Las clásicas exageraciones

Heriberto Murrieta

El espectáculo taurino es impredecible y por mucho que los ganaderos traten de definir la conducta de sus toros, nunca se sabe qué va a suceder en una corrida. La consigna dice que “el toro no tiene palabra de honor”. Sin embargo, hay cosas que sí se pueden prevenir y en este sentido, para no variar, hubo un error de cálculo en el rubro del ganado para la corrida del domingo pasado en la Plaza México. Se cuidaron infinidad de detalles en distintos aspectos de la organización del festejo, pero se dejaron cabos sueltos en lo más importante: el toro.

Y desde luego no me refiero a los animales de Los Encinos, impecablemente presentados por ese ganadero escrupuloso y promotor de la bravura como es Eduardo Martínez Urquidi, sino muy concretamente al quinto de la función de la ganadería de Fernando de la Mora. Si bien es cierto que bajo otras circunstancias más favorables ese animal no hubiera sido protestado (es muy posible que haya habido turbios reventadores en los tendidos, prestos a detonar la bronca), lo ideal era que ningún toro dejara lugar a dudas. Y no olvidemos que Fernando de la Mora tiene un largo y nada envidiable historial de toros protestados y devueltos en el embudo de Insurgentes.

Como el público estaba disgustado porque desde una óptica simplista y poco taurina la corrida caía en picada y los triunfos no llegaban, no aguantó más y le atizó al torero de Galapagar. Silencioso, ensimismado, ajeno a la gritería de aficionados y espectadores cazacarteles, José Tomás no logró cumplir con la gigantesca expectativa que había generado y, fiel a su conducta seria, descartó regalar un toro que pudiera haber representado la salvación del naufragio.

Es preciso detenernos en este punto en particular. El 90 por ciento del público que acudió el domingo pasado a la Plaza México, no asiste regularmente a los toros. Ese público quería triunfos a como diera lugar sin reparar en los imponderables y las circunstancias propias del desarrollo de un festejo. La misión era entonces harto complicada y José Tomás puso toda la presión en un solo compromiso.

La función tuvo mala suerte porque de no darse los pinchazos, los triunfos de los dos toreros se hubieran sucedido. La corrida del domingo pasado era un arma de dos filos porque si se daba el anhelado éxito artístico, el número de nuevos seguidores a los toros podía aumentar exponencialmente, pero si la corrida fallaba, se podían perder carretadas de potenciales adeptos a las corridas. Hubo descontento y decepción, pero la Fiesta debe seguir.

¿Fueron justos los rencorosos abucheos finales a José Tomás? Desde un punto de vista estrictamente taurino, en definitiva no. A pesar de los repetidos enganchones, el hombre alcanzó momentos valiosísimos con el primero, ese que le apuntó al cuello con el pitón durante cuatro eternos segundos; dio pases extraordinarios con ambas manos al tercero (sobre todo unos derechazos de inconcebible largueza) y toreó por la cara con oficio al quinto bis, pero el gran público pronto olvidó todo eso: había pagado mucho dinero y quería apoteosis y orejas a granel.

No caigamos en las clásicas exageraciones: ni la leyenda se derrumbó, ni el mito se esfumó, ni José Tomás ha dejado de ser un torero de época, ni el domingo pasado volvió a ser humano. Es un torero profundamente humano, de ninguna manera un “divo”, él que tanto detesta la frivolidad. Lo que sí tendrá que hacer en el futuro es no descuidar ni el más mínimo detalle y quizá replantearse la cantidad y las formas de sus futuras actuaciones en los ruedos.

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