Van por el asesino de la niña de la maleta

Héctor De Mauleón

Tenía dos años de edad y la encontraron el 23 de marzo de 2015 en el interior de una maleta Ralph Lauren. Estaba desnucada. Mostraba signos de abuso sexual.

El asesino se deshizo de la maleta a las puertas de un edificio abandonado, en la 3ª calle de Berlín, en la Ciudad de México.

Aquel rumbo suele estar muy solo las tardes de domingo. La maleta azul de tipo deportivo permaneció varias horas en la calle. De hecho, no fue sino hasta el día siguiente que alguien llamó a la policía. Eran casi las tres de la tarde cuando unos patrulleros vieron lo que guardaba dentro.

La pequeña fue conducida a la morgue, en donde iba a permanecer durante 13 meses. Edgar Elías Azar, presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal (TSJDF), del que depende el Servicio Médico Forense, bajó aquella tarde al anfiteatro. Hoy que lo he encontrado tomando café en un restaurante de Reforma, me dice que aquella tarde ha sido la peor de todas las de su vida.

—Cuando el forense me explicó lo que había ocurrido, lo que habían hecho con ella —dice—, regresé a mi oficina temblando. No me apena confesar que en cuanto estuve solo me puse a llorar.

Lo que el forense le explicó es que la pequeña había sido violada no una, sino repetidas veces en los meses anteriores a su muerte. Le explicó que el cuerpo exhibía señales de golpes producidos semanas atrás. Le dijo que el peso del cadáver era inferior al normal: estaba desnutrida.

—Hicieron que su cortísima vida fuera un infierno —agrega—. Comprendí que no iba a poder morir tranquilo si dejaba pasar esto.

Elías Azar bautizó a la niña como Ángela y ordenó que permaneciera en el Semefo el tiempo que hiciera falta, hasta que alguien llegara a identificarla. “No la voy a enviar a la fosa común”, pensó, “en algún lugar del mundo alguna persona debe estar buscándola”. El magistrado afirma que sintió que inhumar a la niña era sólo una forma de enterrar el problema.

Pero a Ángela nadie la reclamó. Nadie reportó la desaparición de una menor de dos años. Eso arroja grandes luces sobre su posible agresor. En todo caso, los peritos recibieron la instrucción de analizar cada rastro encontrado en ella, y en la maleta: dentro de la maleta había dos mudas de ropa. Ella tenía, además, una pulsera de hilo en la muñeca.

El perfil genético de la niña fue enviado a todas las fiscalías del país y compartido con la base de datos de la PGR. El Instituto Nacional de Ciencias Forenses se puso en contacto con autoridades internacionales y pidió el reporte de niños robados en embajadas de Centro y Sudamérica, pues los rasgos físicos de Ángela indican que los padres podrían ser originarios de esa región.

Los peritos tampoco descartan que provengan de Guerrero, Oaxaca o Chiapas.

Ángela fue inhumada el pasado mes de abril, en el cementerio de San Isidro. Había pasado más de un año en una gaveta. Recuerdo las fotos de su pequeño ataúd: blanco y con herrajes metálicos de color dorado.

—Habíamos hecho todo lo que podíamos hacer —dice Elías Azar—. Ya era justo que ella pudiera descansar.

Hay un instante de silencio. No sé en qué esté pensando él. A mí todo esto me ha puesto incómodo y triste.

Elías Azar dice de pronto: —Pero lo voy a agarrar. Te garantizo que lo voy a agarrar.

Se inclina hacia mí y dice en voz baja.

—En el cuerpo de ella, los forenses hallaron una muestra, una pequeñísima muestra. Ya está en poder del FBI. Esa muestra nos va a llevar al responsable.

—¿De verdad se está comprometiendo a descubrir su identidad? —le pregunto.

Responde: —Que detengan a este monstruo maldito es para mí un asunto personal.

Levanto la taza de café, como si fuera a brindar, y le digo: —Voy a publicar eso, para que quede constancia.

Él levanta la suya y murmura antes de beber: —De acuerdo.

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