Soy hispano y apoyo a Trump

León Krauze

De los muchos misterios alrededor de Donald Trump, pocos se comparan con el apoyo de un número reducido pero constante de votantes hispanos conservadores. Trump ganó el (escaso) voto latino republicano en Nevada, y en Texas obtuvo cerca del 25%. En Florida perdió entre los hispanos, pero aun así obtuvo 26% de sus votos, incluido 38% entre los no cubanos. ¿Cómo explicar el fenómeno? En esta época de periodismo holgazán y descalificaciones baratas se ha puesto de moda tachar a sus votantes de ignorantes o racistas: “son caníbales raciales”, me dijo la semana pasada un colega sintiéndose muy sofisticado. Algunos incluso aseguran que los hispanos que apoyan a Trump no son otra cosa más que traidores: “no hay peor racista que el mexicano que da la espalda a otro mexicano”, leí hace poco. Este tipo de sentencias suman poco a la comprensión de la dinámica electoral del 2016 en Estados Unidos, para quien quiera entender la compleja identidad hispana actual. Es un disfavor, incluso, para aquellos que luchan contra la candidatura de Trump. Descalificar a un sector del electorado es no entenderlo y no entenderlo es no poder atender sus inquietudes. Es un círculo vicioso perfecto.

 En un afán por comprender qué mueve a los hispanos que siguen a Trump me acerqué a John Castillo. Nacido y criado en (el muy hispano) este de Los Ángeles, Castillo planea votar por Trump en las elecciones de noviembre. A lo largo de una serie de conversaciones para un perfil suyo que publiqué el domingo pasado en el sitio de internet de la revista The New Yorker (http://www.newyorker.com/news/news-desk/me-gusta-trump-portrait-of-a-hispanic-trump-voter?intcid=mod-latest) , Castillo me compartió no sólo sus razones sino su biografía. Si se les mira con cuidado, ambas revelan algunas posibles razones que explican por qué Castillo decidió respaldar a Trump a pesar de que el candidato republicano ha dedicado prácticamente toda su campaña a denigrar a los inmigrantes y los latinos.
Castillo es hijo y nieto de inmigrantes. Su padre entró a los Estados Unidos a los cinco años de edad. Sus abuelos construyeron una vida en el sur de California, ella como costurera en una maquiladora del centro de Los Ángeles, él como jardinero. El padre de Castillo ha sido conductor de transporte público toda la vida. John fue a una escuela lasallista donde debió trapear salones de clase para complementar el pago de su colegiatura. Dice haber crecido rodeado de hispanos. Aun así, se define como “un estadounidense de ascendencia mexicana, en ese orden”.          
Después de la preparatoria, Castillo se unió a los Marines. Fue ahí, dice, que su filiación política comenzó a cambiar. El que antes había sido un votante demócrata poco a poco se convirtió en un conservador. Castillo admite que las maneras de los militares contribuyeron a su transformación. Asegura que fue ahí donde entendió un concepto central en su carácter y vida cotidiana: el respeto a las reglas, a las leyes de su país.

Castillo dice que Trump le simpatiza porque no es un político, porque habla como una persona común y corriente y porque siente que es independiente de los poderes fácticos versión Estados Unidos (las grandes corporaciones, los millonarios que compran políticos, el status quo de Washington, etcétera). Pero también cree que Trump ayudará a corregir las disparidades de la economía estadounidense, incluidos los desconsuelos de la globalización y el libre comercio. En todo lo anterior, Castillo hace eco de la posición de un buen número de simpatizantes de Trump. En sus cálculos, pues, no está el resentimiento racial, ni siquiera la exclusión nativista. Sus quejas son más bien económicas y sus resentimientos se dirigen a una clase política corrupta y endogámica que, creen, necesita la sacudida de un supuesto independiente como Trump.

¿Y cómo lidia Castillo con las propuestas antiinmigrantes de Trump? En un momento revelador, rechazó ser antihispano: “soy ‘anti-romper-la-ley’”, me dijo. No es un matiz insignificante. Castillo dice que Estados Unidos necesita fronteras y un gobierno que las haga valer. Pero no cree que Trump sea racista. Más bien supone que las propuestas de Trump tienen que ver con un apego absoluto a la aplicación de la ley. “La gente tiene que entender que ser indocumentado no es una raza. Ilegal es ilegal”, me dice, ofreciendo una frase durísima, pero que sirve para entender.
En un matiz fascinante, Castillo duda que Trump vaya realmente a cumplir su amenaza de deportar a millones de indocumentados. De hecho, asegura que si Trump decide cumplir con su palabra, él mismo contemplaría luchar contra la medida y participar en disturbios para detener las supuestas expulsiones masivas. ¿Cómo explica entonces el carácter radical de la retórica de Trump? “He pensado mucho en eso”, me dice, y concluye: “Trump está apelando a los votantes más conservadores pero luego se va a mover hacia el centro”, asegura, quizá pecando de ingenuidad pero no de desconocimiento político: en efecto, las primarias republicanas exigen a los candidatos moverse a la derecha.
¿Cómo responder ante alguien como John Castillo, padre de familia, hispano de nacimiento y formación? De poco sirve la destemplanza. Como con cualquier votante, el principio debe ser la comprensión plena de sus inquietudes y anhelos. Lo demás es sumarle propaganda a la propaganda, víscera a la víscera. Y eso, en el fondo, parece ser lo que Donald Trump realmente quiere.

El lector puede encontrar el perfil completo de John Castillo en The New Yorker.

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