Ningún impacto catastrófico

Rogelio Ramírez de la O

Sin duda la economía británica y la de la Unión Europea (UE) sufrirán impactos negativos por el Brexit, en los tipos de cambio, la inversión y la confianza, así como en su relación política. Ninguno sería catastrófico ni permanente.

Gran Bretaña (GB) desde 1992 ya tuvo la experiencia de su salida abrupta del mecanismo cambiario europeo, consistente en alinear su tipo de cambio al marco alemán. La sobrevaluación de la libre esterlina le provocó recesión y su salida fue la mejor decisión para el crecimiento de los años siguientes.

Por lo tanto hay que desechar un primer argumento de poco sustento: que GB perdería el acceso a un mercado de 500 millones de personas, aunque sólo 435 millones sin la población británica.

El ingreso de esos 435 millones es en promedio menor al de los británicos. Peor aún, ese otro mercado está en retroceso económico desde 2009 y pierde nivel de vida.

De ahí que GB les compre más que lo que les vende. En 2000, cuando comenzó el euro, su déficit comercial con la UE era 10 mil millones de dólares. En 2015 llegó a 130 mil millones, pasando del 18% de todo su déficit comercial al 80%. Y ese déficit representó 5.8% del PIB.

No es claro cómo le cerraría la UE el acceso al mercado cuando GB les compra más. En los actuales tiempos de proteccionismo la sartén por el mango la tienen los países compradores, no los que desean que les compren.

Más aún, por el tamaño de ese déficit, GB necesita una libra más débil, indispensable para reducirlo. La depreciación ocurriría casi seguramente con Brexit, sin necesidad de que GB la induzca.

Otro argumento, más plausible, es que la inversión privada se frenaría. Pero el freno sería principalmente por la incertidumbre y sería temporal, hasta que el gobierno describa su nueva estrategia fuera de la UE.

El centro financiero de Londres se vería afectado y perdería mucho empleo. Pero a la larga la separación puede fortalecerlo de nuevo, pues la UE tiene ambiciones regulatorias, en este sector como en otros, mayores a las que GB desea imponer.

Los otros miembros de la UE tendrían que aumentar sus contribuciones al desaparecer la contribución británica. Esto llevará a ajustes presupuestales en ambas partes.

En materia migratoria el impacto sería fuerte, sobre todo porque se desconoce hasta que nivel estos flujos llegarán. Como la UE obliga a GB a aceptarlos y subsidiarlos, no tiene control sobre el problema, pero tampoco el consenso interno para tolerar sus consecuencias. Lo intentó sin éxito. La famosa frase de Angela Merkel “preferiríamos que se queden, pero no a cualquier costo”, será recordada en caso de Brexit.

El impacto más fuerte es político: GB probaría que el consenso y el parlamento nacionales están por encima de la burocracia de Bruselas.

Sin duda habrá resentimiento en la UE contra GB, pero tampoco sería permanente. Otros miembros (Suecia, Dinamarca, Finlandia y ahora Polonia) y aún más con cambios políticos internos, van a revisar su propia participación. Si Escocia se separa tampoco es catastrófico, aunque animaría la separación de Cataluña y el País Vasco de España.

GB también se haría a un lado de otro problema sobre el cual tampoco tiene control: el costo de lo que pase con el euro, el cual puede implicar asumir colectivamente en la UE enormes deudas que son impagables.

Seguir en la UE sería lo sensato si ésta fuera la misma a la que GB ingresó en 1973. Pero ya no es la misma. Evolucionó en una entidad supranacional, creció y se buscó problemas que hoy no puede resolver y que le costarán mucho.

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Analista Económico

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