El odio en Navidad

Carlos Loret de Mola

En México cada vez con más frecuencia los adversarios buscan diferenciarse con base en la descalificación generalizada del otro, en la ruina moral del competidor

No me quiero poner cursi porque “esta noche es Nochebuena y mañana Navidad”, pero sí me voy a tomar una licencia porque hay temas para los que estamos más receptivos en estas épocas de villancicos, posadas, regalitos, cenas y reflexiones que son cortes de caja.

México está enfrentado. Demasiado enfrentado. Circula mucho odio. Demasiado odio.

En el mundo de la vida pública y política —y no me refiero sólo a los políticos, sino a sus seguidores, a los ciudadanos que sin filiación levantan la mano para opinar, quienes nos dedicamos a ello como profesión y oficio, los analistas, las organizaciones, la academia— la competencia es sana, las diferencias son indispensables, la rivalidad es entendible, pero la enemistad es indeseable y el odio merece ser revertido.

El discurso político, animado ahora por las redes sociales (que pueden contribuir al sano debate tanto como al despreciable insulto fácil) abreva cada vez más del odio. Es lógico que los adversarios busquen diferenciarse entre sí de cara al público. Lo ideal es que lo hicieran a partir de ideologías, políticas públicas, propuestas, rutas de solución a los problemas. Pero no.

En México —y no estamos solos pues el fenómeno se repite en todo el mundo— cada vez con más frecuencia los adversarios buscan diferenciarse con base en la descalificación generalizada del otro, en la ruina moral del competidor, en la aniquilación de aquel con el que se tienen diferencias. Buscar denominadores comunes, detectar puntos de encuentro, captar del rival lo más valioso para incorporarlo al pensamiento propio se ha vuelto una práctica escasa.

Tocará a los historiadores, pasado mucho tiempo desde hoy, concluir de dónde nació el odio, por qué y si hay responsables. Esta columna no busca avivar el fuego sino tratar de hacer una breve pausa en el camino para soltar una pregunta, aunque ésta desaparezca del mapa cuando arranque enero:

¿No es momento de buscar una reconciliación nacional?

¿No ha sido ya demasiado el odio?

¿No tenemos todos que poner un tramo de nuestra parte?

¿No cabemos todos? Con nuestras fascinantes diferencias, en este México, si lo queremos verdaderamente diverso, plural, democrático, con plena legalidad.

Las grandes reconciliaciones que registra la historia de la humanidad se han dado con base en el perdón. Sociedades mucho más enfrentadas que la mexicana, mucho más violentas, con odios mucho más extremos, se han reencontrado partiendo del perdón, un valor del que se habla mucho en esta temporada de fiestas.

Grandes estadistas, de los que llegan a los libros de texto de todo el mundo, supieron echar mano del perdón, de la reconciliación, en momentos en los que sus pueblos parecían zanjados para siempre. Y de esos haría falta tener, en medio de las atroces guerras vigentes al cierre de este 2015, pero también en países como el nuestro que solían presumir de otro talante social.

SACIAMORBOS. Si me puse cursi, ni hablar. Nomás que no resulte odioso.

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