Deuda pública y crecimiento: en la mira del mercado

Rogelio Ramírez de la O

La buena perspectiva de la economía mexicana en los ojos de los inversionistas y agencias calificadoras siempre se basó en la estabilidad macroeconómica y su potencial de atraer inversión extranjera. Esta lectura sólo era perturbada, pero en un plano muy secundario, por el bajo crecimiento. Ya no es así. Ahora el crecimiento es primordial.

No es que haya cambiado mucho la forma de evaluar la economía, sino que ahora las reformas ya están en la mesa y el crecimiento no aceleró. Los inversionistas se preguntan por qué.

La agencia Standard and Poor’s, en una reciente nota, encuentra una explicación y de ahí deriva una especie de lección: las reformas no siempre son suficientes para impulsar el crecimiento cuando hay deficiencias de gobernabilidad y en el Estado de derecho.

Si desde un principio los organismos internacionales y algunas calificadoras hubieran advertido esto, quizás hubiera sido posible para México seguir una ruta más directa y efectiva para realmente asegurar el crecimiento.

Ésta habría sido mantener el crecimiento de corto plazo, trabajando con lo que se tenía, y emplearse a fondo en la reconstrucción del Estado de derecho, la aplicación de la ley y la gobernabilidad. Quizás no hubiera habido varias reformas, pero también se habría ahorrado mucho tiempo en todos los cambios legales y dinero en la burocracia y organismos que se crearon para administrar estas reformas.

En el consenso internacional que está surgiendo el interés se pone ahora en el insuficiente crecimiento y menos en la baja inflación. Hay que decir que en México el insuficiente crecimiento no es privativo de esta administración, sino se extiende a las dos anteriores, del PAN. En ese periodo la economía creció sólo 2.1% con ingresos petroleros de 8% del PIB, contra 4% en la actualidad. La sobreexplotación del petróleo ocurrió incluso antes, en 2004, y las máximas cifras de emigración de trabajadores, hasta de medio millón por año también son de esa época.

Ahora lo realmente relevante es que hay una nueva interpretación que antepone el clima institucional y social a las reformas a las que, erróneamente, por muchos años, se han atribuido poderes mágicos. Esta visión se va a extender en los sectores de opinión internacional. Aparte de que es una interpretación razonable, la experiencia después de 2008 es que la deuda pública de los países no se puede estabilizar si no hay crecimiento.

Esto ya lo decía el Premio Nobel de Economía, Arthur Lewis, quien atribuye el éxito, no a la cantidad de los factores de producción, sino a intangibles, como seguridad jurídica, calidad de la infraestructura, confiabilidad de trabajadores y contratistas, y apertura de nuevas oportunidades de inversión.

En el caso de México ahora también hay que incluir la seguridad física y en ese conjunto se sitúan hoy los razonamientos de los inversionistas internacionales.

Esto no está reñido con la estabilidad macroeconómica. Pero en una transición económica difícil, como la que México hoy atraviesa, puede haber un error colectivo en la idea de que sobreajustando el gasto de inversión pública se recobrará la confianza de dichos inversionistas. No será así, si el crecimiento cae por la menor inversión, por debajo de 2%.

La calificadora S&P ya anticipa como probable que en un término hasta de 24 meses podría haber una degradación de la calificación soberana de crédito, si las tendencias de la economía y la deuda pública no cambian. Y agrega que las remesas y los ingresos del petróleo son válvulas “de escape” que se pueden ir agotando.

Analista económico

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