Del Salinato al Maximato

Raúl Rodríguez Cortés

 “Aquí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente”, decía la gente, entre broma y veras, allá por 1934. Lázaro Cárdenas acababa de tomar el mando, pero el que hacía y deshacía en la vida política nacional era Plutarco Elías Calles. Éste había concluido su mandato en 1928, año en que fue asesinado el presidente (re) electo Álvaro Obregón. Calles designó entonces para ocupar la vacante a Emilio Portes Gil quien, como presidente interino, duró en el encargo dos años y convocó a elecciones. Fraudulentamente las ganó Pascual Ortiz Rubio, quien renunció al cargo en 1932 porque no aguantó más las presiones de Calles quien, ya como “El Caudillo”, impuso como presidente sustituto a Abelardo L. Rodríguez.

A ese período de la historia política del país se le conoce como el “Maximato”. Calles, el verdadero poder tras el trono, era el que gobernaba sin ser el presidente. Lo iban a visitar y acordaban con él los jefes militares, los gobernadores, los senadores y los diputados. Era “el jefe máximo” y pretendía, con Cárdenas, prolongar ese poder. Pero el general no lo permitió y, el 10 de abril de 1936 mandó a Calles al exilio. Terminó así el “Maximato”.

Es cierto aquello de que la historia se repite, más aún cuando se olvidan o de plano se ignoran sus lecciones. De alguna manera, todos los presidentes salientes de la historia reciente buscaron perpetuar su influencia en los sucesores, fuera por amor al poder o para garantizar impunidad. De ahí la regla no escrita del sistema priista de “romper (con el antecesor) para estabilizar”. Pero acaso el único que ha intentado reeditar un “Maximato” de una manera más clara y sistemática, es Carlos Salinas de Gortari.

Un primer intento se frustró en 1994 con la rebelión zapatista y el asesinato de Colosio. Se vio obligado a autoexiliarse durante el gobierno de Zedillo y aunque la alternancia de Fox en 2000 le permitió regresar al país y recomponer su poder e influencia, el cambio de estafeta partidista lo mantuvo a raya. Pero como instaurador real del proyecto neoliberal del mercado a ultranza, continuado con el PAN en Los Pinos, echó mano de las sólidas alianzas que conformó con el blanquiazul para legitimar su cuestionada llegada al poder, para descarrilar la primera candidatura presidencial de López Obrador; y pactó su respaldo al panista Felipe Calderón.

La influencia de Salinas fue después determinante para el regreso del PRI a Los Pinos, pero su intención de ser el poder tras el trono con Enrique Peña Nieto no logró consolidarse en su totalidad, aunque para nadie es un secreto la influencia que tiene, a través de sus cercanos, en el grupo en el poder.

De cara a la elección presidencial del año entrante, es evidente que mueve sus piezas en el ajedrez político del país. Su activismo se ha intensificado tanto en lo interno como en lo externo. Se deja ver en eventos de la sociedad política, con mucha mayor frecuencia que antes llega a hacer declaraciones y viaja para reunirse con personajes de la escena internacional. Hace apenas tres días hizo una visita privada al presidente de Vietnam, Tran Dan Quai, líder por cierto de una de las economías más dinámicas de la actualidad, con un crecimiento de 6.5% anual, con quien visitó la casa del legendario Ho Chi Min y al que le hizo un recuento de los logros de su gobierno en México.

En el plano local, no deja de ser referente. Políticos de ayer y de hoy lo visitan en su casa de Camino a Santa Teresa. Me cuentan que el 3 de abril pasado, en medio de su fiesta de cumpleaños número 69, llegó a visitarlo el ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte. La sorpresa de los invitados fue mayúscula, pero lo recibió en privado unos minutos. Doce días después, Duarte fue detenido en Guatemala.

La estación más próxima en que se verá su influencia e intención, es la Asamblea del PRI del próximo 12 de agosto. Mueve sus piezas de ajedrez. La reina, acaso, sería su sobrina Claudia Ruiz Massieu, quien parece encaminada a ocupar la presidencia nacional del partido. Si no la mueve a ella, puede mover a un alfil, el senador Emilio Gamboa, con quien operó, en el ya lejano 1988, su candidatura presidencial. Una torre o acaso un eficiente caballo es Manlio Fabio Beltrones. Y otro alfil, aunque no tricolor, es el panista Diego Fernández de Cevallos, a quien le decían “la ardilla”, porque no salía de Los Pinos. Con él operó las famosas concertacesiones durante su sexenio y los impactantes videoescándalos. Y el “Jefe” Diego no solo se reúne a comer con los panistas, también con los priistas.

Los vínculos alcanzan incluso al hoy influyente canciller Luis Videgaray, formado por el ultra salinista ex secretario de Hacienda Pedro Aspe y de quien se dice ya tiene la bendición de Donald Trump para ser el próximo candidato presidencial del tricolor.

Y súmele a esas estratégicas piezas ajedrecísticas una enorme cantidad de peones dispuestos en el tablero para transformar el “salinato” en un nuevo “Maximato”. Si así ocurre ¿quiénes serán los nuevos Portes Gil, Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez.

Instantáneas

RESPUESTA. A los eventuales cambios en el gabinete comentados y analizados aquí el miércoles pasado, respondió ayer el presidente Peña Nieto: “No tengo ni para decir si ni para decir no. Siempre es una atribución del presidente el hacer ajustes a su gabinete cuando lo estime pertinente, cuando estime que hay que reforzar un área. Pero no es este momento para decir, no lo tengo considerado en este momento, lo que no significa que en algún momento eventualmente haga algún ajuste”. De manera que, en sentido contrario a lo interpretado con esta declaración, Peña Nieto no descarta los cambios. Y no dijo que este no es el momento para hacerlos. Dijo: “no es este momento para decirlo”. Ya vendrá el momento y pasa del 12 de agosto, fecha de la Asamblea Nacional del PRI, al 1 de septiembre, fecha de su quinto informe. Por lo pronto reapareció Perogrullo: fue un no pero sí.
 

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