo el coctel de risas. Nada más falso.

El repertorio de chistes va de nuevo simplista y vulgarmente del sinsentido a la ridiculez, de lo jalado de los pelos a lo toscamente sexual (“perreo” a Santaclós & strippers navideños incluidos).

Es de pena ajena el resultado, sobre todo ante el desperdicio de algunas de sus magníficas actrices, que interpretan papeles de vergüenza gracias a la barata dramaturgia sobre adultos obligados a actuar como adolescentes. Destructoras y groseras, las madres de esta cinta representan una anarquía de tercera contra la rutina. Desgastada idea idéntica a la parte uno.

Los directores, autores de mediocres guiones como su debut Una noche loca (2013) o el bodrio del año pasado Fiesta de Navidad en la oficina (2016, Josh Gordon & Will Speck), insisten en acumular situaciones para un esquema que nunca funciona como relato estructurado.

Los clichés dominan La Navidad… y el chiste más reiterado es que las fiestas de fin de año apestan (nomás tantito) y son dignas de un relajo que deja fuera al espectador. Si esta cinta pretende criticar cómo son las labores domésticas de sus protagonistas, debería representarlas haciendo algo digno; algo superior al rutinario recuento de sandeces, pues.

Las comedias navideñas dominantes no funcionan. Tampoco cintas medianamente interesantes que compiten con ellas. Es el caso de Rodin (2017), fallido vigésimo séptimo filme del ambicioso Jacques Doillon, que convierte la vida del escultor más famoso de Francia, Rodin (Vincent Lindon) trabajando Las puertas del infierno, y su relación con Camille (Izïa Higelin) & su esposa Rose (Séverine Caneele), en hipersolemne y fría biografía.

Lejos de las intensidades de Camille Claudel 1915 (2013, Bruno Dumont) y Camille Claudel (1988, Bruno Nuytten), Doillon reitera los lugares comunes sobre Rodin. No los pone en duda ni los critica. Al contrario, abunda en ellos, tratando que sus actores les den vida. Tal vez Doillon perdió para siempre la habilidad de volver entrañables a los personajes, como en sus previas Ponette (1996) y El joven Werther (1993). ¿Se estrena ahora porque este Rodin parece (un tedioso) Santaclós?

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