La mejor forma de acabar con la violencia

Fernando Neira Orjuela

La madrugada del miércoles en Cuba las comisiones negociadoras del gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) concluyeron la redacción de los últimos puntos pendientes de la agenda del acuerdo de paz.
Tras casi cuatro intensos años de negociación, (iniciados en noviembre de 2012 en Oslo (Noruega) y desarrolladas en Cuba), aspectos importantes como la decisión sobre el momento en que se concede la amnistía a los guerrilleros que no tienen delitos graves, las condiciones de la participación en política de los considerados  jefes de las FARC y la  reincorporación de esta guerrilla a la vida productiva y social, mantenían en suspenso la firma del acuerdo.
 Es un día histórico para el pueblo colombiano que por más de cinco décadas tuvo que sufrir el conflicto armado más antiguo del hemisferio occidental. Derivado  del odio político de los partidos liberal y conservador, que dieron pie al surgimiento de grupos armados que sustentaron desde las armas la única vía de la toma del poder político y, arrastraron al país a una confrontación donde nunca hubo vencederos ni vencidos pero que si derramó  sangre y  generó destrucción. De ello dan fe los más de 200.000 muertos, 6 millones de desplazados y un país dividido social y políticamente.
Fueron muchos los intentos y fracasos que se dieron en todos estos años para felizmente llegar a este momento. Atrás quedan negociaciones envueltas en  intereses políticos y económicos, con actores alimentando la guerra, con regalos territoriales y con el fortalecimiento de otros actores armados. La negociación acordada con todos los defectos que tiene, es lo mejor que se ha logrado, las partes tuvieron que ceder y perder --por fin lo aceptaron--, pero gana el país, gana la paz y eso es lo más importante, lo más necesario. 
A diferencia de otras  negociaciones el apoyo internacional ha sido fundamental, en este sentido hay que comenzar por reconocer el papel que han tenido los Estados Unidos al enviar a Bernard Aronson como representante de dicho  gobierno  para que sea parte del  proceso de paz, quien cuenta con gran experiencia en términos de negociación en otros procesos de paz. Es importante el papel de la Unión Europea no sólo por la participación de Noruega sino porque  los países que  la conforman en conjunto entendieron que había que acompañar a Colombia porque sola no lo podía lograr, y porque eso implica apoyo no sólo político sino económico. Hay que destacar  la intervención de Naciones Unidas en acompañar el proceso. No solo su actual secretario Ban Ki-moon sino su antecesor, Kofi Annan, estuvieron participando en Cuba de los diálogos, el papa Francisco ofreció su mediación y ya tiene agendada visita a Colombia. A todo ello, hay que  sumarle que interinamente algunos expresidentes han buscado aportar en el proceso de negociación, especialmente Cesar Gaviria  y, por primera vez, se tuvo la participación de militares en la negociación lo que antes no había ocurrido. Algo importante fue el apoyo de Venezuela y, especialmente Cuba, que fungió  como sede de los diálogos.  Si tantos actores políticos internacionales participaron activamente, no sólo fue porque creen en la paz como opción para la solución de los conflictos, sino porque vieron en el caso colombiano un interés real de las partes.
     
Pero con los acuerdos logrados en La Habana el camino tortuoso por la paz en Colombia aún no termina, tiene que enfrentar a uno de sus principales enemigos el político.
El principal obstáculo del gobierno colombiano para tener un consenso generalizado de la sociedad a favor de los acuerdos de paz con la guerrilla es el expresidente, Álvaro Uribe, el mayor opositor político del gobierno de Santos.  Para el actual senador  por el partido Centro Democrático,  el acuerdo con las FARC es de impunidad, porque considera que el narcotráfico es un delito conexo con el político, lo que evitaría que los guerrilleros no vayan a la cárcel, no sean extraditados y además tengan elegibilidad política. Su posición de desacuerdo y rechazo, que es apoyada por diversos sectores de derecha, lo ha llevado a pedir "resistencia civil" y a promover por todo el país el “NO” en el plebiscito planteado para legitimar los acuerdos de Paz.
Y es que su presencia en el escenario dejó como resultado de sus dos mandatos un país polarizado, lo que ha dificultado aun más el proceso de reconciliación del pueblo colombiano y no ha favorecido el mejor ambiente de paz para acuerdos de tanta trascendencia para la nación.
Estamos entonces en un momento en que los diálogos  han generado dos bandos de confrontación, por un lado, los que no le ven nada bueno al actual proceso de paz  y asocian los acuerdos como una redención del estado a los intereses de la guerrilla y lo que ella representa  y, por otra parte, quienes la consideran como la solución a todos los males que  aquejan al país.
Otro inconveniente político son los tiempos, ya que el gobierno debe tramitar antes de que termine el presente año su propuesta de reforma tributaria, indispensable para acometer sus futuros proyectos económicos, sociales y políticos posconflicto. La preocupación surge por un eventual cruce de los tiempos del plebiscito y la reforma, lo que podría afectar aún más el difícil entorno para la firma de paz.
De ahí que una vez los textos acordados sean revisados y firmados por los negociadores plenipotenciarios -lo que no significa  la firma de la paz-, el presidente debe enviar informe  de los acuerdos al Congreso para ser avalados por el mismo.  En teoría, no se esperaría mayor conflicto dado el apoyo con el que cuenta el presidente, pero no sería tampoco una aprobación inmediata. En otras palabras lo que viene ahora con el proceso es que sale de Cuba para trasladarse a Colombia.
Se está planteando que si los tiempos se dan, el acto oficial de la firma protocolaria de lo pactado, sería para el 23 de septiembre, en un notable evento público en lugar por definirse y, obviamente, con todas aquellas personalidades internacionales, incluyendo los presidentes de los países garantes y facilitadores del proceso y de otros que han respaldado los acuerdos de paz.  En ese orden de ideas se presume que para el 2 de octubre, se esté llevando a cabo el plebiscito - el cual contará con la participación de más de 34 millones de electores-, y que para mediados o finales del mismo mes se daría la ratificación o no del pueblo colombiano al proceso de paz.
El umbral de aprobación para el plebiscito que dio la corte suprema fue del 13 por ciento –normalmente, se requiere la participación del 50 por ciento del censo electoral y la aprobación de la mayoría–, sin embargo  consideró que con esto se lograría incentivar la participación de los ciudadanos en la definición de un tema sustancial, como lo es el proceso de paz. Pese a esta intención  de buscar mayor  aprobación (lo que para los críticos del proceso es para no perder la votación) han comenzado a surgir diversas encuestas que declaran un empate  entre el “SÍ”  y el “NO”, así como las que dan ganador al “NO” sobre el “SÍ”. Ello ha generado un conflicto entre encuestadoras y los sectores políticos, que obligó a las primeras a  establecer un acuerdo de transparencia de cara a la presentación de los sondeos referentes al plebiscito con el que los colombianos refrendarán el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y las FARC.
La gran pregunta que genera un proceso de conflicto tantos años como este es ¿Después  de la firma y aprobación de la paz qué?  En este sentido, son más las incertidumbres que las certezas ya que la transición de la guerra a la paz entraña muchos riesgos y plantea retos que no se pueden ignorar y para los cuales el pueblo colombiano debe estar preparado.
Por un lado,  preocupa que cuando las FARC se desarmen, se va a generar un vacío de poder que, requiere ser llenado oportunamente por el Estado, de lo contrario generará mucha violencia y el posible surgimiento o fortalecimiento de otras estructuras armadas ilegales como lo son en la actualidad las bandas de criminales denominadas BACRIM. También preocupan los reductos de las FARC que no se desmovilicen, así como la aparición de nuevos actores que querrán el control de las actividades ilícitas, como el narcotráfico y la extorsión.
Hay que trabajar en la construcción de una nación más tolerante, lo cual compromete a todos los actores sociales y políticos, una sociedad más inclusiva, más justa. Pero ante todo, se requiere   la  presencia de un estado más efectivo que promueva reformas institucionales profundas que le permitan a Colombia disfrutar, de manera efectiva y en el largo plazo de  la paz,
Si bien este acuerdo de paz puede tener limitantes y es imperfecto en muchos aspectos, eso no se puede negar, se convierte en un referente para otros procesos de negociación a nivel regional y mundial.  Bienvenida sea la paz en Colombia,  son muchos años esperando el gran día  y ahora que ha llegado no podemos retroceder, no podemos dudar, aunque tengamos temores,  ahora es cuando se requiere proteger un futuro en paz para las nuevas generaciones, de ese pasado violento que sufrieron tantas otras. El logro final de los  diálogos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, no es solo de un pueblo, de una nación, nos pertenece a todos, nos compromete a todos, por la sencilla razón de que históricamente esta probado que es la mejor forma de acabar la violencia.

Investigador del CIALC-UNAM
 

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