La gran serpiente que hay debajo de la Ciudad de México

Mochilazo en el tiempo

En la década de los 60 las autoridades capitalinas iniciaron la construcción del Sistema de Drenaje Profundo, considerado uno de los más grandes y difíciles del mundo por las condiciones únicas del subsuelo, para evitar aquellas inundaciones de hasta dos metros que aquejaban a la urbe en épocas de lluvias. Hoy esta estructura se amplía junto con la ciudad y su renovación y mantenimiento continúan hasta nuestros días

Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Fotografía actual: Juan Carlos Reyes

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Año tras año los habitantes y usuarios de la capital tenemos que lidiar con los charcos, inundaciones y demás consecuencias que la temporada de lluvias provoca en la ciudad. Las principales razones por las que el agua pluvial significa un desastre para las calles son nuestra falta de educación ambiental, que se demuestra en las toneladas de basura que dejamos en espacios públicos y, por supuesto, las fallas en el sistema de drenaje profundo.

Es en las semanas de tormentas y chubascos, como las que ahora vivimos, que la historia de la ciudad “sale a flote” dejándonos ver cómo ciertas características de nuestra identidad son parte del legado prehispánico que ha logrado trascender los siglos.

La historia del drenaje citadino tuvo su origen como tal en la época colonial; sin embargo, el crecimiento de la urbe y la falta de infraestructura siempre hacían parecer que cualquier esfuerzo por evitar las constantes inundaciones era mínimo. Ya como nación independiente, hubo dos momentos clave para la evolución de esta red: el porfiriato y la segunda mitad del siglo XX.

Porfirio Díaz mandó a construir el Gran Canal de Desagüe, inaugurado en 1900, que tenía como propósito sacar el agua de la cuenca del Valle de México, donde se encuentra la capital. Años después el sistema se vio afectado por la explotación de los mantos acuíferos (el hundimiento de la ciudad también degenera el funcionamiento del sistema de drenaje, hasta la actualidad) y a partir de 1950, la metrópoli empezó a manifestar su urgencia ante un sistema deficiente.

Los primeros años de la década de 1950 tuvieron récords en cuanto a inundaciones, tanto por la frecuencia como por los niveles que el agua llegaba a tener, superiores a los dos metros. Una vez más, como consecuencia de la sobrepoblación y de la explotación desmedida del subsuelo por la demanda del servicio de agua.

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Inundación de la calle Independencia, en el Centro Histórico, en 1951. Colección Villasana-Torres.

Esto motivó a que el gobierno, entonces liderado por Adolfo Ruíz Cortines, decidiera en 1953 autorizar la apertura de la Dirección General de Obras Hidráulicas (DGOH) como una “dependencia técnica del Departamento del Distrito Federal”, encabezada por Ernesto P. Uruchurtu y se pusieran sobre la mesa proyectos que ayudaran a la capital a estar lista para la temporada de lluvias, evitar su hundimiento y asegurar la demanda del vital líquido como parte de un servicio público.

El primer director de la DGOH fue Fernando Hiriart Balderrama y tras un periodo de análisis, en mayo de 1954 ideó el “Plan General para resolver los problemas del hundimiento las inundaciones y el abastecimiento de agua potable de la Ciudad de México” basado en los datos estadísticos e hidrológicos preexistentes, con una vigencia aproximada de 25 años.

Dicho plan proponía la construcción de plantas de bombeo, reparación de filtraciones del sistema que operaba y cerrar agrietamientos, con la intención de dar una respuesta inmediata ante las inundaciones. También explicaba la necesidad de construir varios interceptores, el Poniente, un Central y el Oriente, que condujeran las aguas hacia el norte, lejos del Centro capitalino, principal víctima de las precipitaciones.

Cinco años después, con el presidente Adolfo López Mateos, se presentó al gobierno del Distrito Federal la “nueva alternativa” ante las inundaciones: la construcción de túneles, plantas de bombeo e interceptores a 30 metros de profundidad, para que no contribuyeran al hundimiento citadino.

Por lo tanto, entrando a los años 60, el proyecto del Drenaje Profundo ya estaba aprobado para ser ejecutado de 28 a 48 metros debajo de la tierra, con un presupuesto inicial de mil 700 millones de pesos y lo comprenderían dos interceptores (Central y de Oriente) y el Emisor Central.

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Interior del colector 5, durante los trabajos de recolocalización de dovelas en la zona Peralvillo a 12 metros de profundidad.

Sin embargo, ese primer avance no fue suficiente y durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz también se trabajó en la renovación y ampliación de la red. A pesar de que el gobierno tuvo varios acercamientos con el Banco Mundial para poder financiar lo que restaba del drenaje (que exigía un puesto en la dirección del proyecto y otro en la distribución de los fondos), “pero por los inconvenientes que presentaba esta operación financiera especialmente para la industria nacional de la construcción, las autoridades resolvieron llevar a cabo la obra con fondos propios del departamento”, se explica en las memorias del D.D.F.

Después de unos últimos estudios que corroboraran los cálculos teóricos que habían realizado la dupla D.D.F.-Instituto de Ingeniería de la UNAM y que este segundo presentara unos moldes del Emisor Central que permitieran verificar el funcionamiento hidráulico y el de las descargas de los colectores a los interceptores profundos, se dio inicio a la construcción.

Fue así que grandes brazos metálicos empezaron a levantar ciertas aceras o concreto de la vía pública, se excavaron túneles cuya profundidad iba desde los 20 hasta los 60 metros, se construirían las lumbreras (puntos de acceso y salida de gases para los distintos túneles) en los que se colocarían esos inmensos cilindros que pueden llegar a tener más de 10 metros de diámetro, por donde correrían las aguas pluviales y así evitar las inundaciones.

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Colocación de tubería bajo la explanada de Bellas Artes a finales de los años sesenta. En el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, fueron ocho empresas mexicanas las que participaron en la construcción del Drenaje Profundo.

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Instalación de un colector en la Calzada Tlalpan a inicios de los años 60.

En los años 60 se construyó también la lumbrera número 7 del Emisor Central en plaza “El Caballito”, misma que funge como punto de acceso al drenaje profundo y como un respiradero o salida de gases de este sistema. Hoy en este lugar vemos la figura modernista de El Caballito, del escultor Sebastián y en color amarillo, la cual tiene un orificio en la parte superior que permite la emisión de gases.

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La escultura de El Caballito del escultor Sebastián fue colocada en este lugar en enero de 1992. Se puede observar el orificio que tiene en la parte superior. Archivo EL UNIVERSAL.

La planeación de este sistema no sólo consistió en construir la estructura, sino también todo lo que requeriría para su mantenimiento; por ello el D.D.F. compró camiones y demás carrocería que lo limpiara. La finalidad de contar con un buen servicio de limpia era que esto permitiría dar continuidad a los trabajos de construcción del Drenaje Profundo y no estarla interrumpiendo por problemas de azolve o estancamiento de agua.

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Los camiones encargados de dar mantenimiento y limpieza al sistema de drenaje eran los succionadores, que se distinguían por tener una manguera en la parte posterior y los autoductores, que limpiaban las coladeras. Hoy vemos camiones que hacen lo mismo pero con maquinaria más moderna, tipo Vactor. Colección Villasana-Torres / D.D.F.

El Drenaje Profundo, al ser un proyecto que tomaría tiempo y significaría un mejoramiento para la ciudad, continúo a lo largo de diferentes mandatos presidenciales. Luis Echeverría consideró necesaria la creación de una comisión que supervisara los avances del proyecto, decretándola el 24 de noviembre de 1971. La comisión estaría integrada por el Jefe del Departamento del Distrito Federal, el Secretario de Obras y Servicios y, los representantes de las secretarías de la Presidencia, Hacienda y Crédito Público, Recursos Hidráulicos y Patrimonio Nacional.

El drenaje fue considerado como un orgullo para la ingeniería nacional y en palabras del Director General de Obras Hidráulicas del D.D.F. de ese entonces, Raúl E. Ochoa Elizondo, el sistema tenía 68 km de túnel construido y su capacidad era de 200 metros cúbicos por segundo, como parte del proyecto se le sumarían otros 32 km más en interceptores que desalojarían las aguas estancadas al sur de la ciudad y se construirían un par de estaciones de bombeo, una de ellas debajo de la estatua de Carlos IV, el errante “Caballito”, que en ese entonces estaba en la esquina de Avenida Juárez y Reforma.

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Un grupo de trabajadores, en 1967 marca sobre el terreno las dimensiones que tendrá la lumbrera y deja el lugar listo para que las poderosas máquinas perforadoras extraigan varias toneladas de tierra, a una profundidad de 80 metros.

De acuerdo con las memorias reportadas por el D.D.F. estas obras hidráulicas “correspondían al México actual, acorde con la técnica y con la audacia, (...) resolver problemas que nos legaron los siglos…Obras muchas veces ocultas, pero que van resolviendo el crucigrama acuático de la urbe… Túneles de profundidad increíble; de seguridad extraordinaria; y por lo que al desagüe se refiere trabajos realizados a profundidades que oscilan entre los 25 y 220 metros, con longitudes de 25 kilómetros, lo que hacen que corresponda a la Ciudad de México la construcción del túnel más largo del mundo”.

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Imagen de un segmento del interior del Drenaje Profundo capitalino a finales de los años 60.

Las dificultades

Desde ese entonces, el sistema de drenaje de la ciudad y la zona metropolitana ha sido considerado como una red sumamente compleja, ya que al mismo tiempo que busca reducir las complicaciones de la lluvia y el hundimiento, también se ve afectado por el hundimiento del Valle de México, motivo por el cual cada tramo nuevo tiene que ir a más de 50 metros de profundidad. 
La UAM explica que el sistema está integrado por tres tipos de estructuras hidráulicas: salidas artificiales, una red secundaria y una red primaria. Las salidas artificiales son aquellas que permiten el drenaje de las aguas pluviales y se han desarrollado de la siguiente manera:

1. El Tajo de Nochistongo es la primera salida artificial, se construyó sobre el Río Cuautitlán e inició operaciones en 1789.

2. El Gran Canal del Desagüe es otra de las salidas y tiene dos túneles para desalojar los escurrimientos fuera de la Cuenca del Valle de México. Sus características más relevantes son: va de San Lázaro a Tequixquiac, Estado de México; es un canal a cielo abierto con una longitud de 47 km y funcionó desde 1900.

3. El Sistema de Drenaje Profundo integrado por un Emisor Central y nueve Interceptores, tiene una longitud total de 153.3 km

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Esquema del Drenaje Profundo realizado por la UAM. En color rojo se ilustra el drenaje existente, en verde el que está en proceso de construcción. Crédito: UAM.

El Sistema de Drenaje Profundo inició operaciones en 1975 y se proyectó que funcionaría de forma óptima por 25 años, de acuerdo a las previsiones de crecimiento de la capital de aquella década. También fue diseñado exclusivamente para entrar en funcionamiento en temporadas de lluvias; por lo que hay épocas en que se cierra para procesos de mantenimiento.
 

El drenaje profundo hoy, tarea interminable

Las últimas dos décadas del siglo XX y la primera de los años dos mil, se llevaron a cabo eternos procesos de mantenimiento y saneamiento del sistema de Drenaje Profundo, pero la imparable expansión de la mancha urbana (y con ello la demanda de servicios) no ha ayudado a que el sistema pueda ser operativo y estrictamente funcional; aunado a lo que mencionamos anteriormente: la ciudad se hunde y su peso repercute y daña a toda la infraestructura del drenaje.  

Fue hasta 2008 que dio inicio un nuevo proyecto que se sumaría al Drenaje Profundo, el Túnel Emisor Oriente (TEO), que se perfila como el más grande de todo el mundo, tal cual decía el documento del D.D.F de los años 60. Sin embargo, el año pasado hubo recortes presupuestales para el desarrollo y optimización del drenaje, lo que lo dejó casi detenido.

Hace un par de años el gobierno capitalino había solicitado que se declara a la ciudad en estado de emergencia para poder recibir fondos federales que ayudaran a resolver la situación de drenaje, pero no se logró y por lo tanto se tuvieron que conseguir fondos privados para la continuación del TEO.

La situación no ha cambiado y algunas partes de la ciudad siguen “ahogándose” cada temporada de lluvia. Quizás, cuando los diferentes niveles de gobierno que rigen en la capital logren ponerse de acuerdo y acepten trabajar en conjunto sobre las necesidades que la urbe tiene para subsistir, el drenaje podrá funcionar y cumplir lo que pensaba el D.D.F. en los años cincuenta:

“Cuando los dos nuevos interceptores estén terminados, así como el Emisor central, la Ciudad de México estará totalmente a salvo, obra de proporciones gigantescas, aunque invisible pero vital para la nueva estructuración del equilibrio en el subsuelo del Valle: el más difícil del mundo.”

Con el paso del tiempo, la previsión de dejar a la ciudad “totalmente a salvo” fue rebasada ante el constante crecimiento capitalino, en tamaño y número de habitantes, por lo que las adecuaciones y prolongaciones al drenaje profundo parecen no terminar, ni ser suficientes, más si nos referimos a la ciudad más grande del mundo.

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Interior del TEO en 2012. Archivo: EL UNIVERSAL.

Fotografía antigua: Colección Villasana-Torres y Archivo fotográfico de EL UNIVERSAL.

Fuentes: Libros “Departamento del Distrito Federal, 1966-1970” y “Memoria de las obras del Sistema del Drenaje Profundo del Distrito Federal” del D.D.F.  Artículo “Sistema de drenaje de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM)” de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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