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Simular que existe competencia en algunos mercados es común en México, a pesar de que la ley dice otra cosa. Y, claro, los consumidores se ven obligados a pagar con creces esa simulación.
Uno de los mercados que simulan competencia es el de los taxis en el Valle de México en el que —tal parece— se impone la ley del más fuerte. El miércoles 1 de junio tuve una experiencia de las muchas que, estoy seguro, ocurren cotidianamente en la capital.
Sin poder utilizar mi coche por las restricciones del programa Hoy no Circula, a eso de las 10 de la noche intenté llamar un servicio de Uber en la esquina de Bucareli y Juárez, en pleno centro de la Ciudad de México. La aplicación del ‘servicio privado de transporte’ me marcó una ‘tarifa dinámica’ de 2.3 veces mayor que la normal. Supongo que la lluvia que caía en la zona a esa hora había elevado la demanda de unidades de Uber y, claro, con ello el precio. Ni hablar. Cualquier estudiante de economía de primer semestre diría que la tarifa ‘dinámica’ solo respondió a la oferta y a la demanda de ese momento y esa sola ley elemental ricardiana era suficiente para que desembolsara cerca de 300 pesos por mi peculiar servicio de taxi.
Pero no. No estuve dispuesto a pagar esa tarifa tan alta, así que decidí mojarme un poco en mi búsqueda de un taxi rosa callejero en las inmediaciones del Paseo de la Reforma. La tarea no fue fácil pero después de unos veinte minutos, uno de los pintorescos y coloridos taxis CDMX se detuvo frente a mí. ¡Al fin!
Al escuchar el saludo amable del conductor, supe que Uber no tenía el monopolio de los buenos modales ni de un buen servicio de transporte. Eso pensé. Y más cuando veía que, a pesar de la lluvia y de la hora, el precio no lo determinaría aquella ‘tarifa dinámica’ de los ‘Chicago boys’, sino un costo predeterminado por kilómetro y cuyo resultado en pesos y centavos veía correr frente a mis ojos en el taxímetro. ¡Qué alivio! (Vaya que la regulación sí funciona cuando se trata de enmendar las fallas de los mercados)
Pero si cree que mi viaje de aquella noche en taxi por la capital acabó como en los cuentos de hadas o como en los libros de texto de economía, se equivoca. Antes de llegar a la zona conocida como Interlomas, el amable conductor se volteó para informarme que cruzando la frontera de la Ciudad de México con el Estado de México, la tarifa se incrementaría mágicamente 50%. Eran unas cuantas cuadras dentro de territorio mexiquense; pero no se trataba de eso, sino de cruzar una frontera invisible —y en este caso conveniente— de la gran metrópoli. Ahora no era la oferta y la demanda la que elevaba mi precio de transportación, sino un acuerdo entre los gremios de taxistas y autoridades.
¡Qué va! A esa hora de la noche, no importaba aquello de la Megalópolis. Había que pagar el sobreprecio y punto.
Total, no una, sino docenas de veces he debido pagar tarifas exageradas en los servicios de taxis de sitio que operan en los municipios de Naucalpan y Huixquilucan, en el Estado de México, en el que un puñado de empresarios del transporte dominan los sitios y las flotillas de taxis, prácticamente sin ningún control, y a pesar de que oficialmente se han establecido tarifas. Una misma ruta, distintas tarifas. “Si le parece”, es la soberbia respuesta a la primera pregunta de porqué tan caro.
Allí —en la tierra del gobernador Eruviel Ávila— las reglas de la competencia no existen; ni la Comisión Federal de Competencia Económica, ni la Procuraduría Federal del Consumidor. Menos aún la vigilancia municipal en materia de transporte público.
En el colmo, se anuncian públicamente sitios fijos de taxis pirata: vehículos privados que pueden abandonar a sus pasajeros a media ruta, sin que haya ninguna seguridad para los clientes: Todo bajo su propio riesgo.
Bastan unas horas de observación en la frontera entre Cuajimalpa y Huixquilucan para darse cuenta de la gran cantidad de taxis piratas que circulan ante los ojos y con el beneplácito de la policía de tránsito de ambas entidades. Por cierto, la base de taxis ubicada en el Walmart de Cuajimalpa es solo un caso, por si alguna autoridad quiere tomarse la molestia de verificarlo.
¿Qué, qué bueno que llegó Uber, entre otros, al Valle de México? Sí, que bueno. Pero, con todo, el mercado de taxis sigue siendo un desastre para los consumidores mientras que las absurdas reglas, la concentración de mercado y la corrupción rampante se imponen. Claro que la verdadera competencia podría ser el antídoto que combata estas lacras, pero lo cierto es que en el mercado de taxis del Valle de México, esa real competencia no ha llegado.
Twitter:@SamuelGarcia
COME-mail:samuel@arenapublica.com
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