Un gruñón encantador

Heriberto Murrieta

El domingo 6 de mayo de 1984, saliendo de un partido entre América y Atlante que terminó empatado a uno en el Estadio Azteca (Javier Aguirre y Gonzalo Farfán fueron los anotadores), encendí la radio del coche y escuché la voz del legendario don Agustín González ‘Escopeta’, que lanzaba una convocatoria para nuevos cronistas deportivos rumbo al Mundial de México 86. “Si tú eres joven y quieres ser comentarista deportivo, envía una carta con tus datos y una breve explicación de por qué deseas dedicarte a esa profesión”, invitó ‘Escopeta’. Como yo era joven y quería ser comentarista, de inmediato mandé la carta, pero no recibí respuesta sino hasta la noche del 15 de agosto de ese año, cuando Martha del Campo me llamó por teléfono y me pidió que me presentara con su padre a las 5 de la tarde del día siguiente en la cafetería San José, a unos pasos de la XEW.

El 16 de agosto de 1984 conocí pues a Raúl del Campo junior. Me indicó que en ese mismo momento me fuera al Estadio Azteca a hacer mi prueba de locución. Sin apenas tiempo para quitarme el susto, me arranqué al Azteca y esa noche narré en una grabadora el primer tiempo del juego entre Necaxa y Toluca. La parte complementaria la narró Mario Antuña. Yo sólo había comentado partidos en mi mente. Quince días después debuté en una transmisión futbolera a través de la W. Se enfrentaban Cruz Azul y Toluca en la cancha de Santa Úrsula. Si no mal recuerdo, mis compañeros de esa tarde fueron Marco Antonio Lugo, José Rogelio Ezquerra, Roberto Mirón y Roberto Sosa.

El director de aquellas transmisiones que se realizaban desde una cabina ubicada en un extremo del desaparecido Palco Presidencial del Coliseo de Tlalpan era Raúl del Campo junior. Don Raúl era originario de Monterrey, donde nació el 13 de enero de 1923. Había sido el realizador de las célebres radionovelas de la época de oro de la radio en México. Se agregaba el “junior” para diferenciarse de su padre, un militar del mismo nombre. Era todo un personaje. Simpático, ácido, talentoso, una gran verruga sobresalía en su redondo rostro. No se tentaba el corazón para humillar a los menos capaces y los mandaba a “la portería de los pendejos”, la sur, contraria a los vestidores en el Azteca. Un jefe duro, enojón, pero de gran corazón y capacidad para seleccionar nuevos talentos. A él le debo mi debut como cronista deportivo. Fundó un centro de capacitación, que en un principio se ubicó dentro de las instalaciones de la XEW.

Con dos años de retraso (nunca es tarde), la semana pasada develamos la placa conmemorativa de los 30 años de esta escuela de periodismo. Corrimos la cortinilla de terciopelo Lauro Alvarado, Jorge Ventura, José Luis Alvarado y el que esto escribe. Uno no está para dar consejos de nada, pero ante las preguntas de los principiantes, acaso cabría recomendarles estar informados todos los días, crear un estilo propio, hacer preguntas para obtener respuestas (algo que parece obvio, pero que no se lleva a la práctica), aumentar constantemente el vocabulario, no poner apodos a destajo, aprender a desbrozar la información, dar la noticia sin prolegómenos ni rodeos, evitar los lugares comunes, comprometer la opinión y pensar antes de hablar. De Antonio de Valdés a Christian Martinoli (generación 1996), muchos comunicadores valiosos han surgido de las aulas de “la Raúl”. Ese genio de la radio, al que hoy recordamos con agradecimiento y cariño, murió el 23 de marzo de 1992.

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