Cuanto peor, mejor

Christopher Domínguez Michael

Destruir a la indispensable reforma educativa es sólo un pretexto para intentar, otra vez, el estallido social que lleve al poder a la izquierda cavernícola

Se cumplen los 50 años de la Revolución cultural china, desatada por Mao para ocultar el fracaso del industrializador Gran Salto Adelante (1958–1961), que costó la vida, por hambre, de unos 25 millones de chinos. Sabedor que sus cómplices, algunos arrepentidos por haber participado en el genocidio, podían deponerlo, Mao se inventó “una revolución dentro de la revolución” para culpar del desastre a su “aburguesado” Estado burocrático, excitando a los jovencísimos Guardias Rojas a destruir todo vestigio del pasado asesinando o castigando, con la reeducación en el campo, a los intelectuales, categoría en la que cabía casi cualquier persona que supiese leer o escribir o usase anteojos. Pol Pot, de la antigua Camboya, tomó nota.

A su muerte en 1976, la mayoría de los inspiradores directos del horrendo episodio, empezando por la viuda de Mao, fueron ejecutados o encarcelados y actualmente es doctrina oficial china que aquella década se cuenta entre los “errores” de uno de los mayores tiranos de la historia. Por desgracia, el maoísmo a la mexicana viene a cuento tras los sucesos del 19 de junio en Nochixtlán.

No todos los extremistas que rodean a la CNTE son de credo maoísta, supongo, pero su estrategia contra el sistema —una “guerra popular prolongada” aún de baja intensidad debida a su todavía insuficiente implantación más allá de Guerrero y Oaxaca— y sus tácticas, como arrodillar maestros disidentes, descalzarlos, raparlos y hacerlos marchar, son rituales, no sólo inquisitoriales sino maoístas a secas.

El maoísmo a la mexicana es también endógeno. La dirección de la CNTE fue alimentada con dinero ilegal por los gobernadores priístas y la ideología quedó para el adoctrinamiento de la turba mientras los jefes, convertidos en lo que en el anterior Antropoceno priísta llamábamos líderes charros, se enriquecieron, a costa de los niños más pobres de México y aplaudidos por nuestra progresía. Destruir a la indispensable reforma educativa es sólo un pretexto para intentar, otra vez, el deseado estallido social que lleve al poder a la izquierda cavernícola.

Pero el problema no sólo es ése: tal parece que la mini Restauración priísta de 2012 se cae a pedazos, incapaz de defender a nuestra democracia. O los viejos priístas no eran esos genios de la política que custodiaban, sagaces, la cortina de nopal o los nuevos nos salieron sietemesinos y con 15 uñas.

Desde los disturbios en la capital cuando Peña Nieto tomó posesión, cunde la sospecha de que los ultras están infiltrados por agentes provocadores enviados por la policía política. Es probable que así haya sido en Nochixtlán y por ello ni las autoridades saben quién disparó primero, como es factible que los estudiantes de Ayotzinapa hayan sido arrojados a un caldero atizado no sólo por los narcos, sino por una guerrilla afantasmada. Todo ello ante un gobierno incapaz de hacer creer su versión de los hechos, incluso cuando parece verídica.

Mientras quienes tienen la obligación legal de reprimir no manejen sus protocolos contra una multitudinaria provocación y mientan para ser desmentidos por las imágenes, nuestros maoístas se sobarán las manos guarecidos tras niños y ancianas, sus escudos humanos. Y en París, los octagenarios ideólogos sobrevivientes del maoísmo a la francesa seguirán predicando que aquello fracasó porque no llegó demasiado lejos. Es decir, no construyeron nada nuevo ni chic sobre el osario que dejaron.

Y aquí, mientras se escriben y firman sobre las rodillas manifiestos contra la represión, buena parte de la izquierda sólo deplora la muerte o las heridas de los suyos porque los otros no cuentan, como no contaban para Mao las bajas millonarias causadas por su ingeniería social. La vida o la muerte de un policía federal no les importa, como no les importó la del gasolinero Gonzalo Rivas, quemado vivo por los normalistas de Ayotzinapa, para quien Luis González de Alba ha pedido, póstuma, la Medalla Belisario Domínguez o la del fotógrafo Elidio Ramos, asesinado a mansalva por los vándalos solidarios de la CNTE en Juchitán. Cuanto peor, mejor.

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