¿Otro escritor del No?

Christopher Domínguez Michael

Nacido en 1967 y muerto en 2020, “el escritor de culto” al cual el colombiano Rafael Gutiérrez Giraldo (1975) dedica una “guía rápida” que puede ser leída lo mismo como ensayo o novela, representa cabalmente el espíritu de la literatura del siglo XXI. El libro de Gutiérrez Giraldo es una réplica o copia del que escribiese su álter ego, a su vez un escritor dedicado a “intervenir clásicos”, como lo hizo antes (El escritor de culto. Guía rápida fue publicado en 2013 por la Universidad de Antioquía) y en la vida real, el argentino Pablo Katchadjian con El Aleph engordado (2009), al parecer todavía encausado en Buenos Aires por plagiar, según el dicterio de un juez urgido por una demanda de María Kodama, a Borges. “El escritor de culto” del autor colombiano ha intervenido lo mismo a Dante y a Tolstói que a Lope de Vega y se inspira en un verso de La Dorotea, de quien fuese llamado, en el siglo de Oro, “El Fénix de los ingenios”, para actuar:

—¿Cómo compones? —Leyendo

y lo que leo imitando,

y lo que imito escribiendo,

y lo que escribo borrando,

de lo borrado escogiendo.

Así, tal parece que Gutiérrez Giraldo apuesta a que su “escritor de culto”, un joven en el conocido trance de amor por la literatura, ansioso de inflar su ego y sustentar su vanidad, ha elegido ser un raro y pertenecer a la familia de los escritores poco o nada visibles, en el linaje (o nómina) de Blanchot, Philip Roth o Salinger. Su poética, insisto, es la del siglo XXI aunque con el precedente de Lope, Gutiérrez Giraldo pareciera decirnos que El escritor de culto. Guía rápida es una parodia no sólo de las obsesiones intervencionistas del artista contemporáneo, apropiándose de la tradición para fagocitarla, sino de una Colombia contemporánea imaginada por Gutiérrez Giraldo, desde Río de Janeiro donde reside, como una tierra ajena a la batalla de lo actualísimo, enfangada en curar conflictos de la Guerra fría y en mantener su tesón gramático, pues académicos y eclesiásticos, por igual, se escandalizan ante el “escritor de culto”.

Casi todo lo intenta el personaje de Gutiérrez Giralda para caracterizarse: el viaje iniciático por la América ignota y mísera siguiendo lo mismo las estaciones guevaristas que la carretera de los beats, el devaneo toxicómano, la escritura de un diario de viaje que a la vez es una enésima confesión sobre la “imposibilidad de la literatura” o la visita a una variante física del Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández, cifra eterna de todo aquello que esta antes y después de la literatura entre nosotros, donde se almacena la máquina proyectora de recuerdos de La invención de Morel, el mismísimo Aleph o una muestra de las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia, entre otras chucherías. Finalmente, al “escritor de culto” lo alcanza la perra fama y el libro de Gutiérrez Giraldo parece concluir, consagrado el iconoclasta por The New Yorker, antes de que se nos informe —cronología mediante— de un implacable fuego arrasando, en el futuro próximo, con el escritor, su esposa y sus manuscritos.

De conocer el libro de Gutiérrez Giraldo, Aaron Hillyer acaso lo hubiese incluido, junto a Anne Carson, César Aira y Enrique Vila–Matas en The Disappearance of Literature. Blanchot, Agamben, and the Writers of the No (2013). El tratadillo, loable por la afición del crítico a nuestros grandes contemporáneos en letra española, es, tristemente, una edición de Bloomsbury donde se nota que el crédito de la literatura francesa ha caído tan bajo que puede escribirse Stendahl y no Stendhal sin que estos impresores, que no editores, se inmuten. Partiendo de Blanchot y Agamben, apoyado en el hoy todopoderoso negacionista Bartleby, de Melville, Hillyer ha averiguado que después de lo moderno, la literatura se esconde hasta desaparecer y que ése (y no otro) es el asunto terminal de lo literario, como parece ocurrir también en El escritor de culto. Guía rápida. Desapareció, antes que el autor, la literatura.

Ignoro si Rafael Gutiérrez Giraldo es uno de los escritores del No o si sea su solapado antagonista. Mientras lo medito, aspiraría a ser para él ­—iluso, pretencioso y obtuso— algo similar a la inusual opinión de Doris Lessing, citada por el colombiano en el prólogo de The Golden Notebook: “Los escritores consideran a los críticos su álter ego, ese otro yo más inteligente que ellos, aquel quien comprendió lo que el autor estaba buscando y juzga al autor apenas considerando si realmente consiguió el objetivo que se propuso. Jamás conocí a un escritor que, al encontrarse verdaderamente con ese raro ser —un verdadero crítico—, no perdiera toda la paranoia y se volviera agradecidamente atento”.

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