Para no olvidar al buen islám

Guillermo Sheridan

Jospeh Campbell (1904-1987) es un inteligente y prolífico estudioso de las religiones comparadas. En México algunos cuantos lectores lo conocen por su esencial vademecum sobre el mito, El héroe de las mil caras, y millones más —sin saberlo siquiera— por las películas La guerra de las galaxias, cuyos guiones originales, según George Lucas, procuraron ajustar el comportamiento de los personajes principales a algunas teorías del sabio.

Estoy leyendo ahora Mitología creativa, el cuarto y último título de la serie Las máscaras de Dios (hay edición en español, espero que traducida con decoro, en Alianza Editorial). Esta serie, quizás la empresa intelectual más ambiciosa del gran mitógrafo norteamericano, es una extensa y honda biografía de las muchas formas en que el deseo de divinidad se ha manifestado desde la aurora de la cultura.

Me interesa comentar —obviamente de forma muy breve— una sección del tercer capítulo, “El legado del islám”, a raíz del odio no desprovisto de racismo y sí abundante de ignorancia que azuza la banalización del islám, y no sólo entre la secta trumpense o trumpetera. Es evidente que las formas abominables que, con el pretexto del islám, practican los extremistas, son las primeras en traicionar un espíritu que forma parte de nuestro legado cultural profundo.

Para comenzar (y dando por un hecho que el lector ya sabe quiénes son Avicena y Averroes) evoca Campbell al padre Miguel Asín y Palacios, el estudioso español que en 1919 publicó un pionero estudio sobre el enorme peso que el pensamiento musulmán tuvo sobre el pensamiento y la obra de Dante, una revelación que “inquietó” a la opinión general, obligada a entender que La divina comedia, apoteosis de la gran épica cristiana medieval, abrevaba de la nutricia fuente del misticismo arábigo, y no sólo de los filósofos sino aun de sus poetas, como de Ibnu’l-‘Arabi. Buena parte de la “organización” del más allá que sostiene al poema de Dante, su idea del “convivio” y aun el culto del amor a la divina y humana Beatriz, tienen deuda importante con la obra del este sufí portentoso.

Como todos los pensadores ilustrados de su tiempo, Dante estaba atento a la enorme irradiación de la corte de Alfonso X El Sabio en Toledo, una de las principales esclusas por las que la Europa cristiana recibió la marea de la literatura árabe, sus leyendas, cuentos y poemas; una literatura que entró de la mano del enorme bagaje científico y filosófico acumulado y creado en los bordes del Mediterráneo. Dante, pero también Roger Bacon, Alberto Magno, Raymundo Lulio, y otros grandes fundadores de la sabiduría renacentista europea, fueron grandes porque —sintetiza el padre Asín— “se percataron de la superioridad intelectual de su adversario religioso” y —algo que pocas veces ha ocurrido en la historia—- tuvieron la humildad de reconocerlo y aprender de él.

Los siglos de la presencia árabe en la península ibérica fueron gloriosos, además, porque dos culturas diferentes -—en tanto que lo eran sus religiones— no sólo convivieron en paz y se enriquecieron mutuamente, mezclaron sus sangres y sus idiomas y sus formas de vivir, cantar, narrar y amar en el armonioso esplendor de la España mudéjar. Un espíritu que había logrado superar la necedad de los califatos ortodoxos que abundaron en el siglo VII a la muerte del Profeta y que, poco a poco, desmontaron los omeyas y luego los abásidas, dinastías inteligentes y abiertas que convirtieron a Bagdad en la gran luminaria científica y humanística de su tiempo.

A esos califatos bienhechores, en esos lentos siglos, llegó también, y se recicló con poderío, el remoto pensamiento de la India y de China. Y gracias al emperador Justiniano que los expulsó de Europa, para ser preservados en sus bibliotecas, para ser traducidos y estudiados, llegaron también Aristóteles e Hipócrates, Euclides y Galeno, Arquímedes y Ptolomeo, Platón y Plotino: la herencia de Occidente preservada y enriquecida por musulmanes inteligentes.

Todo lo que no son salafitas y wahabistas y el resto de esa materia prima del jihadismo miserable e ignorante de esa cosa que se hace llamar “estado islámico”.

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