Una característica de la época histórica que estamos viviendo, la denominada modernidad líquida por Zygmunt Bauman o posmodernidad por otros autores, es la de cierto malestar general con el rumbo que han adquirido los acontecimientos en los últimos años. La aparente mayor distancia entre las estructuras establecidas y el mundo del ciudadano de a pie ha generado inconformidad en grandes sectores de la población.

Esta inconformidad no ha podido ser leída adecuadamente por las encuestas y estudios de opinión, y ha supuesto grandes equivocaciones en la predicción de resultados aún en escenarios electorales de gran madurez como Inglaterra y EU.

La insatisfacción es de orden fundamentalmente emocional y supone una rebelión al stato quo. Como resultado de la inconformidad se ha generado una mayoría antisistema en muchas ocasiones silenciosa y a la espera de poder expresarse.

Los políticos que han sabido leer la inconformidad la han aprovechado a su favor a través de discursos basados en la crítica al sistema y la división social. En la mayoría de los casos estos políticos utilizan argumentos falaces, no comprobables empíricamente o estrictamente falsos pero que generan conexión emocional con sus audiencias, la denominada post-verdad o post-true.

Ahora bien, si se analizan con rigor las causas de hasta donde hemos llegado, si nos preguntamos por qué este estilo de política en un país como EU está teniendo tanto éxito encontraremos la respuesta en factores que van más allá del desempeño económico y político en sentido estricto.

El gran debate de nuestros días está situado entre los que pensamos que existe la verdad, aunque muchas veces sea difícil discernirla, aunque sepamos que es tan rica y compleja que el que se sienta dueño absoluto de ella normalmente estará mintiendo, y aquellos que piensan que todo es relativo.

Para quien todo es relativo cualquier aspecto relacionado con la naturaleza del hombre, con la ética (su discernimiento entre el bien y el mal) dependerá con el cristal con el que se mire. Para esta postura conocida como relativismo o post-true no existe lo bueno o malo per se ya que la línea divisoria entre ambos es fruto de la conveniencia política o el consenso social.

Estamos en el momento de replantear el piso ético del que partimos en la construcción del sistema económico y político, volver a las bases que costó tantos siglos entender a Occidente. La postura a favor de la verdad y la libertad para expresarla en que han insistido medios de comunicación como El Universal, CNN y el New York Times recientemente se vuelve urgente. De no hacerlo corremos el riesgo de brincar al vacío.

Rector general de la Universidad Panamericana-IPADE

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