TLCAN: los tiempos de la negociación

Pablo Álvarez Icaza Longoria

Analistas, autoridades y empresarios han considerado que lo más conveniente para México sería abrir pronto la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América de Norte (TLCAN), argumentando que esto ayudaría a disipar la incertidumbre que tiene detenida la inversión nacional y especialmente la extranjera, porque no se sabe cómo se van a modificar las “reglas del juego”. Adicionalmente, ello contribuirá a que las discusiones no contaminen el proceso electoral en México de 2018, o en su defecto a que si llegara a ganar un candidato opuesto a lo negociado no pudiese revertir lo pactado.

Incluso, la petición presidencial al gobernador del Banco de México de que prolongue su estadía en el cargo hasta finales de noviembre es leída en el marco de esta estrategia. Al parecer, el canciller Luis Videgaray logró convencer al secretario de Comercio de Estados Unidos (EU), Wilbur Ross de la idea, al anunciar la semana pasada que pronto le solicitará al Congreso la autorización para la Autoridad de Promoción Comercial (TPA por sus siglas en inglés, anteriormente conocida como la autoridad fast-track), para obtener una pronta renegociación y comenzar en 90 días, es decir, en junio.

Ross ha enfatizado que quiere un comercio “justo”, remarcando la cifra de que en 2016 el déficit comercial con México fue de 63 mil millones de dólares, que es parte de la visión mercantilista de la economía internacional que tiene la administración Trump, por lo que adelantó que la posición será la de endurecer los requisitos de las reglas de origen regionales.

Robert Lighthizer, nominado a dirigir la Oficina del Representante Comercial de EU (USTR, por sus siglas en inglés), declaró que una negociación rápida del TLCAN reduciría la incertidumbre y anticipó que se centraría en el sector manufacturero. El Jefe del USTR es por ley el encargado de conducir las negociaciones comerciales, por lo que su aceptación por el Senado, es un requisito previo para que el Congreso acepte la vía TPA.

Por su parte, el gobierno mexicano está consciente de que el TLCAN debiera considerar nuevos aspectos relevantes o ampliar los existentes como propiedad intelectual, reglas de origen, inversiones, servicios financieros, Pymes, compras públicas, empresas del estado, transferencia de datos, comercio por internet, bienes agrícolas, medio ambiente, cambio climático, condiciones laborales, para evitar el dumping ecológico y social, entre otros aspectos, que era lo que se había contemplado con el fallido Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés).

Recientemente, dirigentes de las cámaras del calzado y de los textiles manifestaron su temor a los impactos para estas industrias si EU llegara a repudiar el TLCAN, porque los aranceles que aplica la Organización Mundial de Comercio (OMC) son elevados. Sin embargo, el riesgo de la estrategia de negociar pronto y rápido, es que la parte mexicana en su desesperación por sacar un acuerdo para que entre en vigor en enero de 2018, realice demasiadas concesiones con el consabido consuelo de que más vale “un mal acuerdo, que un buen pleito”, lo que podría generar un movimiento de rechazo muy fuerte durante el primer semestre de 2018 en plena campaña presidencial.

Por otra parte, reglas de origen muy estrictas pueden desalentar la inversión europea y asiática en industrias relevantes como la automotriz y de autopartes, cuyo valor ya representa cerca de un tercio del total de las exportaciones mexicanas.

A pesar del interés en buscar una renegociación rápida, existe una amplia posibilidad de que no se logre un acuerdo comercial en este año, porque las negociaciones resultasen mucho más complicadas, dado que son muchos temas e industrias las involucradas. Recordemos que los acuerdos en principio alcanzados con EU en el marco de las negociaciones del TPP, se negociaron con la administración Obama, que tenía una lógica muy distinta en materia comercial.

El retraso de la salida de Agustín Carstens, lejos de ayudar, podría ser contraproducente porque le dejaría al nuevo gobernador la difícil tarea de manejar un entorno financiero en pleno fin de sexenio, periodo proclive a las crisis económicas. Además, se estaría mandando la señal de que no se confía en su sucesor o en la institución. También se lastimaría la imagen de autonomía del Banco de México, al generarse la impresión de que el sucesor obedece más a los intereses políticos de la actual administración federal como han dicho algunos analistas, al ser considerado como un premio de consolación por no haber podido alcanzar la candidatura presidencial.

Terrible paradoja, queriendo evitar una crisis sexenal, se están poniendo todos los elementos para que ello suceda. Se vuelve a cometer el mismo error en la relación con Trump, de que ante el temor de que pudiese ganar las elecciones el año pasado, se impulsó su candidatura invitándolo a visitar México, generando una profecía autocumplida; aunque después se vendió como un gran acierto porque se anticipó el suceso.

Maestro en Economía
Email: [email protected]

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios