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Tucumán, las elecciones del escándalo (II)

Fausta Gantús

En el contexto de las elecciones realizadas en Tucumán, Argentina, el pasado 23 de agosto, llama la atención la reacción frente a los resultados: el oficialismo acusa a la oposición de denunciar fraude y corrupción en los comicios cuando pierde, pero de reivindicarlos cuando gana; algo similar ocurre en México. El partido en el poder pretende exhibir la existencia de un doble discurso de la oposición. Pero detengámonos a pensar frente a qué estamos: ¿no será que cuando la oposición logra el triunfo, en realidad lo alcanza a pesar del intento de fraude perpetrado por el oficialismo?

Es difícil de negar la existencia de prácticas instrumentadas desde el poder que desvirtúan el proceso. Lo cierto es que el partido oficial suele poner en acción prácticas fraudulentas. Ahora bien, se trate de Argentina o México, en lo que a esas prácticas se refiere, ¿un partido está exento de responsabilidad?

Lo que sucedió en Tucumán, más allá del sistema de votación sostenido en el articulado de “acoples”, esto es, la reproducción potenciada de diversas fórmulas competitivas que las vuelve complejas, no es, sin embargo, muy diferente de lo que ocurre en México.

En México la elecciones son consideradas por gran parte de la ciudadanía como fraudulentas. Comprobable o no, estamos convencidos que el partido en el poder en la localidad donde se celebran elecciones, moviliza todos los recursos del Estado para influir en los resultados. La ciudadanía desconfía también de las instituciones que participan. Y aunque menos evidente, nuestras elecciones no están exentas de violencia. Los políticos y la política nos han defraudado… al menos ese es un sentimiento bastante generalizado entre la ciudadanía, en México como en Argentina. Pero, a pesar de la desilusión, no debemos dejar de reconocer que entre quienes conforman la clase política hay individuos de diferentes calidades.

Es triste pero es cierto, no tenemos confianza ni en los actores ni en las instituciones y por eso la ciudadanía, renunciando a reconocerse como un actor político, toma distancia y observa escéptica. A pesar de toda la desilusión que la actuación de los políticos nos genere, la ciudadanía no debe renunciar a ser parte activa en el espacio público, a reconocer en elecciones la oportunidad para dirimir conflictos. El reto es encontrar la fórmula para canalizar la participación en regímenes políticos que, como el mexicano, se niegan a responder a la demanda social y apuestan al olvido y al desaliento ciudadano.

 

Investigadora del Instituto Mora

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