Ser cristiano, ¿una vergüenza?

Jean Meyer

Me enteré con asombro que el famoso Real Madrid, club futbolista mundialmente conocido y reconocido, quitó el símbolo cristiano de su escudo, la cruz, ese instrumento de suplicio ignominioso que Roma reservaba a los esclavos, dos palos de madera que, siglos después de la muerte de Cristo, Constantino vio en un sueño… Bueno, el Real Madrid quita la cruz de su escudo en las playeras y demás prendas que vende en algunos países donde el Islám es la religión oficial. Business is business, como diría mister Donald Trump. El club firmó un acuerdo con el grupo Marka, de los Emiratos Árabes Unidos (el nombre de los Emiratos aparece en todos los eventos deportivos del mundo) para “fabricar, distribuir y vender en exclusiva en la    Península de Arabia”. Punto. Los dueños del Real pueden ampararse detrás del precedente creado por su rival, el Barca, que ya renunció a la cruz de San Jorge (¡perdón! San Jordi, catalanismo obliga) para el mercado de Arabia Saudí, país en el cual la cruz es tabú. “Tenemos que tener consideración hacia algunas partes del Golfo que son sensibles a productos que lleven la cruz”. ¡Con qué términos más elegantes se dicen las cosas! Además, usted, señor Meyer, no debería asustarse, el Real tendrá dos versiones de su escudo, la tradicional, con la cruz, para ciertos países, el novedoso, sin la cruz, para otros países. ¿Cuál es el problema?

Ciertas marcas de coches que llevan una cruz, Alfa Romeo, por ejemplo, se venden muy bien en aquellos países, podría uno contestar al argumento mercantil. No importa. Lo que me deja mal sabor de boca es la parte de cobardía que entra en la decisión. Ni los musulmanes, ni los judíos, ni los budistas, ni los sij, creyentes o no, practicantes o no, tienen vergüenza de sus orígenes religiosos que forman parte fundamental de su cultura, de su ser, para no usar la palabra muy desgastada de identidad. Eso me recuerda el debate que se dio, hace años en Europa a la hora de la redacción de la mal lograda Constitución europea. El gobierno francés, contra la opinión de varios otros gobiernos, impuso la eliminación de la mención de la dimensión cristiana de la historia y de la cultura europea.

Lo que me lleva a citar un extraordinario artículo del gran Benedetto Croce, el filósofo italiano antifascista (1866-1952). El año de mi nacimiento, en 1942, publicó Porqué no podemos no decirnos ¡“cristianos”! Era una contestación a un libro de Bertrand Russell, Porqué no soy cristiano.

“El cristianismo fue la mayor revolución jamás cumplida por la humanidad: tan grande, completa y profunda, tan fecunda en consecuencias, tan inesperada e irresistible en su realización, que uno no se asombra de que haya aparecido o pueda todavía aparecer como un milagro, una revelación desde lo alto, una intervención directa de Dios en los asuntos humanos que recibieron de él una ley y una orientación totalmente nuevas. Ninguna otra revolución, ninguno de los mayores descubrimientos que forman etapas en la historia humana aguanta la comparación; todas y todos resultan particulares y limitados frente a la revolución cristiana (…).

La razón es que la revolución cristiana actuó en el centro del alma, en la conciencia moral, y que al poner el acento sobre la intimidad y particularidad de la conciencia, parece haberle dado una nueva virtud, una nueva calidad espiritual que, hasta el momento, le faltaba a la humanidad. Los hombres, genios y héroes que precedieron al cristianismo realizaron extraordinarias acciones, crearon obras magníficas y nos transmitieron un inmenso tesoro de formas, pensamientos, experiencias; pero lo que se busca en vano en ellos, es lo que nos une y nos vuelve hermanos, algo que sólo el cristianismo ha dado a la vida humana… Y su afecto fue amor, amor por todos los hombres, sin distinción entre las razas y las clases, entre libres y esclavos, por todas las criaturas, por el mundo que es la obra de un Dios que es un Dios de amor, y que no está separado del hombre… El Dios cristiano es todavía el nuestro” (texto completo en La Mia Filosofia, editado por G. Calasso, en 1973).

Investigador del CIDE.
[email protected] cide.edu

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