El Emperador Obrador rige sobre las líneas del tiempo

Sabina Berman

Con un guiño a Pepe Gordon

Esa noche, en pijama y descalzo, el Emperador Obrador abrió el refrigerador de la cocineta, y cuando la luz eléctrica del interior del frigorífico se dispersó en un haz por el pequeño departamento, iluminando un cuadro ahí, una pared blanca allá, una puerta más allá, un pasillo en otra dirección, tuvo una revelación.

Igual que podía tomar la botella de leche y servirse un vaso de leche, podía tomar la botella de coca cola y servirse un vaso de coca cola.

Nada estaba escrito de antemano.

El golpe del asombro le abrió otra revelación paralela. Igual podía llamar por teléfono al candidato de la Izquierda Poluta, Juan El Simple, o no llamarle.

No le llamó, pensó que Juan era un altanero insufrible, y volvió al lecho, y a darle vueltas a las cifras de la votación que ocurriría en escasos 7 días.

Su Delfina y Alfredo III estaban empatados en la mayoría de las encuestas, Juan El Simple estaba en el tercer sitio en todas, pero —y en este pero estaba la clave de los resultados— el traicionero Alfredo III preparaba un fraude colosal, de al menos 10 puntos.

—Puede ser que no ganemos —pensó tendido en el lecho el Emperador.

Sin embargo, en otra línea del tiempo, el Emperador soltó el asa del refrigerador abierto, marcó en su celular, y le dijo a Juan El Simple:

—Hola Juan. Ya basta de escaramuzas. Sumemos nuestros votantes. Aseguremos el triunfo de las Izquierdas unidas. ¿Qué pides a cambio?

En tanto, en otra línea del tiempo le dijo algo distinto:

—Hola Juan. Te despierto solo para joderte el sueño, y para repetirte: declina, a cambio de nada, ¿quién carajos te crees para pedirle algo al Emperador?

Juan El Simple le respondió distintas cosas en distintas líneas de tiempo:

—Oye, Obrador, negociemos de inmediato. Mándame a tus negociadores.

—Oye, Emperador, vete al infierno y déjame dormir.

—Oye Obrador, ya pacté con el PAN.

—Señor Emperador, hinco mi rodilla en el polvo y beso su anillo, y renuncio a la democracia y a la aritmética, cedo a vos mis votos, en aras de una monarquía absoluta regida por vos.

Al día siguiente, el Emperador Obrador se sorprendió cuando al bajar de su camioneta negra y blindada, sus operadores se acercaron y le avisaron que la alianza estaba hecha.

—¿En qué términos? —preguntó con curiosidad, porque no estaba seguro de qué había hablado con Juan la noche anterior.

Juan El Simple pedía 4 cargos en el gabinete para su gente, y para él la Secretaría de Gobierno, además de la garantía de ser candidato en 6 años a la gubernatura del Edomex.

—Me parece justo —respondió Obrador.

Simultáneamente, el Emperador bajó de la camioneta, oyó de boca de sus operadores las peticiones de Juan El Simple, y enfurecido buscó el micrófono más cercano, que estaba casualmente en un templete, a cuyo pie había una multitud, y anunció:

—La Izquierda Poluta es poluta. Es una vulgar ambiciosa. Es lambiscona. Es palera. Es pilla. Es canalla. Tiene el corazón de una alcachofa, que no tiene corazón. Nunca negociaremos con ella, puesto que el Emperador Obrador, es decir: yo mismo, no negocia, puesto que es un Emperador y manda sobre todos los humanos y todas las líneas del tiempo.

La multitud cayó de rodillas y gritó ¡amén!, los puños en alto.

De nuevo bajó de la camioneta blindada y sus operadores le dijeron:

—Juan El Simple no acepta los términos de la negociación. Dice que en las encuestas va en primer lugar y quiere ser el gobernador.

—¿En qué encuestas?

—En una secreta que él tiene.

Obrador siguió su camino al templete, para decir ante el micrófono, con voz adolorida:

—Juan El Simple está loco.

Soltó el asa del refrigerador y fue a sentarse en un banco alto, en pijama y descalzo, y observó los haces de luz, iluminando 10 cosas distintas, y sintió el futuro saturado de posibles Obradores, pero también, y esto lo inquietó profundamente, de posibles e incontrolables Juanes.

Cerró los ojos. Y tras los párpados cerrados vio otros tantos más.

Las Izquierdas unidas ganaban la elección por un 10%. Obrador el Demócrata subía al templete y con él su Delfina y Juan El Simple y otros 30 hombres y mujeres exultantes.

Alzaban las manos en señal de victoria, y la multitud vociferaba:

—Sí se pudo. Sí se pudo.

O bien, las Izquierdas sometidas al Emperador ganaban la elección y él subía al templete solo y magnífico, con una coronita de nubes, esas florecitas blancas silvestres, mientras abajo quedaban 30 enanos, o tal vez eran 30 personitas de rodillas, incluidos entre ellos Juan El Simple y Delfina.

El Emperador alzaba las manos y la multitud vociferaba:

—¡Salve Emperador! ¡Salve Emperador! ¡Ocurrió un milagro!: ¡no hubo fraude!

O bien, el Emperador subía al templete con los dientes apretados y anunciaba al micrófono la derrota:

—Nos han hecho fraude. Somos los mártires del fraude. Somos los puros. No negociamos. Primero perder que negociar.

La multitud no vociferaba. Ya conocía la película. La había vivido con el Emperador 2 veces antes. 6 años atrás y 12 años atrás. Permanecía quieta, sintiéndose cansada de antemano de repetir por tercera vez la lucha contra el fraude. Solo una voz gritaba entre la multitud:

—¡Pudiste negociar el triunfo, güey!

O bien, el Emperador subía otra vez al templete y gritaba:

—Nos han hecho fraude.

Y la multitud alzaba machetes y antorchas y era el año 1810 otra vez, el inicio de la guerra de la Independencia, y el Emperador usaba una sotana negra y alzaba en la diestra un estandarte de la Virgen Morena.

Eso en tanto en una plaza vecina, Alfredo III tomaba asiento en un trono de oro.

Y a la mañana siguiente, iniciaba el oprobioso gobierno de Alfredo III, dedicado al saqueo sistemático del pueblo.

O bien, iniciaba sus trabajos la Delfina del Milagroso Emperador disipador de fraudes del PRI.

O iniciaban los trabajos del gabinete mixto de las Izquierdas, con una agenda concertada y pública.

Cerró la puerta del refrigerador y la noche se despobló y volvió a ser oscura y vacía y simple.

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