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Hasta el final, Zabludovsky fue el gran actor de la noticia.
Mientras escribo estas líneas, aumenta el número de lecturas y visitas de videos sobre la muerte de Jacobo Zabludovsky. En las redes vuela su nombre. No es para menos, se trata del periodista mexicano más famoso del siglo XX. Su fallecimiento ocupa ocho columnas. Resuenan historias. Era de casa.
Su partida huele a nostalgia. Es el aroma del recuerdo de nuestros tiempos. Y es que fueron muchos años de escuchar, con aquel peculiar timbre de voz, el clásico “sí, Lupita” o la estremecedora crónica del terremoto del 19 de septiembre de 1985, o momentos como el “nuclear, Jacobo, nuclear” de Erika Vexler. Impregna a dos o tres generaciones que, por alguna noticia, entrevista o frase lo hicimos parte de nuestros días.
Con tantos datos, recuerdos y anécdotas parece que un hombre puede vaciarse en un solo día.
Las últimas, han sido horas de leer, ver, conocer sobre Zabludovsky. Los comentarios se pueden resumir en posturas antagónicas, en pugna. Hay quienes reclaman que fue un lacayo del poder presidencial y de Televisa y otros alaban su labor periodística. Y como las dos aseveraciones tienen fundamento, las opiniones que una tras otra se vierten son esquizofrénicamente válidas. Fue un gran solapador y un gran periodista. Increíblemente, las dos cosas.
Hoy damos el último adiós a un hombre que obtuvo poder a cambio de someterse al mismo. Y que al final de su vida saboreó la dicha de reinventarse sin presión alguna. El Jacobo trabajador, entrevistador, cronista estuvo presente a lo largo de su carrera, pero también el comunicador del régimen autoritario, de aquel PRI de la dictadura perfecta. El periodista en libertad se armó al final. Logró deslavar su servil postura del mensajero-ejecutor de prestigios y desprestigios, del hombre de los años 70, cancerbero de los deseos presidenciales y verdugo del Excélsior de Julio Scherer.
Se unieron los astros para que el licenciado Zabludovsky pudiera ser visto en otros espacios, con otra agenda, en otros medios y de otra manera. Por ahí puso su granito de arena Andrés Manuel López Obrador con la imagen que de él propagó. Adquirió otra dimensión con la que hoy se puede ir en paz, completo.
Me quedo con una idea. Hay hombres y mujeres que cuando no tienen más que perder actúan de la mejor manera, la suya. Es como quitar capas y capas de piel adornada por la fama, la fortuna, los reflectores y encontrar, debajo de tanto poder, al hombre mismo.
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