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En febrero de este año viajé a Colombia para entrevistar y presenciar parte de la filmación del episodio siete al elenco de la recién estrenada serie de Netflix: Narcos, escrita a varias manos, entre ellas, las de Chris Brancato, que también dirigió con José Padhia, Guillermo Navarro, Andrés Baiz, Fernando Coimbra y los creadores de los primeros 10 capítulos: Carlo Bernard y Doug Miro.
Luego de las entrevistas de rigor a la mexicana Stephanie Sigman y Manolo Cardona, entre otros, nos trasladaron al set de filmación montado en los altos de Bogotá, en un lugar de alta peligrosidad llamado El Recodito, utilizado con un previo arreglo entre los malos del lugar y personal de la producción, en la que, dicho sea de paso, rezumaba miles dólares. Por eso ahora la decepción es mayor, porque lo que se ve en pantalla es como de tres billetes verdes.
No es que la serie esté mal, sino que lo que se ve —comparándola con El patrón del mal, la superserie basada en la vida de Escobar, a su vez extractada del libro: La parábola de Pablo, de Alonso Salazar— es muy pobre y peor: desde el punto poco creíble de un agente de la DEA. Otro punto en contra es que el Escobar de Netflix, protagonizado por Wagner Moura se percibe malo, mientras que el Patrón de Andrés Parra, es bestialmente diabólico, frío calculador y con un humor perro y, encima, se parece más a Escobar, que Moura a Pablo.
Y lo peor: cuando no se respeta la historia, sino que se inventa, como en el caso de Narcos, la producción de la serie merece lo segundo de la máxima del veredero Pablo Escobar, que se reduce o dos palabras: plata o plomo. Además, no es lo mismo una convincente colombiana: Angie Cepeda (que interpreta a Virginia Vallejo, una escritora, periodista, locutora, modelo, amante y némesis de Pablo Escobar) que la Sigman, que no tiene la culpa de quedar muy por debajo del mismo papel, gracias un guión blandengue y poquitero.
Lo que también está realmente mal de Narcos es el poco papel protagónico de los sicarios del jefe del cártel de Medellín, que pasan ya mero y como simples extras, cuando en El patrón del mal son parte fundamental de la historia. Y del contexto político, que está pesimamente retratado en Narcos, mejor ni hablar, porque también la serie sale mal librada en torno al narcotraficante más terrible, asesino y sanguinario de la Colombia de fines del siglo XX.
Claro que la serie, en otro contexto: el de la mentira sistemática y arrojo de los agentes de la DEA que parecen héroes inmaculados, puede ser muy buena y es, como si en lugar de un libro, leyéramos la versión condensada del mismo en la desaparecida Selecciones del Reader’s Digest. Lamentable.
pepenavar60@gmail.com
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