Las locuras de Trump

Luis Cárdenas

Trump sabe que de llegar a la Casa Blanca será fácil desvanecerse en el ridículo de la verborrea, al verse incapaz de cumplir alguna de sus absurdas promesas

Ser un caudillo tiene sus dividendos, el discurso es fácil, maniqueo y radical, basta con apuntar el dedo flamígero a un adversario responsable de todas las tragedias, siempre villano, y justificar actos contrarios como una muestra de salvación. Ser caudillo puede suponer una simpleza tal que, al final, resulta de lo más compleja.

Donald Trump es ahora, oficialmente, el candidato republicano con el mayor récord de votos en elecciones primarias: 14 millones frente a los 11.5 millones de George W. Bush.

Será un xenófobo, ignorante, radical, maniqueo, boquiflojo, sibilino, falaz, mentiroso, egocéntrico, un cancerbero del mundo si se quiere, pero no se puede negar que Donald Trump es un excelente producto. Se vende bien, tan bien cómo para “hacer a América grande otra vez”.

Aterrizadas, las posturas de Trump no resisten dos preguntas, por ejemplo, es imposible que los mexicanos paguemos para construir el famoso muro; ¿bajo qué esquema?, ¿con cuáles recursos?, ¿bajo qué sanciones?, inclusive, visto con un poco de objetividad, el muro mismo resulta absurdo para la economía, a menos que de pronto a la Casa Blanca le sobren 8 mil millones de dólares, costo estimado por el mismo Trump.

¿Atacar y destruir a ISIS? ¡Claro, esa es la respuesta!, el problema es la pregunta, ¿cómo?, porque ISIS no vive en un país determinado, podrían borrar, literalmente, a toda Siria del mapa global y el Estado Islámico seguiría más vivo que nunca, ¿o es que acaso el atacante en Niza, o en Baviera, o en San Bernardino recibieron órdenes directas de Raqqa?, ¿no fue, más bien, una ideología sobre un ejército el que los influyó a cometer tales barbaries?

Trump, en el fondo, supongo que sabe que su discurso choca contra el muro de la realidad y que de llegar a ocupar el cargo más importante en Washington, y uno de los más en el mundo, será fácil desvanecerse en el ridículo de la verborrea al verse incapaz de cumplir ninguna de las locuras que lo podrían llevar al cargo.

Pero las locuras se quedan en el imaginario y van generando movimientos esporádicos de radicalización, por citar un ejemplo, hoy Estados Unidos se enfrenta al asesinato de policías como una nueva forma de agresión pública, ¿qué sigue?

Si Trump no es presidente, poco importa. La semilla de odio ha sido sembrada.

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