Las relaciones peligrosas del fiscal Veytia

Alejandro Hope

El lunes sugerí, en este espacio, que Joaquín El Chapo Guzmán no tenía nada que ver con la detención del fiscal general de Nayarit, Édgar Veytia Cambero, conocido como El Diablo. En las últimas 48 horas, dos fuentes federales me confirmaron la versión. El asunto nayarita corre por otro carril.

Según las versiones que pude recoger, Veytia estaba en la mira de la DEA desde hace dos años. Le habían podido construir no uno, sino dos casos específicos. El primero, el que detonó su detención en San Diego hace dos semanas, tiene como foco su relación con la banda de los Beltrán Leyva. Su contacto en esa organización era, de acuerdo con mis fuentes, Francisco Patrón Sánchez, alias El H2, el capo abatido por la Marina en Tepic hace dos meses.

Al parecer, la DEA ha podido documentar vínculos entre Veytia y el H2. Interceptó, según me dijeron, comunicaciones donde el fiscal le habría pasado información al capo sobre operativos federales. La relación parece haber sido “fluida”, para citar a una de las fuentes.

El segundo caso podría ser más explosivo. Ese expediente, aún sellado, detallaría la conexión del ahora ex fiscal con el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). No me pudieron informar sobre la naturaleza de las pruebas de esos presuntos vínculos.

Y en estos años, mientras se armaban los expedientes del lado estadounidense de la frontera, ¿dónde estaban y qué hacían las autoridades mexicanas? Hasta donde pude averiguar, Veytia levantaba cejas en la PGR desde al menos 2014. Un funcionario de alto nivel que no se apartaba nunca de la pistola era algo que, como mínimo, parecía inusual. Las sospechas eran compartidas por el Ejército y la Marina. Sin embargo, nunca se abrió una investigación formal en contra del fiscal nayarita ni hubo una participación de las autoridades federales en la indagatoria echada a andar por la DEA.

En parte debido a esa pasividad de las autoridades mexicanas, Veytia nunca se enteró de lo que se le venía encima. Seguía cruzando hacia Estados Unidos cada quince días, sin temor alguno, sin saber que le estaban armando un expediente penal.

¿Y el gobernador Roberto Sandoval? ¿Cuánto sabía sobre las andanzas de su fiscal? Según me informaron mis fuentes, no mucho. No quiso indagar demasiado sobre los métodos y relaciones de Veytia. A él le tocaba pararse el cuello por la extraordinaria disminución de la violencia homicida en el estado, no explorar las razones de ese fenómeno. Le importaba que hubiera paz, siempre que no le informaran demasiado sobre la mecánica del proceso.

¿Qué viene ahora? Probablemente una nueva guerra. Dados sus (supuestos) vínculos tanto con el CJNG como con los Beltrán Leyva, Veytia parece haber servido como una suerte de árbitro entre las bandas criminales. Sin él de por medio, se podría reimponer la ley de la calle en su versión más salvaje.

Este caso ilustra como pocos los riesgos de la Pax Narca, discutidos en esta columna la semana pasada. Todo parece haber dependido de él: todos los arreglos, todas las componendas, todos los enjuagues. Sin él, probablemente se caigan los tratos que sostenían una frágil paz. Pero además queda de manifiesto que nunca se intercambia limpiamente paz por tolerancia. Siempre hay algún beneficio para el funcionario encargado del trato. Y eso acaba significando un arreglo con mucha tolerancia y poca paz.

Puesto de otra forma, si alguien pacta con el diablo, lo más probable es que acabe en el infierno.

 

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