El regreso de los comisarios

Guillermo Sheridan

En las alharaquientas redes sociales, en blogs y suplementos más o menos dedicados al arte y las letras (o a lo que ahora se llama, con melosa cursilería, “la comunidad cultural”), se percibe con creciente frecuencia el vitaminado retorno del comisario cultural: ese intelectual que se autoproclama delegado del pueblo, vigilante de sus más legítimas aspiraciones y paladín de su lucha contra las “ideologías” que (a juicio de su comisario) son extranjerizantes o escapistas o reaccionarias o etcétera.

El comisario cultural es un personaje conocido de la cultura mexicana. Afinó el cogote con el triunfo de la Revolución cuando, ofendido con las letras y las artes que no palomeaban correctamente la lista de los “verdaderos” valores populares que –de nuevo a su juicio-- eran imprescindibles en cualquier obra que aspirase a ser auténticamente mexicana. Al grito viril de “¡Viva México!”, los comisarios crearon su balanza y comenzaron a pesar en ella los prodigiosos kilogramos de compromiso político, de lealtad pedagógica, de formas, temas y colores que ilustrasen al pueblo que decían representar. (Huelga decir que, a cambio de denunciar “reaccionarios” y traidores a la causa, la industria del comisariado cultural comenzó a cotizarse a la alta en forma de diputaciones y cargos.)

Ya con los antecedentes del modelo diseñado en la URSS por el camarada Andrei Zhdánov, los gobiernos revolucionarios de México propiciaron en la década de los años treintas la creación de un sector que se encargara del aspecto cultural del “frente popular”, y comenzaron a aglutinar colectivos como el Bloque de Obreros Intelectuales (BOI) y la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) cuyos comisarios medían escrupulosamente que el amor de los artistas y escritores al pueblo y la lealtad a la patria tuviesen los ingredientes adecuados en las cantidades
pertinentes.

Más tarde, ya insatisfechos con las meras denuncias en términos periodísticos o literarios —que dieron origen a algunas polémicas famosas sobre las que he escrito libros— se graduarían a formas más enfáticas de coerción para anular “elementos reaccionarios”, desde hacerlos despedir de sus trabajos hasta las denuncias penales, como la que asestaron a Jorge Cuesta y a Samuel Ramos en 1932 y los convirtió en reos por publicar una revista que ofendía a la sensibilidad del pueblo (denuncia en la que participaron, unidas, la derecha y la izquierda, nunca vencidas). En 1934, desde la tribuna de la Cámara de Diputados, varios comisarios ya culiatornillados en sus curules revolucionarias, azuzaban al muy nacionalista “Comité de Salud Pública” para hacer expulsar de sus cargos en el gobierno, la prensa o las escuelas, a escritores “reaccionarios” (ese comité que también recibía denuncias “populares” contra otros “malos elementos” como los judíos, los homosexuales y los chinos). Ya no eran polémicas de carácter estético o ideológico en periódicos y revistas; ahora eran campañas con elementos de purga contra los “reaccionarios”: la mezcla de ideología y censura que hace salivar a los comisarios habitualmente vengativos.

La LEAR organizó en 1937 un Congreso Mexicano de Intelectuales y Artistas cuya consigna oficial consistía en “vigilar la firme substancia mexicana con un sentido dialéctico y funcional”, una tarea que recaería en una mezcla de charro viril con guardia rojo.
De esa “vigilancia” saldrían denuncias contra las “posturas descastadas, artepuristas, extranjerizantes, burguesas y reaccionarias” de unos, y contra la postura “desviacionista y formalista” de otros. Los comisarios, mientras tanto, recibían su terrenito en la Colonia del Periodista…

Luis Cardoza y Aragón, uno de esos acusados de “desviacionismo”, asqueado por los comisarios de la LEAR y su afán de “anonadar y sepultar” a los escritores que no se sometían a la corrección revolucionaria, trató a esos
“demagogos” de “pendejos con iniciativa” en sus memorias, El Río. Novelas de caballería. Iniciativas perdurables: los comisarios vuelven por sus fueros. Su tono anticipa los deleites de hacer carrera en un todavía conjetural y muy sabroso comité de salud pública. Y su mediocridad, como siempre, les augura el éxito.

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