Nocaut de colección

Eduardo Camarena

Hoy se cumplen tres años del espectacular y electrizante triunfo del mexicano Juan Manuel Márquez sobre el filipino Manny Pacquiao, por nocaut en seis rounds. Aquella noche del sábado 8 de diciembre de 2012 en Las Vegas será recordada como una de las más emocionantes y triunfales para el boxeo mexicano. Noche victoriosa y con sabor a revancha para Márquez y sus seguidores pues era la cuarta ocasión en la que enfrentaba al tagalo; en las tres anteriores con decisiones controvertidas.

El gancho derecho que Márquez conectó a Pacquiao para noquearlo dramáticamente fue perfecto e implacable, fue un golpe preciso, certero y contundente. Faltaba un segundo para la finalización del sexto round, todo se decidió en ese instante fugaz y sorpresivo.

¡Cómo olvidar ese momento! Pacquiao falló su derechazo recto y con la guardia abajo quedó a merced del golpe de derecha del mexicano; con todo el vuelo de su brazo, a máxima potencia, el contacto de Márquez al rostro del filipino fue brutal, violento en grado superlativo.

Manny cayó de cara a la lona, indefenso e inerme, se golpeó en la tarima, se convulsionó y quedó conmocionado. Tardó largos minutos en recuperarse y se vivieron momentos de dramatismo. ¡Fue un golpe descomunal!

El físico mexicano Raúl Escobar Pérez, de la UNAM, nos hizo las siguientes comparaciones: Si Márquez hubiera golpeado una sandia de 10kg, habría adquirido una velocidad de 42 km/h. Si hubiera golpeado un balón de basquetbol, habría adquirido una velocidad de 102 km/h y si Márquez hubiera golpeado un balón de futbol habría adquirido velocidad de 105 km/h.

Márquez y Pacquiao se habían enfrentado previamente en tres ocasiones, en cerradas contiendas, de alto nivel técnico y extraordinaria combatividad. Pero con fallos muy polémicos de los jueces al punto que quedó la impresión de que el mexicano había sido despojado.

La cuarta pelea, por lo tanto, tenía un significado muy especial. Entre dudas y sospechas y con cuestionamientos en torno a la credibilidad de los jueces de Nevada. ¿Eran las apuestas las que marcaron el fallo en los combates precedentes?

¿Los intereses del promotor Bob Arum prevalecieron sobre la equidad deportiva?

Algunos “comentaristas” de boxeo, en su afán de magnificarlo, instalaron a Pacquiao como el más grande de todos los tiempos, el mejor del mundo libra por libra, al punto de ubicarlo —con irresponsabilidad e ignorancia— por encima de estrellas de la talla de Ray Robinson, Muhammad Ali, Roberto Durán, Alexis Argüello y Julio César Chávez. ¡Qué sacrilegio!

En el momento de la verdad, Márquez le ganó a Pacquiao por contundente del nocaut, sin dejar dudas de su superioridad, con claridad y autoridad. Demostró ser mejor que el filipino, más completo en su técnica y estrategia; confirmó ser un boxeador cerebral, elegante y al mismo tiempo combativo y determinante.

¿¡Cómo olvidarlo¡! El gancho derecho que significó ese impresionante nocaut, sí, fue un golpe letal, preciso, certero y contundente, perfecto e implacable. Pero, más que eso fue el brazo de la justicia que se hizo presente en aquel momento para poner a cada quien en su lugar en esta enconada rivalidad. Márquez demostró ser mejor que Pacquiao y en esa última revancha no dejó lugar a dudas.

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