Cien azarosos años

Heriberto Murrieta

Al entrar al enorme coliseo de la mano de mi padre, me quedé impresionado. Tuvo que haber sido un domingo de 1972. Atlante contra Atlético Español. El Estadio Azteca es más grande cuando está semivacío. Nos ubicamos a la altura de un tiro de esquina del lado sur. El sol implacable del mediodía bañaba las desoladas tribunas y abrillantaba el verde del campo de juego. Seguro mi padre me predispuso porque cuando saltaron a la cancha los jugadores vestidos de azul y grana, sentí una enorme emoción.

Los fieles porristas del Atlante llevaban un tambor que retumbaba en el techo de acero del coloso y uno de ellos hacía sonar un clarín de órdenes, del que salían unas notas agudas y entrañables que daban pie a esa oda a la onomatopeya que es el ‘Siquitibún’, gritado a todo pulmón. Los integrantes de aquella porra atlantista eran de armas tomar y un día de bronca patentaron esta amabilísima arenga: “Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre, y si no, ¡chinguen a su madre!”. Obsesión intolerante por el dominio, proyección del carácter del barrio, reto implícito para las trompadas.

Desde entonces soy partidario del Atlante, que en estas horas está llegando a sus cien años de existencia. Su historia comenzó con humildes trabajadores que jugaban futbol con pelotas de trapo en los llanos de las colonias Condesa y Tacubaya. Los líderes de los jóvenes “prietitos” que darían origen al surgimiento del equipo azulgrana, eran los hermanos Refugio y Trinidad Martínez. Todos ellos formaban un grupo de obreros, casi todos de fábricas textiles, que jugaban con el overol de trabajo y muchas veces descalzos para no desgastar los zapatos del diario. Así nació el Atlante, en la pobreza.

Decía en mi libro ‘Azulgrana’ que la existencia de un equipo como este pareciera ser el reflejo de algunas vivencias comunes del pueblo mexicano, con el que desde siempre ha estado fuertemente identificado. El Atlante, como el pueblo, ha vivido largas etapas de penurias. En los tiempos de vacas flacas —de potros flacos—, pocos han sido sus fieles seguidores, si los comparamos con las multitudes que le “van” al América, al Guadalajara, a los Pumas o al Cruz Azul. Contarme entre esos fieles partidarios no es un acto de vanagloria o de petulancia. Es más bien la aceptación del papel de flagelado. La afición que persiste es el resultado de una larga odisea de masoquismo y resignación, pero también del amor a unos colores y la convicción de que la bandera no se cambia nunca.

El aprehensivo seguidor de los Potros no niega nunca la herradura de su caballeriza, aunque el equipo se encuentre en último lugar o, como ahora, en la mismísima Segunda División, cada vez más despersonalizado.

Ojalá que en los próximos años una tónica ganadora, el regreso a la Ciudad de México, la conquista de campeonatos y el surgimiento de jugadores emblemáticos, contribuyan a elevar el número de sus seguidores, dejando en el olvido su proverbial falta de regularidad y el arrumbamiento al que ha sido condenado en distintos momentos de su azarosa historia.

Con incontables altibajos, sólo tres títulos y cuatro descensos, es un verdadero milagro que el desarraigado Atlante sobreviva en su actual morada de Cancún en espera de recuperar algún día el brillo que alguna vez caracterizó al carismático “equipo del pueblo”.

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