A María Elisa

Los libros no dan dinero, no para vivir de ellos, (sobre todo en un país de no lectores) pero dan viajes y amigos. Y hay de viajes a viajes, claro, y de amigos a amigos. Lo menciono porque sigo saboreando haber estado en Dublín en el festival ISLA invitada por la Embajada de México en Irlanda. He tenido la suerte de sorprenderme con el entusiasmo de algunos embajadores nuestros en otros países, lectores ellos, sabedores de que es necesario hacer lazos literarios, comprendernos a través de leernos, proyectar al país y sus inquietudes a través de sus voces, de sus diversas propuestas artísticas. Me pasó en Montevideo, cuando el embajador Cassio Luiselli me invitó a presentar Yo, la peor frente a un público uruguayo y mexicano. Ocurrió ahora, en una ciudad anhelada por mí, donde se requirió de un lector ávido, de un hombre imaginativo, para procurar la forma de llevar a México a Irlanda en forma de libro. Gracias al embajador Carlos García de Alba pude conocer a un autor que me entusiasma ahora, Juan Pablo Villalobos, a quien el embajador García de Alba había leído con admiración lo mismo que a Jordi Soler (a quien por fin pude conocer en persona). Quizás lo que más me sorprendió de este encuentro que tuvo como sede el Instituto Cervantes en Dublín, fue el compromiso de los embajadores de los países invitados: Cuba, Argentina, Chile, con sus escritores. Y ver a Carlos García de Alba siempre en fila escuchando lo que los mexicanos teníamos que decir, en una charla casi siempre a tres o cuatro voces: Irlanda, España y algún o algunos países de Latinoamérica. Jordi Soler, por otro lado, se conocía Dublín, pues fue agregado cultural y podía traducírnosla a los que íbamos de paso (incluido Temple Bar). Carlos García de Alba lo mismo, después de cuatro años de vivir allí sabía que la sede de los legendarios Dubliners era el O’Donoghue’s, donde la música sigue sonando. Si en un artículo anterior mencioné lo literario de la capital irlandesa, la propia embajada de México lo confirma, ya que está en una bella casa en Ragland Road, donde vivió el poeta Patrick Kavanagh en los 50 (que dedicó un poema a la calle y de quien Seamus Heaney ha mencionado lo importante que fue en su formación de poeta). Por eso, entiendo que para que las letras anden de acá para allá en el mundo, se necesita del empeño y la pasión lectora de quienes nos representan en el extranjero; nos abren puertas a los escritores para que iniciemos diálogos con estudiosos como Ciaran Cosgrove, especialista en literatura mexicana contemporánea, con las ciudades que descubrimos, así como con nuestros propios colegas mexicanos.

Juan Pablo Villalobos, cuya novela Te vendo un perro, publicada por Anagrama me revela un humor y una voz muy originales, y Jordi Soler, a quien Nosotros los rojos lo colocó muy bien entre los lectores, viven en Barcelona. Este encuentro difícilmente se hubiera dado en México por razones geográficas, aunque a veces son las distancias las que encuentran el camino más corto. Me pregunto cómo se puede vivir en Barcelona siendo escritor y veo que lo suyo es el circuito europeo, viajan a los países cercanos donde han sido traducidos, añoran México pero están bien con su vida de barrio, de transporte público eficiente, de tiempo para escribir. Me dan un poco de envidia, igual que David Toscana, que se ha mudado de Polonia a Portugal, ha escogido la luz de Lisboa para escribir desde allá y sorprendernos, como siempre lo hace. (Sabe que la escritura funciona a veces con distancia monacal, con esa dedicación a la escritura de tiempo y cuerpo completo.) Los que vivimos en la Ciudad de México aceptamos una calidad mermada de vida y los costos de vivir en esta capital, por eso nos hace bien que los embajadores sean lectores, que a pesar de recortes presupuestales encuentren las maneras de que la palabra suene, que tenga su espacio, y que traigamos de regreso a casa poesía y sueños.

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